miércoles. 08.02.2023

Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

La patria existe al azar de las migraciones y del pan que da Dios». El azar o las necesidades, más que la cuna, determinan lo que cada uno puede reconocer como su patria. Emigrar es en cierto modo, volver a nacer. Eso sugería el poeta brasileño Mario de Andrades con la frase que encabeza estas líneas.

Pero la fe nos lleva a considerar las migraciones desde otro punto de vista. El domingo 15 de enero se celebra la Jornada Mundial de las Migraciones. En este año 2012 Benedicto XVI ha titulado su habitual mensaje con el tema «Migraciones y nueva evangelización».

Según el Papa, las migraciones «en busca de mejores condiciones de vida o para escapar de la amenaza de persecuciones, guerras, violencia, hambre y catástrofes naturales, han producido una mezcla de personas y de pueblos sin precedentes, con problemáticas nuevas no solo desde un punto de vista humano, sino también ético, religioso y espiritual». Es fácil imaginar las diversas situaciones que hoy se dan.

Hay personas creyentes que «a menudo emigran a países donde los cristianos son una minoría o donde la antigua tradición de fe ya no es una convicción personal ni una confesión comunitaria, sino que se ha visto reducida a un hecho cultural». En este caso, las comunidades cristianas de los países de acogida han de ensayar nuevos modos para ayudar a los inmigrantes a «redescubrir la belleza del encuentro con Cristo, que llama al cristiano a la santidad dondequiera que se encuentre, incluso en tierra extranjera».

Otras veces, llegan a los viejos países cristianos algunos inmigrantes que aún no han encontrado a Jesucristo o lo conocen de modo parcial. En este caso, «es necesario encontrar modalidades adecuadas para ellos, a fin de que puedan encontrar y conocer a Jesucristo y experimentar el don inestimable de la salvación».

El Papa alude brevemente a una tercera posibilidad: la de los inmigrantes verdaderamente creyentes, que, en países adormecidos en su fe, «pueden convertirse a su vez en anunciadores de la Palabra de Dios y testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo».

En todo caso, la responsabilidad de la evangelización nos atañe a todos. Es preciso que «las Iglesias de origen, las de tránsito y las de acogida de los flujos migratorios intensifiquen su cooperación, tanto en beneficio de quien parte como, de quien llega y, en todo caso, de quien necesita encontrar en su camino el rostro misericordioso de Cristo en la acogida del prójimo».

Entre los inmigrantes hay algunos grupos especiales, como los refugiados, los trabajadores y los estudiantes. Los primeros exigen un reconocimiento de sus derechos humanos fundamentales. Los trabajadores requieren acompañamiento, justicia y solidaridad. Los estudiantes internacionales, además de ayuda ante los problemas burocráticos y de vivienda, necesitan puntos de referencia para su fe.

Evidentemente no basta esperar el pan que Dios nos da. Hay que tener presente al Dios que nos lo da y nos exige compartirlo.

Migración y pan de Dios
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