martes. 07.02.2023
ENTREVISTA

Laura Lechuga: «Hay previsiones de que se llegue a los 150 años de vida»

La científica es una pionera del campo de la nanotecnología aplicada a la medicina
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Laura M. Lechuga es profesora de investigación del CSIC-Instituto Catalán de Nanociencia y Nanotecnología (ICN2) y ha recibido dos premios científicos más prestigiosos de España —Premio Nacional de Investigación y Premio Rey Jaume I en Nuevas Tecnologías (2020)— el Premio Física, Innovación y Tecnología de la Real Sociedad de Física y la Fundación BBVA en 2016; el Premio Ada Byron 2020 de la Universidad de Deusto; el XVIII Premio de Investigación Burdinola en 2021; la Medalla de la Fundación Internacional Olof Palme en 2021, entre otros muchos. Reconocida divulgadora científica en medios de referencia, formó parte del panel de expertos que asesoró al Ministerio de Ciencia e Innovación y al Gobierno de España durante los años 2020 y 2021 para la pandemia. En 2021 también recibió el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Cádiz. También impulsa las vocaciones científicas en niñas con el premio de Literatura Infantil Hortensia Roig, instituido por la presidenta de Edem Escuela de Empresarios y consejera delegada de Mercadona.

Laura M. Lechuga es una pionera del campo de la nanotecnología aplicada a la medicina. Líder del grupo de Nanobiosensores y Aplicaciones Bioanalíticas del Instituto Catalán de Nanociencia y Nanotecnología (ICN2) desarrolla biosensores para la detección precoz del cáncer e infecciones. Con más de 300 trabajos de investigación, posee ocho familias de patentes. Es una de las mujeres científicas más citadas a nivel mundial y es la promotora de una spin-off para para comercializar un biosensor que detecta el covid-19 en la saliva. Una gota de sangre o de orina e incluso una lágrima es suficiente materia orgánica para los biosensores que diseña. Nacida en Cádiz en 1962 tiene raíces en Santa María del Páramo (León) por parte materna y en la capital paramesa pasa los verano, en la casa familiar que ha reconstruido. Hoy participa en el programa Stem Talent Girl con una masterclass —Nanotecnología y nanomedicina: ¿hacia la inmortalidad?— a las 17.30 horas en el salón de actos de la Escuela de Ingenierías del campus de Vegazana.

—El título de la charla es muy sugerente. ¿Nos hará ser inmorales la nanotecnología aplicada a la medicina a la carta?

—Todos somos conscientes de cómo se está alargando la esperanza de vida, aunque con la pandemia se ha sufrido un pequeño retroceso. Nuestros abuelos algunos no llegaban hasta los 60 años. Y ahora se va alargando cada vez más, llegamos a los 80 y más de media. Y hay previsiones de que incluso durante este siglo se llegue a los 150 años de vida. Yo no trabajo en este área y el título está pensado en tono divulgativo.

—Su campo es la nanomedicina que tiene que ver con esto de alargar la vida, ¿no?

—Los grandes avances en este campo en diagnóstico, sobre todo en diagnóstico precoz de cáncer, que permitirá cortarlo rápidamente, y con todas estas técnicas de diagnóstico podemos atajarlo de manera muy pecoz y aparte del sufrimiento del paciente, evitas daños a otros órganos. Por otra parte, están todas las tecnologías de tratamiento, de biofármacos, como es el caso de la vacuna de la covid-19, xon una eficacia increíble nunca antes conseguida —la vacuna de Arnm es una vacuna de nanopartículas— y con una tecnología muy novedosa aplicable a otros tratamientos. Gracias a esto cada vez más gentes que está llegando a los 90 o más años con buena calidad de vida.

—Ese es quiz de la cuestión. Vivir más pero con calidad de vida.

—Evidentemente hay que mejorarlo porque hay gente que llega hasta estos años, pero con mala calidad de vida. El título de la charla va por ahí. La pregunta es si alguien realmente quiere ser inmortal. La inmortalidad exige ser millonario, porque la triste realidad es que para la mayoría de nosotros ser inmortal es ir a trabajar todos los días. Habría que pensarse muy bien si uno quiere ser inmortal o no. Curiosamente, la gente joven suele decir que sí y la gente mayor que no.

