lunes. 27.06.2022
Ana Mieres es gerocultora desde hace 14 años. RAMIRO

Ana Mieres es gerocultora en una residencia de mayores. Se dedica a este oficio desde hace 14 años y no lo cambiaría pese a a haber vivido el año «más agotador y estresante». «Estoy muy orgullosa de mi trabajo, pero hahace falta que se compense y se valore», subraya.

La pandemia le ha enfrentado con situaciones dolorosas como ver llorar sin consuelo a las personas mayores confinadas en su habitación o clamando por sus familiares. «En mi residencia se previó la pandemia. Nos salió un caso al principio y tuvimos suerte de que no hubo brote. Eso nos hizo actuar muy rápido y se tomaron medidas preventivas muy buenas», explica.

Han conseguido que el virus no entrara en estos diez meses a base de sacrificios y pérdida de derechos. «Los trabajadores nos implicamos y hemos perdido derechos. Algunas personas están disfrutando ahora las vacaciones», añade.

La pandemia ha sacado la luz, en su opinión, un problema que «venía de antes en las residencias» y ha puesto de relieve la importancia de los cuidados. Pero no cree que se haya aprendido la lección. «Nadie que no trabaje en una residencia tiene idea de cómo es este trabajo», recalca. Echa en falta más atención al ámbito de la salud de las personas que a los cuidados directos.

Su deseo para 2021, con la llegada de la vacuna, es que «esto acabe, que afloje la carga viral y que no haya este riesgo de ahora». Como enseñanza concreta, «sería partidaria de seguir trabajando con mascarilla, siempre. A estas alturas ya habríamos pasado dos gripes y dos gastroenteritis y este año, nada».

«He visto llorar a ancianos sin consuelo»
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