sábado 8/5/21
Casas Reales

Sobrio adiós al príncipe Felipe

El covid y el reencuentro de Enrique y Guillermo ensombrecen el funeral del duque de Edimburgo en Windsor
El féretro del duque de Edimburgo portado a hombros para entrar en el castillo. DAVE JENKINS/HANDOUT

Un día cristalino de primavera como el de este sábado habría llevado en otras condiciones a riadas de devotos y curiosos a las calles de Windsor para rendir tributo al difunto marido de la reina, el príncipe Felipe, pero son tiempos de pandemia y los británicos se atuvieron a las restricciones.

Mientras las cámaras enfocaban a los hermanos Guillermo y Enrique, por su reencuentro en el funeral del duque de Edimburgo, tras las últimas polémicas, en directo, la coqueta localidad de Windsor, acostumbrada a albergar los grandes eventos de la Familia Real, fue invadida sobre todo por cientos de periodistas de todo el mundo, que colonizaron las calles desde horas antes del comienzo del funeral.

Al igual que le ha sucedido a millones de personas en todo el mundo que han perdido a un ser querido durante la pandemia, a la Casa de los Windsor no le quedó más remedio que ajustarse a las restricciones y organizar un sepelio con solo 30 participantes.

Fue un acto sobrio, de escala reducida a causa de la pandemia, sin sermón ni discursos de familiares o allegados —pues solo hablaron el deán de Windsor y el arzobispo de Canterbury— y con curiosos detalles cuidadosamente diseñados en vida por el propio príncipe Felipe.

Entre algunos toques personalizados de este evento histórico, precedido por un cortejo fúnebre con fuerte presencia de las Fuerzas Armadas británicas, figuró un altar de nueve cojines decorado con insignias muy significativas para el difunto.

Entre ellas, medallas y condecoraciones que le fueron asignadas por el Reino Unido y países de la Mancomunidad Británica de Naciones (Commonwealth), junto con la insignia alada de la Real Fuerza Aérea (RAF) o las insignias de Dinamarca y Grecia -Orden del Elefante y Orden del Redentor respectivamente-, en un guiño a su infancia como príncipe de Grecia y Dinamarca.

La simplicidad marcó una ceremonia en la que la reina se sentó apartada, sola, de negro riguroso, con sombrero a juego y la consabida mascarilla por la pandemia.

El resto de invitados vistieron de civil, rompiendo con la tradición que normalmente obliga a llevar uniforme militar en funerales reales. Un medida adoptada por la monarca para evitar, al parecer, que su nieto Enrique quedara excluido de esa etiqueta protocolaria.

El hijo menor de Carlos de Inglaterra y la malograda Lady Di perdió sus títulos militares cuando en 2020 se apartó de sus funciones como miembro de la realeza para llevar una vida independiente, fuera del Reino Unido, junto con su esposa, Meghan, duquesa de Sussex. Los varones llevaron abrigo negro, con medallas e insignias mientras que las mujeres vistieron atuendos de día.

En la ceremonia, basada en lecturas bíblicas y cantos religiosos, el duque fue descrito como un hombre «amable, con sentido del humor y humano», por el deán de Windsor, David Conner, el único que tomó la palabra junto al arzobispo de Canterbury, Justin Welby.

«Nos ha inspirado su lealtad inquebrantable a nuestra reina, su servicio a la nación y a la Commonwealth, su coraje, fortaleza y fe. Nuestras vidas se han enriquecido a través de los desafíos que nos presentó, el coraje que nos dio, su amabilidad, humor y humanidad», dijo Conner.

En la calle entusiastas elogiaban a quien calificaron de «verdadero rey» sin tener el título y una activista ambiental irrumpió con los pechos al descubierto al grito de «Salvad al planeta».

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