—¿En qué campo trabaja usted en la actualidad?

—Trabajamos en conseguir dispositivos que con gotas de sangre, de orina o una lágrima ver una serie de moléculas que nos indican la presencia de cáncer o de infecciones. Hay un avance de infecciones bacterianas que ya se empieza a llamar la pandemia silenciosa porque además se hacen resistentes a todos los antibióticos que tenemos y empieza a ser un problema de salud porque hay millones de muertes al año. El diagnóstico rápido, precoz, preciso, mínimamente invasivo y que se pueda hacer en cualquier lugar y en cualquier momento. No en un gran laboratorio, sino incluso en la consulta de Atención Primaria o una farmacia. Estos análisis se pueden hacer en cuestión de minutos y ver el perfil de resistencia que una persona puede presentar. En la parte de tratamientos, que no es mi campo, se pueden llevar los tratamientos al órgano enfermo con menos efectos secundarios y más eficacia. Otras técnicas se usan para reparar tejidos e incluso reemplazar órganos creados con impresoras 3D.

—Durante la pandemia desarrolló un biosensor para detectar covid-19 con la saliva. ¿Ya se comercializa?

—Hemos creado un spin-off y estamos en fase de comenzarla para comercializarlo.

—¿Qué otras aplicaciones y para qué enfermedades está desarrollando en diagnóstico precoz el grupo de Nanobiosensores y Aplicaciones Bioanalíticas del Instituto Catalán de Nanociencia y Nanotecnología (ICN2) que lidera?

—Mi grupo trabaja en dos aplicaciones estrella. Una es la detección precoz de cáncer de pulmón y de ovario, que son los que se diagnostican en una fase muy avanzada, porque son muy silenciosos y además son los de mayor mortalidad a nivel mundial. Estamos intentando ver una serie de cambios a nivel celular que se ven a nivel nano y si los vemos podremos saber que está empezando ese cáncer. La otra gran línea de trabajo que tenemos es el diagnóstico rápido de infecciones. Aparte del Sars-Cov-2, sobre todo infecciones bacterianas para agilizar la detección de una sepsis que en cuestión de horas puede provocar la muerte de paciente. De esta forma, intentamos hacer dispositivos de diagnóstico muy rápidos y lo pueden hacer directamente en las UCI con unas gotas de sangre y saber si tiene una infección grave.

—¿En qué fase están?

—Están avanzados a nivel de laboratorio. En el caso del cáncer de pulmón nos acaba de dar un premio Astra Zeneca del consorcio Lung Ambition Alliance por los avances conseguidos y para seguir investigando. En el caso de infecciones, tenemos un gran proyecto financiado por el Ministerio de Ciencia dentro de los fondos de recuperación europeos con hospitales y empresas de España para el análisis muy rápido de las infecciones a nivel de UCI. No solamente ver qué infección, sino también identificar las resistencias de esa bacteria para saber qué antibiótico dar al paciente y en qué dosis. Sabemos que muchas veces no son efectivos y lo único que hacen es dañar al paciente.

—¿Participa algún hospital leonés en este proyecto del Ministerio de Ciencia?

—No, están los hospitales q participan son Vall de Hebrón y el Hospital Del Mar, ambos en Barcelona.

—Para hacernos una idea, ¿Cómo son los biosensores que desarrolla?

—Son muy sofisticados. Son unos nanochips ópticos por donde va viajando la luz. La luz es la que va viendo estos cambios a nivel celular. Prácticamente es la misma tecnología de los microchips famosos (móviles, ordenados, neveras, coches...), pero en vez de que viajen electrones, viaja la luz. La luz interacciona con las moléculas biológicas o los cambios que les pasan a las personas. Lo bueno es que lo hacemos a escala nano y te permite ver cuándo el paciente empieza a infectarse.

—Es pionera a nivel nacional e internacional en su campo. ¿Cómo empezó?

—Empecé a trabajar en mi tesis. Soy una de las pioneras a nivel nacional e internacional en el área de biosensores. Y en el campo de los microchips ópticos, en particular, soy de las primeras en el mundo y tienen mucho reconocimiento internacional. Tengo las dos vertientes. Por una parte hago toda la tecnología y todos los dispositivos, cosa que no es frecuente en nuestro país, y lo aplicamos a casos muy concretos y a problemas sin resolver que tenemos en la clínica, como la detección precoz del cáncer o el caso de las infecciones.

