viernes 13.12.2019
MÓNICA CALVO REDONDO Autora del libro ‘Adiós tristeza. Hola serenidad’

«Estamos acostumbrados a dejar en manos ajenas nuestra felicidad»

«Estamos acostumbrados a dejar en manos ajenas nuestra felicidad»

carmen tapia | león

María se había transformado en una persona que odiaba su ser. Es la historia de la protagonista del libro Adiós tristeza. Hola serenidad, de la leonesa Mónica Calvo, que ayer se presentó en Astorga y hoy en el Museo de la Radio de Luis del Olmo en Ponferrada a las 19.30 horas.

—’Sin ti no soy nada’. ¿Qué le sugiere la letra de la canción de Amaral?

—Me gusta mucho Amaral, tienen temas frescos y una voz y una guitarra para quitarse el sombrero. Pero si se refiere al contenido de la canción, analizado bajo el prisma emocional, deja translucir una sensación de vacío tras el episodio de abandono de la pareja, situación que la deja aparentemente desvalida. La protagonista de la canción se siente insegura y frustrada, como si su vida sin la otra persona no fuera nada. Lo cierto es que esa letra pone de manifiesto un hecho bastante habitual, pero no deja de ser un problema que hay que solucionar y superar para evitar que se vuelva inútilmente crónico. Al mismo tiempo que hay que desacostumbrarse a la emoción de sufrimiento y dejar paso a otra etapa más. La única persona que realmente necesitamos para vivir somos nosotros mismos. El resto todo puede cambiar.

—’Adiós tristeza. Hola serenidad’. ¿Por qué sintió la necesidad de escribir este libro?

—Para mi fue muy importante vivir de cerca una historia increíble de superación personal, y pensé en la posibilidad de reflejar esa actitud en un libro. A través de la enfermedad, me di cuenta de lo que sufre la gente que tenemos alrededor. Descubrí que aunque parece un tema muy manido, la realidad es testaruda y nos lleva a pensar que es necesario profundizar más en ello y exponer abiertamente las repercusiones de la carencia de esa educación emocional que arrastramos desde siempre y que nos afecta en cada decisión que tomamos en nuestra vida.

—Vivimos en una sociedad cada vez más medicalizada. ¿Qué buscamos con las pastillas que no encontramos en la vida?

—Si, lo cierto es que la industria farmacéutica es una gran beneficiaria de esta pandemia. Cuando existe un trastorno importante los especialistas optan por echar mano a este recurso que en muchos casos no dudamos que sea altamente beneficioso, pero si no solucionamos el problema de fondo, continuará estando ahí, y se trata de que no se enquiste. Yo comparo la vida que llevamos ahora con la que llevaron nuestros padres y abuelos, sin ir más lejos, y creo que nos sobran los motivos para buscar un mayor estado de bienestar porque los medios que tenemos ahora no los han visto antes. Y no tenían pastillas, sino una mayor conciencia de trabajo, de esfuerzo, de superación y de aceptación ante los contratiempos de la vida. A veces nos olvidamos de lo elemental que es disfrutar de las pequeñas cosas y de las personas que nos rodean, porque están ahí, pero no las apreciamos.

—¿Por qué no encontramos la serenidad?

—Seguramente porque en muchas ocasiones no la buscamos de la manera adecuada. Los problemas surgen constantemente. A veces son condicionamientos externos (falta de trabajo o problemas en él, mala relación con la pareja, disgustos de hijos…) pero lo esencial es cómo lo interpretamos en nuestro interior, las emociones que nos causan para aplicar una adecuada gestión. Por otro lado, vivimos en una sociedad que nos empuja a una encarnizada posesión de cosas: buena casa, buen trabajo, buena ropa, buenos viajes… Esto nos lleva a la constante crítica, propia y ajena, a medirnos de forma negativa, a evaluarnos de manera perjudicial porque nos crea traumas como ansiedad o depresión, distanciándonos de la verdadera calidad de vida que da la serenidad.

— Usted dice en su libro que con el tiempo superamos los miedos de la infancia. ¿Es posible no tener miedo?

—En ningún caso se debe aplastar la autoconfianza y seguridad en un niño, sino todo lo contrario, fomentar su adecuado crecimiento también emocional. Tiene que haber una técnica, una enseñanza para que en cada momento sepa cómo enfrentarse a ello, normalizando en cada momento las cosas que le pasan y así aprenda a afrontar los dilemas que le surjan.

—¿Pueden una madre y un padre que viven situaciones de estrés familiar o laboral inculcar alegría a los hijos?

—Si. Como le decía antes, nuestros ascendientes vivieron en una etapa social con muchas más carencias de las que tenemos nosotros ahora, pero seguro que los valores importantes los tenían presentes, totalmente interiorizados e inoculados en su vida diaria. Las situaciones de las que me habla son, a mi modo de ver, conflictos con nosotros mismos que no tenemos resueltos y que no debemos de trasladar a otras personas, sino tratarlos y buscarles la mejor salida. Los hijos merecen el mejor trato, son los adultos del futuro.

—¿Somos dueños de nuestros sentimientos?

—Uno es dueño de sus emociones. Es responsable de lo que hace y de lo que no hace. Estamos mal acostumbrados a dejar en manos ajenas nuestra felicidad.

—¿Qué está más cerca de la felicidad la serenidad o la euforia??

—Hay cabida para todas las emociones, pero la euforia no pueden ser un estado permanente, la vida no es así. Es un estado temporal que causa una satisfacción enorme. Es muy motivacional. Sin embargo, la serenidad sería una actitud ideal para afrontar tanto las cosas positivas como las negativas, para lograr un equilibrio necesario que nos aportará a largo plazo gran satisfacción.

—En el libro habla de liberar las emociones perniciosas pero sin darnos cuenta podemos estar en una relación tóxica en el trabajo, con los amigos o la pareja. ¿Cómo protegernos?.

—Volvemos a la relación con uno mismo. Hay que aprender a protegerse y a entenderse a uno mismo y a los demás. Muchas veces, la persona que nos daña lo hace por su propia baja estima, no sabe relacionarse con nosotros de otra manera, pero eso no quiere decir que lo permitamos en ningún caso. Debemos plantearnos la causa que nos agravia con realismo, observar nuestro comportamiento y el de la persona tóxica y tratar la emoción que nos genera.

«Estamos acostumbrados a dejar en manos ajenas nuestra felicidad»
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