viernes 21/1/22
Eterio Morán Mateos

«Pasé cinco semanas sedado en la UCI entre sueños muy agradables y viendo a mi mujer por allí»

Eterio Morán acababa de jubilarse como profesor del colegio Don Bosco cuando ingresó en el hospital con cuadro grave respiratorio por covid. Cuando salió el estado de alarma había decaído y su cuerpo tuvo que aprender a andar de nuevo.
                      Fernando Otero
Fernando Otero

Eterio Morán cumplía 64 años el 2 de marzo de 2020. Había dedicado 35 a formar a jóvenes en la especialidad de Electrónica del colegio Don Bosco y se jubiló. En verano tenía previsto realizar un viaje a África junto con su mujer, Blanca, enfermera ya jubilada. Pero el covid, entonces un bicho desconocido que había saltado de China a Europa y ya castigaba a Italia, convirtió sus primeros meses de júbilo en una dura batalla que se prolongó durante diez semanas en el hospital. Dos meses y medio en blanco.

Entre los abrazos de su despedida laboral debió saltar el coronavirus de Wuhan a su cuerpo, pues se cree que entró en el centro el fin de semana anterior tras una reunión de profesores varias provincias del noroeste, entre ellas Asturias, donde se detectó días después el caso cero con conexión italiana.

"Lo he vivido tranquilo y con aceptación. No tenía sentido preguntarme ¿por qué a mí? Además, yo era candidato. Con 21 años tuve una tuberculosis y estuve ingresado siete meses, desde el 13 de enero hasta 23 de agosto»

«Estuve una semana sin diagnosticar. Tenía fiebre y un tembleque que no me explicaba», pero en su cabeza no había sospecha alguna de lo que era. «No era consciente del virus del covid en ese momento», aclara. Aquello no pasaba y cuando fue a urgencias a Eras de Renueva ya se notaba el miedo al contagio. Aquella misma noche ingresó en el hospital y a los dos días le sedaron y le intubaron. Durante dos meses y medio, cinco semanas, su mundo se redujo al box de la uci y su cuerpo quedó en suspenso con las constantes vitales controladas por los equipos sanitarios y las máquinas.

                      Fernando Otero

No se enteró del estado de alarma ni del confinamiento, encerrado en su propio cuerpo en combate con la vida. Luego supo que su hija Mari Luz, que había venido de visita desde Londres, se tuvo que quedar por el cierre de fronteras y luego para esperar a que él despertara y echara a andar. Que su hija Blanca, que vive en Asturias, pedía que le llamaran a ella desde el hospital porque quería tener la información directa. Que en su pueblo, Fresno de la Vega, estaban todos al tanto de su estado de salud por Javier, que creó un grupo de Whatsapp para dar el parte diario. Que en su casa rezaban y confiaban en el milagro de María Auxiliadora cuando la situación se complicaba.

Teníamos planeado un viaje a África en el verano de 2020 con unos salesianos que conocemos. Y vamos a hacerlo. Esperamos poder ir en primavera a Angola o a Malawi. Tengo muchas ganas de seguir la vida. Es hermosa»

Supo, tiempo después, que varios salesianos habían fallecido en las primeras semanas de la pandemia. Todo eso que ocurría sin que él se enterara de nada puede que resonara en su subconsciente.

«Fueron cinco semanas de sueños muy agradables y recurrentes. Unas veces estaba en otro país metido en un fango, otras en medio de un bosque en un trailer que era un estudio de grabación...». La emoción corta sus palabras...

Enseguida se repone. Y sigue. En París tenía un piso encima de una montaña llena de grano. En un país africano había un hombre con una cometa y una luz verde y un muchacho negro subía allí y tocaba. «Ella me acompañaba. Estaba por allí, discreta», dice señalando a su esposa, Blanca Casado. En otra ocasión hacía mucho frío alrededor del hospital y le prestaba dinero, mucho dinero, a unos médicos que no podían arrancar el coche... También vio a algunos de los salesiano con los que tanto tiempo había compartido. «Cuando desperté, hubo un momento que pensé: se lo tengo que pedir... hasta que me di cuenta de que era un sueño», relata.

Realidad y ficción

El viaje onírico de la UCI llegó también a Madrid. «Me pesaban tanto los pies que no podía caminar y vino Camino, una compañera de la oenegé, y me trajo con un camión». También vivió en el interior de un mamut. Hacía mucho frío y encima se estropeaba la calefacción.

Eterio Morán piensa que eran sueños sin sentido. Pero resulta que en su vida real, antes del covid, aparte de ser profesor ha tenido otra faceta muy importante en su vida. La cooperación a través de la oenegé Jóvenes y Desarrollo, junto con Blanca y sus dos hijas, María Luz y Blanca. Solo o en familia ha viajado a misiones en Angola, Perú, Guatemala y a Bosnia a acompañar a dos menores que tuvieron en acogida hace unos años.

«Cuando me desperté no sabía dónde estaba, veía pasar a las enfermeras como si estuviera en un cruce. Empecé a darme cuenta de la situación. Estaba muy delgado, perdí más de 20 kilos. Al principio solo comía y dormía. Estaba volando, era feliz», apunta. Al principio le tenían que dar de comer en la boca porque «no podía con ninguna mano, luego fui manejando la izquierda y después la derecha. Y me ha quedado algo (rigidez) en los brazos». Nada que ver con la sensación de «tronco» que tenía encamado en la UCI. «No sentía mi cuerpo».

Traqueotomía

Eterio Morán es uno de los pacientes leoneses que más tiempo ha estado en la UCI por el covid. Le hicieron una traqueotomía para que pudiera vivir con la ayuda del respirador. Durante unos días, ya consciente, «tenía que taparme el agujerito para hablar para que pasara el aire», explica.

En el hospital se sintió muy bien cuidado y atendido por todo el personal. Conmovido también por las situaciones que vivía el personal sanitario en aquellos meses de confinamiento e incertidumbre de la primera ola del virus. «Fueron maravillosos. Ellos también vivieron sus momentos tristes. Algunos trabajadores vivían separados de sus familias para no contagiarse», apunta.

El abrazo de una enfermera

Vestidos con aquellos buzos impresionantes, los trabajadores del hospital fueron la única compañía de los pacientes y también sus confidentes. Se creó un ambiente de intimidad y complicidad por la vida que les mantiene unidos tanto tiempo después de haber salido del hospital. «Un día en la calle me reconoció una enfermera y me dio un abrazo», resalta.

Está muy agradecido a todo el equipo. Recuerda que la primera vez que le sacaron de la cama usaron una grúa. Fueron los momentos más duros tras despertar. Sólo podía andar un poco. Enseguida llegaron los fisios para la rehabilitación. Y en cuanto pudo andar un poco más la familia pidió que le dieran el alta. Vivió el momento más emocionante, porque «cuando te daban el alta». Eterio Morán destaca la «atención humana de la enfermería. La entrega y la vocación vale más que todo en el mundo».

«Al principio no era capaz de llegar al baño y me ayudaba de mi hija y de Blanca», admite. Paso a paso y día a día se ha ido recuperando. «Fuimos para el pueblo porque allí era todo más fácil y ya era verano», explica Blanca. Eterio quería conducir pero se dio cuenta de que no podía. Siguió la rehabilitación de forma privada en Valencia de Don Juan.

Alimentación sana, ejercicio y sobre todo «el acompañamiento», añade Eterio, también han contribuido a su recuperación. Cuando se quita la mascarilla para las fotos se ve su sonrisa coronada por el fino bigote blanco.

Volver a África

Eterio y Blanca han recuperado su plan de viajar a África. Quieren hacerlo la próxima primavera. A Angola o Malawi. Su carácter tranquilo y la aceptación le han ayudado a pasar página. «No merecia la pena preguntarme por qué yo. Además, era candidato», apunta. La cicatriz q, de ue marca su cuerpo alrededor del costado izquierdo se lo recuerda. «En 1977 tuve una tuberculosis y estuve ingresado siete meses en el Hospital Monte San Isidro», explica. Tiene la cicatriz en l cuerpo y las fechas grabadas en la memoria: 13 de enero de 1977 y 23 de agosto de 1977. Fue una de las últimas personas que operaron de tuberculosis, por eso le abraza la enorme cicatriz. Hacía poco tiempo que había conocido a Blanca, en la discoteca La Estrella de Mansilla de las Mulas. Ella le visitaba y estaba pendiente de sus cuidados, como desde casa, mientras estaba en la UCI, andaba pendiente de que le pusieran boca a abajo porque sabe de sus dificultades para expectorar. Cómo no iba a sentirla cerca en sus sueños.

A pesar de todo lo vivido, Eterio afirma: «Yo lo tenía muy fácil, he tenido cobertura total de la familia. Ha sido grave pero he quedado bien, con pequeñas secuelas que para mí son insignificantes». Pero, sobre todo, «con ganas de seguir la vida, de dar más vida a la vida que es muy hermosa», añade.

Más despreocupación

No se atreve a decir qué lección debe sacar la sociedad de esta pandemia. Puede decir lo que siente: «Menos agarrado a muchas cosas y más despreocupado. Antes me preocupaba más el futuro», apunta. Colaborar en lo que se pueda es una motivación para él. «Ser abuelos también enseña», comenta pensando en sus dos nietos, Kevin, de dos años, y África, de cuatro.

Vivir con más plenitud, sintiendo a la gente más cercana y disfrutar del pueblo «como nunca» son otros de los aspectos positivos que le ha aportado la experiencia vivida. Recuerda a algún vecino que al verle por la calle después de salir del hospital le dijo: «Estuviste muy jodido». Y la visita que le hicieron los compañeros en el pueblo en aquellas primeras semanas de retorno a la «nueva normalidad», «hasta dimos un paseo». También fue emocionante volver a pisar el colegio y ver a Matías, el salesiano que le contrató en 1984 cuando empezó a trabajar en el centro como profesor de formación profesional.

Pronto tendrá una nueva revisión con la doctora Bollo, neumóloga del Hospital de León que lleva su caso. Pronto esperan reunirse con la familia y ver a los nietos. La vida sigue.

«Pasé cinco semanas sedado en la UCI entre sueños muy agradables y viendo a mi mujer...
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