—Desde su trayectoria excepcional, ¿cómo ve el panorama de la mujer en la ciencia y la tecnología y el hecho de que aún requiera de programas como el Stem Talent Girl?

—Me alegro de que con los años un programa como este hable del tema y esté en la discusión. Las mujeres hemos estado relegadas en todos los campos, pero particularmente en el tecnológico y es muy difícil. Somos muy pocos las mujeres que estamos trabajando en tecnología. Desde que yo empecé hasta ahora la mejoría existe, pero es muy baja. Y creo que el principal problema lo tenemos en la educación, con los roles asignados. Desde muy pequeños se moldea la mentalidad de que los niños tienen que ser una cosa y las niñas otra. De alguna manera te siguen metiendo en la cabeza que no puedes hacer un trabajo tecnológico. La educación ha avanzado. Pero queda mucho por hacer.

—Su trabajo está encaminado al cuidado y la calidad de vida de las personas, pero en general ¿la imagen de la tecnología está muy masculinizada y carece de menos atractivo para las chicas?

—Puede ser que sí, que a las mujeres les interese más el cuidado, pero discrepo y creo que se debe sobre todo a la educación, a los roles. Hoy en día un coche o en avión se diseña en ordenador. En mi época, Matemáticas era una carrera en la que había muchas mujeres principalmente porque era una carrera enfocada a la enseñanza. Hoy en día son minoría, prácticamente son todo hombres, porque la salida es inteligencia artificial. Se asocia que es para los hombres y las mujeres desaparecen. Cada uno elige, pero si desde pequeña te están dando una muñeca y a tus hermanos una caja de herramientas, te crean unos roles en la cabeza que te condicionan de mayor. Yo jugaba con muñecas, pero también con otras cosas, aunque si te decantas por otras muchas veces te ven rarita.

—¿Cómo fue su experiencia personal?

—Tengo un libro que se llama Una científica saltando vallas, en el que cuento mi vida. Yo iba a un colegio de monjas, solo de niñas, hasta que fui a la universidad. En aquella época solo competía con mujeres, solo competía por inteligencia. Nunca sentí los rasgos machistas, pero en la universidad lo vi. Me empezaron a pasar. La curiosidad fue mi acicate, me encantaban las matemáticas pero también el latín, y estudié Química porque era lo que tenía en Cádiz. Luego tuve la suerte de hacer mi tesis en el Centro Nacional de Microelectrónica del CSIC y allí descubrí lo que eran los microchips y la tecnología y vi que este tipo de cosas me gustaba más. Empecé con biosensores y creo que me atrajo el hecho de ver que tenía una aplicación y podías utilizarlo para la vida real, como pasó con los biosensores para diabéticos. No quiero decir que la investigación básica no sea importante, todo lo contrario, pues sin investigación básica los demás no podemos hacer desarrollo tecnológico.

—¿De los dispositivos que usted ha desarrollado cuáles se están aplicando?

—Todavía ninguna. He tenido varias empresas y una de ellas vendía la tecnología, pero la tecnología general, para que la gente la pudiera usar en los laboratorios o en los hospitales, pero no como una aplicación concreta. Ahora estamos intentando sacar algunas sobre todo en el campo de las infecciones. Creo que en un plazo de dos años.

—¿Cuál es su vínculo con Santa María del Páramo?

—Nací en Cádiz y mi padre es andaluz, pero toda mi familia materna es de Santa María del Páramo y aquí pasaba todos los veranos. Heredé la casa familiar y la he reconstruido.

—Echa raíces en León, tan necesitada de gente. ¿Cómo ve la provincia a nivel social y científico?

—Es una pregunta delicada. Lo que veo es que hay una pérdida constante de gente joven muy bien formada, pero que prefieren irse a trabajar o a hacer su Tesis doctoral o su carrera profesional fuera de León. Muchos se van al extranjero pero otros se van a otras ciudades españolas. Creo que por falta de oportunidades en León.

Laura Lechuga: «Hay previsiones de que se llegue a los 150 años de vida»
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