martes 22.10.2019
UNA MUJER QUIJOTE

La monja escultora de Luna

Pastores, ferroviarios, quijotes y santas forman el repertorio artístico de María Isabel Pérez Gago, una religiosa con raíces en Luna, que descubrió su vocación por la escultura mientras estudiaba pintura
María Isabel Pérez Gago con la escultura de su hermano Santiago. MARCIANO PÉREZ
María Isabel Pérez Gago con la escultura de su hermano Santiago. MARCIANO PÉREZ

«Tengo 82 años, estoy en plena forma y con mucha ilusión». María Isabel Pérez Gago, sor Isabel, despide el verano en Robledo de Caldas, su pueblo de adopción, con la mochila llena de proyectos. Esta mujer-Quijote, que se doctoró con una tesis sobre la pintura con su teoría de la «esthética originaria», es una prolífica escultora que va dejando su obra allá por donde pasa y echa raíces.

 

Convencida de que «en todo hay una armonía», como defendió en su tesis doctoral, se ha propuesto reflejar las señas de identidad de Luna y Babia, el pastoreo y la fauna salvaje, con su obra artística.

 

En Robledo de Caldas realizó el monumento al pastor en 2005. Un homenaje a un pueblo que es cuna de pastores y que es «entre los de Europa el pueblo más ganadero», como reza la inscripción grabada en el cayado del pastor.

 

Al año siguiente, el vecino pueblo de La Vega le reclamó una escultura alusiva al mastín, que se yergue como el fiel guardián de los rebaños. «Le has hecho un pastor para Robledo y en La Vega queremos algo», relata que le dijeron.

 

Entre los sueños pendientes está la gran Luna que imagina para coronar el embalse que anegó los 11 pueblos cuya memoria duerme bajo las aguas. Pero lo más inmediato, para el próximo verano, comenta, es hacer la escultura que representará a la Fiesta del Pastor en Los Barrios de Luna.

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«Como el pastor ya lo hice para mi pueblo, el alcalde de Barrios me ha pedido que haga un rebañín de ovejas, con un perro carea y un perro mastín con sus carrancas», comenta.

 

Con los brazos abiertos como dos grandes alas para volar y una enorme sonrisa, recibe a la visita en su último día de vacaciones en Luna.

 

Para Rabanal de Luna pensó en un zorro porque alguien le contó que la zorra le comía las gallinas y quiere hacerle un homenaje. Y para Caldas de Luna imagina a un corzo. «Luna ha respirado a través de su historia amor por la cultura, a ello responden las cátedras de Láncara y Pobladura». apostilla.

 

Su labor quijotesca ha traspasado las fronteras de la tierra de origen. La Mancha y Andalucía han sido su campo de trabajo y de creación artística.

 

En Campo de Criptana (Ciudad Real), reprodujo con cuatro figuras —Don Quijote y su rocín y Sancho y su acémila— el célebre episodio donde el ilustre y lunático hidalgo libró su batalla con una treintena gigantes que en realidad, como no dejaba de recordarle Sancho, eran molinos de viento con sus aspas de una legua de largo.

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En Alcázar de San Juan, también provincia de Ciudad Real, se erige frente a la estación la estatua en homenaje a los ferroviarios, un guarda agujas, oficio imprescindible pero eclipsado por las nuevas tecnologías de control remoto.

 

Y en la plaza de Santa Quiteria de esta localidad ciudadrrealeña, donde residió muchos años por ser catedrática de Dibujo del IES Miguel de Cervantes, erigió la estatua de Santa Emilia de Rodat, fundadora de la Congregación de la Sagrada Familia cuyos votos profesó con apenas veinte años.

 

En Robledo de Caldas, en el patio de la casa familiar, se alza la figura de su hermano, el dominico Santiago Pérez Gago, recordado profesor de Filosofía en Salamanca, donde una fundación guarda su legado. Con la escultura quiso revivir la tradición monástica que hubo en los remotos parajes luniegos. «Creo que esta estatua responde a un conjunto armónico en mi vida personal, en la vida de una familia, de un pueblo, de una provincia», apostilla.

