martes. 29.11.2022

El Año litúrgico está concluyendo y, en estas fechas, la Iglesia, con su pedagogía, nos recuerda que vamos de camino hacia la Patria definitiva, que existe una vida futura: Un día el «Hijo del hombre» vendrá sobre las nubes con gran poder y majestad y enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo. De ese día nadie sabe, sólo el Padre (cf. evangelio: Mc 13,24-32). Serán momentos difíciles y habrá separación entre los hombres: «unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua» (cf. 1a lectura: Dn 12,1-3). Por eso, se impone la vigilancia y la preparación. Es preciso estar atentos y saber discernir. Vosotros mismos –dice Jesús- podéis encontrar la respuesta: De la misma manera que, observando la higuera, caéis en la cuenta de que el verano está cerca, así también «cuando veáis suceder esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda» (Mc 13,28-30). La vigilancia del cristiano es expectante. Vive entre la esperanza y la incertidumbre, entre el sentirse seguro y completamente desarropado. La expectación ante nuestra muerte o ante la consumación final de los tiempos debe ser siempre actual. Esto hará que relativicemos un poco más las cosas de este mundo y que nuestra vida esté siempre referida al Señor que ha querido que vivamos expectantes y vigilantes. Nuestra paz interior será el fruto de la lucha interior y exterior contra el mal, con la certeza de la fe puesta en que nuestro Señor ha obtenido ya la victoria. Afrontemos la vida sin miedos, con tranquilidad, con la garantía de que tenemos un seguro de vida eterna en Jesús (cf. 2a lectura: Hb 10,11-14.18). ¿No es este seguro razón suficiente para viajar por los días de nuestra vida trabajando con tranquilidad? Si Dios está con nosotros, y nosotros estamos con Él, ¿qué podemos temer? (cf. Rm 8,31-39).

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En espera de la felicidad definitiva
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