martes. 09.08.2022
LA MEMORIA DE LOS PASTORES

Los niños olvidados de la trashumancia

Vuelven los motriles. Ramón Gutiérrez rescata la memoria de aquellos niños pastores que, entre los siete y los doce años, pasaban el verano en los puertos de la montaña leonesa y palentina afrontando todo tipo de trabajos y calamidades. Hoy presenta el libro ‘La gesta de los motriles de la trashumancia’ en el salón del Instituto Leonés de Cultura a las 20.00 horas. .
Ramón Gutiérrez con el libro en el que rescata la vida de los motriles, niños de 7 a 12 años que hacían todo tipo de trabajos en la trashumancia. RAMIRO
Ramón Gutiérrez con el libro en el que rescata la vida de los motriles, niños de 7 a 12 años que hacían todo tipo de trabajos en la trashumancia. RAMIRO

«En 1948, a los ocho años, estrené oficio, nuevo para mí: motril. Por aquella época era para los chavales una distinción, un rango, ir de motril, considerando a los que no iban como señiritos, blandengues (jaldetos, los llamábamos)».

La voz es de Marcelino Díez Martínez, oriundo de Prioro (1940), uno de los protagonistas de La gesta de los motriles de la trashumancia, el libro que Ramón Gutiérrez, maestro de profesión, empezó a escribir, sin saberlo aún, cuando recaló en Prioro hace 54 años. Hoy, el trabajo de los motriles, sería considerado explotación infantil. Entonces era lo normal. Necesidad obligaba. Había en la escuela en aquellos tiempos no menos de 150 niños y niñas en cinco aulas. «En mi clase había destinados 29 y cuando llegaba primeros de octubre unos 10 ó 12 aún no habían venido», explica. Aquellos chicos estaban de motriles, le contaron.

FOTO LUEJE.

La palabra, nueva en los oídos del maestro como nuevo fue el oficio para Marcelino, caló en Gutiérrez. Hace pocos años volvió a tirar del hilo y con el testimonio de 15 motriles y las aportaciones de literarias de David Fernández Villarroel y Saturnino Alonso Requejo rescata del olvido la vida sacrificada de decenas de muchachos que para aminorar la miseria de sus casas eran enviados a las majadas los 120 días que venía a durar la trashumancia de los rebaños en los puertos de la montaña cantábrica.

«Quito una boca de la mesa y un animal de la cuadra», solían decir los padres, pues con el niño sacaban también a algún animal a pastar al monte. Los motriles hacían de todo, desde «ir a por leña o agua, encender el fuego, hacer las sopas, limpiar el caldero, hacer la ‘pella’ para los mastines, carear las ovejas y todas aquellas otras que le encomendara el pastor, al que debía obedecer sin rechistar», como apunta Manuel Rodríguez Pascual, el gran investigador de la trashumancia, en el prólogo.

Prioro, Tejerina y La Remolina fueron los tres pueblos de motriles por excelencia en la montaña oriental, aunque también los hubo en Palencia y alguno en Babia. «Eran pueblos de trashumantes con una natalidad muy alta y unas necesidades tremendas», explica el autor.

«Nos lanzaron al encuentro con la vida armados con un cayado y un morral o zurrón con cuatro mendrugos de pan duro», afirma Telmo Díez Villarroel, de Tejerina, que vivió la experiencia en 1934. «No fue mi infancia y la del 95% de los niños de mi pueblo y entorno, un modelo a imitar y copiar por las generaciones posteriores sino todo lo contrario», comenta este motril que con el tiempo se hizo cura, y muy afamado, en la parroquia de San Marcelo. Cuando oye hablar del Tercer Mundo se acuerda de su infancia.

La gesta de los motriles «tiene connotaciones trágicas», comenta Gutiérrez. Los chavales «pasaron muchas calamidades, soledad, miedo a los maquis que a veces les quitaban la poca comida que tenían, les llevaban hasta 30 o 40 ovejas y a ellos para que las guisaran, se perdían con la niebla...», agrega.

Serafín de Castro Riero, de Prioro, vivió el miedo, la soledad y los riesgos antes de ser motril. A los cinco años «mi padre me llevó con él a Bovias (Portilla) por el verano. Una tarde vinieron los perros revueltos, corrimos tras ellos y Pepe Ibán saltó un arroyo. Yo, como era más pequeño, no pude hacerlo y me volví hacia la majada», relata en el libro. Pero «pasé de largo» porque «estaba oscureciendo y había niebla». Cayó en el pozo de un arroyo del que salió «aturdido» y siguió caminando por el monte «sonámbulo» hasta que «rendido y mojado me tiré al suelo y entré en un sueño profundo durante toda la noche». Al día siguiente, exhausto, encontró a su padre.

Benito Riaño sale hacia El Abedular. LIBRO 'LA GESTA DE LOS MOTRILES DE LA TRASHUMANCIA'.

El motril Laurentino Prado en San Glorio. LIBRO 'LA GESTA DE LOS MOTRILES DE LA TRASHUMANCIA'

Sin embargo, los chiquillos competían por ser motriles. Nefatlí Díez González, de Prioro, señala «estábamos en Valnero mi hermano y yo y nos prometieron que el que corriendo llegase primero a casa, era el seleccionado para ir a la majada». Ganó él y con siete años, aquel verano de 1945, un pastor le llevó a pie hasta Puente Almuhey y desde allí en tren a Boñar, En un camión de los talcos subieron hasta las minas situadas por encima de Puebla de Lillo. Los 15 kilómetros hasta San Isidro los hicieron a pie.

En una ocasión le ardió el aceite mientras hacía las sopas. «Se me cayó el caldero y me quemé. Al venir el pastor me pegó una buena paliza», Otro perdió la llave del chozo y no se atrevió a presentarse por el miedo, cuenta este hombre que, ya de zagal, bajó andando a Extremadura con 11 años.

Si la alimentación «no era pobre ni regalada, solo sopas por la noche y sopas por la mañana», como dice Ramón Gutiérrez, el sueldo solía ser miserable: «Uno ganó el equivalente a tres euros en 120 días y otro lo que sería 1 euro de hoy en todo el verano», apostilla.

En la época de la posguerra algunos murieron por manipular explosivos o cartuchos que recogían para vender en Puebla de Lillo o por simple curiosidad. Sólo cuatro de los que aparecen el libro fueron trashumantes. Hay desde catedráticos, como Marcelino Díez Martínez, hasta curas, policías, guardias civiles, empleados de la industria en el País Vasco y Navarra, funcionarios, labradores...

«Los motriles teníamos responsabilidades que excedían las lógicas para nuestra edad», admite Juan Francisco Diez Salio. Aquella vida de dureza y privaciones, a veces cercana a lo inhumano, como señala el autor, «les hizo fuertes y resistentes y les preparó para hacer frente a las dificultades de la vida».

Hoy los motrilillos, obreros olvidados de la trashumancia, vuelven al Instituto Leonés de Cultura, a las 20.00 horas, de la mano de Ramón Gutiérrez. Su libro rescata su memoria y alguien debería pensar «en la conveniencia de aplicarles, con todo mérito, el título de héroes», como apunta el motril de Prioro. .

Los niños olvidados de la trashumancia
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