sábado 24.08.2019

Una leonesa contra todo un patrimonio de la (in)humanidad

Un trayecto de cinco minutos. les separó para siempre de su hijo. Lo que no sabían era que al desgarro de la muerte se uniría la humillación sufrida a manos del Estado. «Pero una madre no se cansa nunca», advierte..
Mikel Uriarte durante un viaje a Nueva York. DL
Mikel Uriarte durante un viaje a Nueva York. DL

cristina fanjul | león

«No tenemos que ser indiferentes. La indiferencia nos hace daño como sociedad. Mi hijo murió. Fue un homicidio por imprudencia y no pararé hasta que lo demuestre. Si creen que esto va a terminar es que no comprenden lo que significa ser madre. Mikel es el que me fuerzas para continuar». Mikel Uriarte murió una noche de septiembre de hace siete años. Aunque estas palabras no explican bien lo que le ocurrió. A Mikel le segaron la vida. Tenía 22 años y estaba a punto de llegar a casa. Apenas cinco minutos le separaban de sus padres, de su casa, de la vida., pero aquel día se cruzó con un puente y «con el poder absoluto»… «Miré por la ventana de su habitación y vi que había sirimiri. Me preocupé. Tenía que haber llegado ya. Habían pasado más de diez minutos. Entonces, llamó la Ertzaintza». La madre de Mikel Uriarte es leonesa, de La Bañeza. Se llama Consuelo González, Chely, y lleva siete años luchando para que la memoria de su hijo no se pierda, desde aquel momento en el que un agente de la policía autónoma vasca le dio la mano a las puertas de su casa llorando. Después llegó la desolación, la incomprensión y, «desgraciadamente, la lucha». Porque a Mikel Uriarte llevan matándole desde aquella noche en la que su coche cayó a la ría de Bilbao desde el puente declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. «Intentaron desacreditar a Mikel desde el primer día», lamenta Chely, que deja claro que los análisis forenses demuestran que su hijo estaba limpio y había mantenido todas las medidas de seguridad al entrar en el puente. «Tres periciales distintas reflejan que el coche entró a baja velocidad», pero, a pesar de todas las pruebas, esta madre aún no ha conseguido justicia, el equilibrio reparador que el Estado debería proporcionar a sus ciudadanos. Chely González denuncia que el puente, que gestiona una concesionaria llamada Transbordador de Vizcaya S.L, no cumple con ninguna normativa de seguridad. «Fue la adjudicataria la que quitó los pasadores de seguridad», subraya la bañezana, que precisa además que la barrera viola los requisitos de seguridad europeos. «Tiene una altura de tan sólo 90 centímetros, la distancia entre barrotes es de 25 centímetros cuando debería ser de 15 y no hay rodapié que impida el deslizamiento del vehículo, ni pasadores de seguridad». Así que, el coche de Mikel, aquel día de sirimiri, se deslizó al vacío, a pesar de tener el freno de mano puesto, aunque las pastillas de freno eran nuevas y él se había preocupado de cambiar las ruedas hacía pocos días.

No era la primera vez que alguien moría a causa de un accidente en el puente. En 2005, un empleado del puerto perdía la vida en similares circunstancias. Se llamaba José Ignacio Mendieta Uriarte, cuyo coche se precipitó tras rebasar la barandilla. «Trataron de vender la historia de que le había dado un ataque al corazón. Era mentira», asegura Chely. A pesar del suceso, nada cambió y pocos años después, la madre de Mikel se quedaba huérfana. Desde entonces, el puente colgante ha seguido contabilizando accidentes —sin víctimas mortales— pero todo sigue igual.

Contra el poder

«Me enfrento a gente muy poderosa, pero tengo la razón de mi lado, y a mi hijo», defiende Consuelo, que ha llevado el caso hasta el Parlamento Europeo. «Me dieron la razón, pero su informe no es vinculante, como ocurrió con el del Defensor del Común», lamenta. Chely explica que cuando Mikel entró en el puente, el encargado de dirigir el trafico no estaba en su puesto. «El maquinista no se enteró de que el coche había caído. Cuando se dio cuenta, corrió para ver lo que había ocurrido y resbaló. También él estuvo a punto de perder la vida», recuerda. Y es que el suelo del puente estaba, según el informe emitido por la Ertzaintza, como una pista de hielo, con una adherencia de entre un 0,10 y un 0,20%, insuficiente para mantener unos niveles mínimos de seguridad. Chelo denuncia además que, a pesar de que son obligatorios, no se realizan simulacros de accidentes. «En enero de 2011, una normativa obligó a poner al día las instalaciones obsoletas, pero en el caso del puente todo sigue igual».

Todo no. Y es que Chely acusa a la concesionaria de manipular pruebas. «Cuando el juez pidió la pericial, la empresa cambió muchos elementos con la única finalidad de perjudicarnos. Cambiaron barreras y los motores. Lo que no sabían es que todo se estaba grabando», denuncia. Sin embargo, la Audiencia Provincial decidió sobreseer el caso. Los padres de Mikel acaban de publicar un libro: El otro lado del puente. Escrito por César Charro, esta obra recopila la lucha por la verdad emprendida por Chely y Miguel y ordena el puzzle de todos los acontecimientos, lo que permite al lector sacar sus propias conclusiones sobre un caso que Chely asemeja a los del metro de Valencia y el tren de Angrois. «Somos nosotros contra el sistema, contra un poderosísimo sistema que lo controla todo; David contra Goliat», sostiene.

La de Chely es la historia de una, otra más, madre coraje enfrentada al Estado. «Durante cuatro años, cuando se cumplía el aniversario de su muerte, acudía al puerto a ponerle unas flores a Mikel, pero siempre me las arrancaban»...

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Una leonesa contra todo un patrimonio de la (in)humanidad