viernes. 27.01.2023
VISITO en su casa de Alcobendas a don José-Inés Nogar, leonés de Castrocontrigo, que estudió filosofía en Madrid en los años cuarenta y que hizo una honrosa carrera universitaria en Inglaterra, donde llegó a ser colaborador ocasional del profesor Isaiah Berlin en el All Souls College de Oxford. Don José-Inés Nogar acaba de cumplir ochenta años y desde hace diez reside en España, discreto y observador, y yo supe de él por un amigo común, el poeta social Isidoro Socil. El profesor Nogar vive en un apartamento lleno de libros, frente a un parque. En la casa habita otra persona, pero no estoy autorizado a dar más datos. Se lo prometí al profesor. Cuando me senté frente a él, en su despacho de muebles funcionales, la conversación comenzó a fluir veloz y cordial. Tal y como habíamos quedado por teléfono, le pregunté por la cuestión nacionalista, sobre la que tanto ha escrito. - Si yo fuera creyente, -me respondió Nogar- diría que el nacionalismo es pecado. Mortal. Pero como no lo soy, diré que albergo muchas esperanzas de que ese delirio llegue algún día a ser delito en los países más desarrollados del mundo, en los más libres. Y luego en el resto. - ¿De verdad lo cree? -Totalmente. Además, hay que ser optimistas: ¿no es ya delito en Alemania defender las tesis nazis? Pues del mismo modo será delito ser nacionalista, esa degeneración del romanticismo. Será delito porque el nacionalismo siempre acaba siendo incompatible con la libertad, con la democracia, con la convivencia pacífica y laboriosa de los hombres. Y eso sucede porque el nacionalismo cree en la identidad colectiva, que es el primer paso hacia la barbarie, ya que esa identidad no existe. - ¿Ni siquiera entre los leoneses?-, esgrimí a título de boutade , y por rebajar el tono grave del profesor. - Ni siquiera entre los leoneses -sonrió don José-Inés, aunque pronto volvió a su rigor-. No hay una esencia leonesa. Ni tampoco la hay española, ¡ojo! Somos leoneses porque don Javier de Burgos nos metió dentro de un mapa. Y porque hubo unos reyes remotos, que yo por otra parte admiro y respeto. Los leoneses son ciudadanos del mundo que viven en León, y que hacen muy bien en organizarse en la defensa de sus intereses, por supuesto. Pero como ciudadanos libres, no como miembros de una instancia mítica. - Pero yo me siento español -le objeté al profesor-. Y también leonés. - Eso es legítimo -dijo Nogar-. También el inglés se siente inglés y yo me siento español, leonés y por supuesto que hijo de la Valdería, donde acudo de vez en cuando, ahora ya muy poco. Pero no podemos edificar nuestra tarea en la vida, nuestra relación con los demás, a través de la circunstancia geográfica, que por otra parte es fruto del azar. El afecto a la patria, chica o grande, es un asunto individual. Allá cada uno. -Supongo que verá con buenos ojos el gran crecimiento de la población inmigrante-, le dije al profesor. -Desde luego. Y hasta le diré que ese fenómeno constituye el mayor gozo de mis días. - Vamos hacia una España mestiza. - Vamos hacia una sociedad plural y democrática. Pasarán muchos años hasta que se consiga, pero no hay otro horizonte. - ¿Y hacia dónde va León, profesor?-, le pregunté con visos de tragedia. -Hacia un desierto rural y bello, con dos ciudades grandes, cada vez mayores, León y Ponferrada, escoltadas por algunas villas resistentes y salvadas todas, por fortuna, del nacionalismo, esa perdición de la que brotan los racistas, los violentos y los fanáticos. - ¿Y qué pasará en ese desierto nuevo, del que habla? - «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». ¿Lo conoce? Es un verso de su tocayo Pavese. Pero esa muerte, en realidad, es esperanza. - ¿En la vida eterna?-, apunté confuso. -No. En León. En sus ciudadanos.

José-Inés Nogar
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