miércoles. 17.08.2022

Su paciente rondaba los 80 años y sufría una enfermedad oncológica avanzada que le mantenía encamado. Se acogió a la eutanasia. «Recuerdo ese día con la angustia propia de una situación que no había tenido que afrontar nunca, pero también con sensación de orgullo profesional por haber podido ayudar a una persona en una situación límite».

Son las reflexiones que traslada a Efe, con motivo del primer aniversario de la entrada en vigor de la ley de eutanasia que se cumple mañana, este médico de familia de un área semirrural de la provincia de Barcelona que prefiere mantener el anonimato por respeto a la familia de su paciente. Este facultativo con varios años de experiencia a sus espaldas reconoce que sintió cierta inseguridad y angustia ante la que ha sido su primera y única eutanasia hasta la fecha.

Detalla, no obstante, que es «la sensación propia de atender una situación que profesionalmente no había tenido que afrontar nunca», «lo normal» ante algo «desconocido» que tuvo lugar, además, pocos meses después de la aprobación de la ley. A la vez —continúa—, durante todo el proceso le acompañó un sentimiento de «orgullo profesional» al haber podido ayudar a una persona que se encontraba «en una situación límite». Y es que a lo largo de toda su carrera no pocas personas se han acercado a él para decirle: «Doctor, ayúdeme a acabar con esto». «Esta situación no era extraña antes de que se aprobara la ley y tenías que decir que no había herramientas. Ahora sí que tenemos esa posibilidad», celebra.

Afirma que quien opta por la eutanasia «no desea en realidad morir, lo que quiere es no seguir con esa vida que ya no es suya, porque ha perdido la capacidad para relacionarse con sus seres queridos y, a pesar de contar con los cuidados paliativos correctos, sufre una angustia existencial importante», relata.

En este sentido, rechaza que los cuidados paliativos sean una alternativa a la eutanasia. «Los cuidados paliativos son necesarios y debemos aplicarlos en quien los necesite, pero hay personas que pese a tener unos cuidados paliativos perfectos van a desear alcanzar la muerte».

Y pone el ejemplo de Ramón Sampedro. «Él vivió muchos años con unas limitaciones terribles, bien acompañado y tratado, y no deseaba morir hasta que llegó el momento en que dijo ‘basta’ y no fue porque no tuviera una buena atención, sino que sintió que esa vida ya no era una vida para él».

La historia de Sampedro —afirma— es un buen ejemplo de por qué para algunas personas los cuidados paliativos no son suficientes. Este médico ha tenido que enfrentarse a principios muy arraigados en su profesión. «Los profesionales sanitarios estamos mal formados al pensar que nuestro trabajo consiste en ayudar a los pacientes a evitar la muerte. Eso es una falacia». Los médicos —continúa— «evitamos que la muerte se produzca prematuramente y acompañamos a las personas para que vivan lo mejor posible, pero también para que mueran lo mejor posible». Y, a pesar de haber acompañado en la muerte a numerosos pacientes, admite que el hecho de participar activamente en la misma trae consigo una carga emocional bien distinta. «Hay profesionales, entre los que me encuentro, que se entristecen ante esta situación y la viven con una pena distinta a la de una muerte sin eutanasia».

«Sentí angustia y orgullo de ayudar»
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