lunes. 27.06.2022
Paloma Pardal trabaja en el medio rural. MARCIANO PÉREZ

Los dos primeros meses del confinamiento fueron terribles para Paloma Pardal, auxiliar de ayuda a domicilio en el medio rural. «El 90% de mis usuarios se dieron de baja por miedo a contagiarse y quedé solo con dos encamados, para ir a asearles y moverles», explica. Esto suponían perder salario, que en su caso se vio menos impactado porque «tenía horas a mi favor en la bolsa». En los meses de abril y mayo hubo compañeras que llegaron a cobrar 200 euros.

Las auxiliares de ayuda a domicilio pasaron también «mucho miedo». «Nos faltaron epis, no teníamos mascarillas ni guantes, sólo nos decían que nos laváramos las manos», explica. La sensación de no ver a nadie por la calle, ni toparse con ningún coche por la carretera le marcó. «¡Qué soledad! ¡Qué tristeza!. La empresa nos encargó de ir a los pueblos a preguntar a la gente por la ventana si necesitaban algo, con nuestro coche», recuerda.

Aquel trabajo, para el que tuvieron que firmar consentimiento tanto auxiliares como usuarios, no se lo han pagado, denuncia. Ahora como su bolsa de horas es negativa «me van a rebajar el contrato de 35 a 25 horas a la semana. Nuestra precariedad es muy grande. Tenemos el convenio bloqueado y damos por descontado que este año no habrá subida salarial», comenta.

Paloma Pardal empezó en este trabajo en 2002 «con toda la ilusión, pero se cansa uno. Ponemos nuestro cuerpo, nuestras manos, nuestros ojos y nuestros coches», recalca. «He visto cosas terribles», señala. Pero como la emoción estas fiestas al recibir las muestras de agradecimiento de los hijos de ‘mis abuelos’, nada.

«Pasamos miedo y sufrimos la precariedad»
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