jueves. 02.02.2023
LE CONOCÍ en el otoño de 1972; él había venido de París. Moreno, delgado, pelo largo, camisa blanca de artista, cuarentón entonces y con una pulsera india de cuero en la muñeca. Él venía de lejos y llegó a la Ponferrada de Franco, de la grisura del tiempo. Era un atardecer y yo iba por la calle; andaba sin rumbo por la ciudad y por el planeta todo. Y ahora pienso que no es malo andar así, que conviene. Porque casi siempre lo más hermoso del vivir, lo más hondo, lo más verdadero, nos sorprende cuando no hacemos lo que tantos quieren que hagamos: ser productivos, ser organizados, ser obedientemente felices. Yo iba sin futuro por la calle del Camino de Santiago, en la que nací, y ya muy cerca de la plaza de Lazúrtegui, poco antes de llegar a aquel bar antiguo que se llamaba Moderno. Iba como tantas tardes, sin amores ni proyectos, aunque sí tenía otro amor y otro proyecto: leer a Borges, a García Márquez, y a los ensayistas que contaban que en Suecia había una gran libertad sexual. Por lo demás, me dedicaba a esperar a Godot. Y vi entonces un hangar pequeño, un local que yo recordaba abandonado. Pero en aquel lugar había una exposición de cuadros. Recuerdo un caballete publicitario, situado sobre la acera. También recuerdo que las paredes del antiguo portalón habían sido cubiertas con grandes franjas de papel azul oscuro. Y sobre el papel había colgado sus cuadros Eugenio de Arriba. Cuadros iluminados por focos que caían del techo de madera. Yo entré, claro, sorprendido de novedades artísticas en la Ponferrada de los traficantes de carbón y de tanta camionería. Entré, había algunas mujeres. Interesadas, sin duda, en aquel hombre broncíneo, remoto, artista, parisién. Y de Villafranca del Bierzo. Pocos hombres, muchas mujeres y Eugenio de Arriba allí, cordial con todo el mundo. También conmigo: ese mozo de barba que entra. Y con alguna otra pareja progre, que entonces había unas cuantas en la ciudad: ellas de pelos largos y faldas largas, y ellos con las melenas de rigor y con el libro del fanático Lenin asomando por el bolsillo del chubasquero. Así conocí a Eugenio de Arriba. Y a sus cuadros, que me gustaron mucho. Trazos veloces, limpio color, imágenes de la Costa Azul. Cuadros con barcos y noches, y aquel hombre amable, allí, tan lejos de París y de la Provenza, pero en su tierra. De paso. Fue un esplendor pequeño y grande a un tiempo el que vivió Eugenio en su tierra. En aquel año. Poco después, murió. Prematuramente. Y cuando murió yo me enteré que era hermano de mi librero habitual, uno de los dos socios de aquel negocio que se llamaba «De Arriba y Castro». Donde yo compraba los libros de Cortázar y los de Vargas Llosa. Y los de otros autores que iba descubriendo. En la ciudad del dólar y de los lectores escasos. Poco después, también, trágica secuencia, fallecería en un accidente de tráfico el hermano de Eugenio que me vendía los libros y me hacía siempre descuento. Que era un hombre joven, educado, cordial y sensible. Luego pasaron muchos años y la muerte se hizo grande sobre aquellos dos hermanos que, cada uno en su destino y en su libertad, habían laborado por la cultura: uno vendiendo libros; el otro pintando bellos cuadros. Mas ahora, tanto tiempo después, vuelven los cuadros de Eugenio de Arriba a la ciudad de Ponferrada. Vuelven sus colores, entre la borrosa memoria del artista. Y se me cruza su recuerdo con el de su hermano, aquel hombre que pastoreaba los anaqueles más sustanciosos del Bierzo, entonces. Y vuelvo a ver ahora a Eugenio de Arriba en aquel día del otoño, de hace ya siete lustros. Su piel morena, su aire de viajero; de hombre que sabe de colores y cuerpos, de noches y vinos. Y de esa melancolía ineludible que alienta en todo vivir.

Eugenio de Arriba
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