jueves. 08.12.2022
Etnografía

Teitar un pajar, avivar un pueblo

Villar del Monte restaura dos de sus singulares pajares de teito emblemáticos de Cabrera Alta con la técnica tradicional de atados de paja de centeno y con el objetivo de de ayudar a poner en marcha un circuito etnográfico y arqueológico en el pueblo.
Miguel Ángel Rivera trenza un ‘belorto’ para atar la colmeta de paja. RAMIRO

Villar del Monte tenía seis vecinos empadronados en 2017. Seis hombres. En las elecciones de mayo del año pasado el censo ascendió a 14 electores, hombres y mujeres. Una veintena de viviendas han sido restauradas en este pueblo de Cabrera Alta en la última década y algunos de sus propietarios —tres mujeres y un hombre— decidieron dar un paso al frente para avivar el pueblo.

«Nos empadronamos porque queríamos hacer algo por el pueblo y luego decidimos presentarnos a las elecciones», comenta Tina Fernández, nacida en Villar del Monte y presidenta de la junta vecinal. La tarea que tienen por delante es complicada. La anterior junta vecinal quiso presentar candidatura ni siquiera entrar en el equipo pese al ofrecimiento.

«No voy a desistir ahora», asegura la pedánea, que reside en La Bañeza y pasa el verano y todos los fines de semanas en el pueblo. Ahora ve con satisfacción que dos pajares, de la veintena que se yergue por encima del pueblo, se están restaurando por iniciativa privada y con ayuda del Instituto Leonés Cultura (ILC).

Y que lo hacen al modo tradicional. Colocando una sobre parte de la otra las colmetas de centeno bien atadas con los belortos, una especie de cuerda que se hace con la misma paja, bien humedecida por la mañana para que no se rompa. