jueves 26/5/22
Refugiados en León

«No quería dejar mi hogar en Ucrania, pero mi hijo tiene leucemia»

Elena Khodyka y su hijo llevan ocho años huyendo de la guerra. En 2014 tuvieron que abandonar su hogar y su negocio en Lugansk, Dombás, asediados por el conflicto armado entre separtistas de la región oriental de Ucrania y el gobierno nacional. «Lo perdimos todo», apunta. En febrero de 2022, cuando las bombas rusas hicieron temblar las paredes de su casa y se quedó sin atención médica para su hijo enfermo de leucemia dejó el país para protegerle. «Él es mi prioridad».
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Elena Rhodyka con su hijo Iván Radchenko, recién llegados a León, forman parte de las 447 personas ucranianas acogidas en la provincia desde marzo. FERNANDO OTERO

Elena conoce los sonidos de la guerra desde 2014. Entonces vivía en Lugansk con marido y su hijo. Tenían un negocio de electrodomésticos y material de construcción. La violencia les empujó a huir y «lo perdimos todo». Aquella guerra, sorda para Europa, les arrebató la tienda, el hogar y la paz. Desde Lugansk se desplazaron al sur, a la ciudad de Mikolaiv, en la región de Kerson, Odessa. Allí vivieron tres años.

«Esperamos dos días en la estación Dnipro para subirnos al tren, tuvimos que dejar las maletas y la mochilas. En el compartimento de cuatro íbamos diez personas. El viaje fue muy difícil, nos paraban y duró más de 24 horas»

En 2017, a raíz de la separación matrimonial, Elena y su hijo se vuelven al este, a la ciudad de Myrnorhrad. Cuando el 24 de febrero se produce la invasión rusa de Ucrania están en la zona más caliente del conflicto. Elena no está dispuesta a que una nueva guerra le arrebate lo más preciado de su vida. Su hijo Iván, de 12 años y enfermo de cáncer hematológico. «Los sonidos de la guerra ya estaban pasando pro nosotros desde 2014.Ya sabía lo que son aunque eran intermitentes, una vez sí otra no». El día 24 de febrero fue «tan fuerte el bombardeo y los ataques por tirra que en el edificio donde vivíamos temblaban las paredes, las ventanas, los cristales... Metía muchísimo miedo», relata Elena.

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Con toque de queda desde las cinco de la tarde, no podían salir de casa ni encender la luz. La vida se paró y todo empezó a colapsar. «Era imposible sacar efectivo de los bancos, las tiendas se vaciaron en un momento y lo más importante para mí es que no tenía acceso a la clínica y había falta de medicamentos».

«No quería dejar mi hogar, pero mi hijo tiene leucemia y es la prioridad. El niño necesitaba medicamentos y su revisión médica». Para solucionar este problema empezó una nueva huida. Un largo viaje que ha durado desde finales de febrero hasta el 5 de mayo que llega a León, acogida por el programa de protección internacional de San Juan de Dios.

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Elena Khodyka con su hijo Iván Radchenko, que muestra uno de sus retratos, y la abuela paterna del niño, Larissa Radchenko. FERNANDO OTERO

Cuando cerraron los centros médicos decide marcharse a Dnipro, a unos 200 kilómetros de la casa de sus padres. «Allí no se escuchaban tanto los estallidos de las bombas, pero las sirenas para refugiarse eran continuas. Cada poco teníamos que ir a resguardarnos». La situación empezó a ser desesperante al comprobar que «muchos médicos habían marchado de la ciudad, también el hematólogo». La única salida era una clínica privada, «pero también estaban cerradas». «Empezaron a ayudarnos los voluntarios de una parroquia para mantener la enfermedad del niño más o menos estable», relata Elena. Se enteró de que había un tren especial para niños con problemas de cáncer, huérfanos y con discapacidad y trató de subirse con su hijo. Era un tren «normal». «Era imposible entrar, la gente dejaba las maletas y sus pertenencias para poder subir. Era un infierno», recuerda. Pasaron dos días hasta que pudieron subirse después de dejar las maletas y una mochila. «Quedamos a la intemperie». Elena cuenta que los vagones «estaban divididos en compartimentos de cuatro personas y se apelotonaban entre nueve y diez viajeros» en cada uno.

«Si fuera yo sola, no tendría problema. Estaría dispuesta a dormir a ras del suelo y donde hiciera falta, pero he mirado porque el niño esté confortable. Está enfermo y él es mi prioridad»

Su destino era Luiv (Leópolis). El viaje duró más de 24 de horas. Fue «muy difícil». «Varias veces tuvo que parar por los estallidos de las bombas. Apagaban las luces y ni siquiera podíamos usar los móviles para que no hubiera señales» de presencia humana. A la llegada a esta cudad al oeste de Ucrania, a unos 70 kilómetros de la frontera con Polonia, les esperaba su exmarido en la estación. Desde allí viajaron a Drohóbych gracias a la ayuda de unos voluntarios, que también les buscaron alojamiento para cinco días. Ella con el niño, por un lado, y su marido con su nueva pareja, la madre y otro niño, por otro. La ayuda de Cáritas fue decisiva para salir desde Drohóbych a Polonia, a la pequeña ciudad de Tujov. Era el 13 de marzo. El niño enfermó en el viaje por su falta de inmunidad. «Tenía anginas y fiebre muy alta». Tienen que ir al hospital. Tras curarse del catarro le ponen nuevo tratamiento de quimioterapia. Al terminarlo tenían que esperar los resultados de la analítica para ver sus defensas. Salieron bien. Iván podría viajar de nuevo. En este tiempo, Elena se entera de que «en Barcelona se curan muy bien estas enfermedades» y decide marcharse a España a la primera oportunidad. Una asociación de bomberos españoles iba a fletar un avión gratuito para Madrid y consigue plazas para ella, el niño y su exsuegra, que viaja con ellos, para subirse. Parten el 10 de abril en un vuelo de Varovia a Madrid que duró cuatro horas. Una familia les iba a acoger en La Coruña, pero «no pudimos ir porque tenían covid». Un voluntario que le había esccuchado contar su historia en el avión les acogió en su casa, a 20 kilómetros de Madrid. Estuvieron diez días. El tiempo necesario para arreglar los papeles. Luego les derivaron a través de Accem a un hotel. En dos semanas encontraron la solución. elena Khodyka,su hijo Iván Radchenko y su exsuegra Larissa Radchenko entraron en el programa de acogida y protección internacional de San Juan de Dios, que les derivó a su centro de León. Llegaron el 5 de mayo a la capital leonesa. Ya conocen el hospital. El niño, todo un arista del retrato y el dibujo manga, se cayó y tuvo una rotura en el brazo. Se asustaron porque pensaron que podía ser relacionado con su enfermedad. Pero «tiene sus análisis bien», el cáncer está en fase de remisión. Si sigue así, en otoño podrá reanudar las clases presenciales después de dos cursos con clases online por la enfermedad. «En Ucrania me dijeron que un año más sin ir a clase presencial, pero aquí es diferente», explica.

Ahora quiere empezar una nueva vida en España. «He pasado mucho estrés, muchos nervios, a veces desesperación. Cuando el niño enfermó no sabía si era un resfriado o recaída del cáncer. Deseaba llegar a un destino final para que se abriera el mundo», afirma Elena. «Si fuera yo sola, no tendría problema. Estaría dispuesta a dormir a ras del suelo y donde hiciera falta, pero he mirado porque el niño esté confortable», explica a través de la traductora, Ludmila, una mujer ucraniana que vive en León desde hace casi dos décadas y habla perfectamente español.

«Lo hemos perdido todo por la guerra y he quedado sin nada. Se ha visto obligada a huir una vez más. Cuando enfermó el niño dejé de trabajar», explica Elena, operada de la espalda y con la incertidumbre de si podrá trabajar. En España «me encuentro cómoda y arropada. Estoy como viviendo una película», dice sobre la acogida «fabulosa» que ha recibido. Aprecia que «los españoles son muy dados a cumplir lo que se comprometen», algo inusual en su país. Y señala tres ejemplos: «Seleccionáis la basura, los pasos de peatones se respetan y cuando te citan te atienden». «No sabéis lo que tenéis en España», apostilla la traductora.

El ambiente de León le ha dado la medida de la diferencia tan grande que hay con la vida cotidiana de su país. «Ver a la gente haciendo deporte, los niños con actividades extraescolares», contrasta con la situación de «desempleo e inseguridad» de los últimos años.

No ve una solución cercana. Ni se permite pensar en volver. Ahora quiere hacer su vida en España, «tanto por la enfermedad del niniño como por mí. No veo futuro, no sé cuándo terminará el infierno». Las guerras parece que van a terminar enseguida y luego se prolongan. «Mi abuelo luchó en la II Guerra Mundial, decía que iban a ser dos o tres meses y se alargó por cuatro años».

Elena es crítica con los gobernantes ucranianos. «Si no quitan de en medio a los oligarcas que están dirigiendo el país va a se seguir por mucho tiempo», Aunque cree que Zelenski es más respetado y «está haciendo lo mejor posible». «Otra cosa es que sea capaz de que acabe la guerra y reconstruir el país lo más pronto posible», apostilla.

Elena tiene muy presente lo que dijo el presidente anterior cuando empezó la guerra de Dombás: «Dijo que duraría dos semanas y ha durado ocho años». Además, Petró Poroshenko, que gobernó entre 2014 y 2019, «ha tenido y sigue teniendo todos sus negocios en Rusia».

Al perder su negocio, ella y su hijo han tenido que vivir de las ayudas: «Desde 2014 me han dado 50 euros y desde que me jubilé por las operaciones en la espalda, 80 euros, sin casa y sin nada». Elena conoce muy bien los sonidos de la guerra desde 2014. Otra cosa es que «Europa miró para otro lado diciendo que era un conflicto interno» y solo se conozca la guerra que empezó el 24 de febrero de 2022 con la invasión rusa de Ucrania.

«No quería dejar mi hogar en Ucrania, pero mi hijo tiene leucemia»
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