miércoles. 10.08.2022

En Santa Eulalia cunde el silencio tras el gesto de la nieta de Benjamín Rodríguez Cañueto de pedir a través de una carta que colocó en el Cabildo de la ermita y unas flores blancas en la ventana y la puerta de las casas de los asesinados en 1951, Antonio León y Carmen Ballesteros. A una vecina que reside en un pueblo cercano le llamaron para que viera lo sucedido». Lo vio y la memoria de su madre, las palabras que le oyó repetir tantas veces en la cocina, volvió a su memoria. Su madre contaba que tuvo que lavar las patatas con agua porque la sangre de las víctimas cayó en la bodega donde las guardaba y «no había otra cosa para comer». Confesó que ella también tuvo miedo de morir y que rezó el responso a San Antonio, al que tanta devoción hay en Cabrera. «Toda la vida estuvo con depresión», añade. «Ha sido muy valiente de hacer ese gesto», dice pensando en otros familiares que sabe que no lo aprobarán y en el miedo que aún se palpa en el ambiente en un pueblo cuya silueta se observa, semiescondida, al bajar el puerto del Carvajal rumbo a Cabrera Baja. Una silueta que Gema Rodríguez López cpntempló con el temor de cruzarse con alguna de los descendientes de las víctimas que pudieran tomarse a mal su gesto y que dejó atrás con la esperanza de que sus letras y sus flores llegaran a ellos como una gota de bálsamo.

«Mi madre arrastró una depresión»