 

Cuenta que a los seis años, en el Columbillo, «presentí que en todo existe una armonía. Este sentimiento me ha acompañado siempre». Isabel Pérez Gago muestra en su casa los trabajos de dibujo al carboncillo y esculturas de su etapa de estudiante de Bellas Artes. Resaltan las figuras femeninas: una Victoria de Samotracia, una Venus de Milo. Tiene predilección por el círculo porque, argumenta, «es símbolo de perfección según Platón».

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Vuelve al sur, al convento de la Sagrada de Familia de Córdoba donde vive, ya jubilada de la intensa actividad educativa que llenó su vida, pero con la creatividad y la vocación por la escultura más despiertas que nunca.

 

Nació en Gavilanes de Órbigo en 1937 y se crió en Robledo de Caldas y a los 12 años estaba en el internado de Miranda de Ebro que le abriría las puertas a la vida religiosa. «A los pocos días de llegar me cogieron para tocar el piano», señala. Empezó a dar clases siendo una jovencita, cuando aún ni siquiera tenía el título oficial para impartir asignaturas que requerían más que la diplomatura de Magisterio. «La superiora nos dijo que necesitaba tituladas y me matriculé en Filosofía y Letras, pero hacía falta personal para dar Plástica y me pidieron que hiciera algo sencillo de Pintura», comenta. Daban clases con títulos prestados.

 

Dos carreras y doctorado

 

Le desanimaron cuando se propuso estudiar Bellas Artes. «No vas a aprobar nunca», le dijeron. Se presentó y aprobó a la primera. y también Filosofía y Letras. Ambos títulos y sus orlas correspondientes lucen en la pared de la salita de casa familiar frente al retrato de aquel antepasado familiar, Paulino García Gago, que hizo las Américas, fue socio del Banco Hispano Americano, y sembró de escuelas el valle de Luna. Algunas fenecieron bajo las aguas, como la de San Pedro y Láncara.

 

«Hay gente que no sabe que existe este rincón de Luna, ni Babia...», comenta. Y ella quiere contribuir con su obra a que se conozca por todos los rincones. «Lo he hecho todo sin cobrar más que los materiales, pero a partir de ahora me lo voy a pensar», señala como si estuviera empezando la carrera artística.

 

La ilusión, como ella dice, no le falta. Y tampoco tenacidad. En 1999, con 67 años, consiguió su título de doctora con la obra El alma de la pintura desde la esthética originaria que publicaría poco después como libro.

 

Dice que posee una fuerte intuición para penetrar en el alma de los seres y sobre todo tiene una «aptitud» de escucha que para ella significa el acercamiento más grande al ser humano. Una cita de Dalí resume su hacer: «La misión del pintor —y de todo ser humano— es orientar hacia lo alto las funciones del espíritu, dirigiéndolas de nuevo hacia su origen divino, trascendental y legítimo».

 

Las manos de Manolo

 

A la hora de modelar sus figuras no se inspira en rostros concretos. Pero siempre hay algún detalle personal. «Las manos del pastor de Robledo de Caldas son las de mi hermano», comenta.

 

Hay unas manos muy especiales que María Isabel Pérez Gago quiere inmortalizar. Son las de Manolo, el albañil que «ha hecho casi todas las casas del pueblo. Tiene seis hijos y no le faltan problemas», comenta. Quiere inmortalizar sus manos y ha hecho su vaciado. «Admiro a la gente que da la vida en España sin decir una palabra», añade.

 

Y Manolo, al igual que Satur, el ganadero que se reconvierte en hostelero y levanta con sus propias manos El rincón de Luna en Robledo de Caldas, son dos de esas personas sencillas a las que admira.

 

«Aprendo cada día de esta sencillez y del amor a la vida», subraya la monja escultora de Luna. Una mujer quijote que no se pelea con gigantes, sino que engrandece a la gente pequeña con un arte que conmueve con su tributo a la tradición.

La monja escultora de Luna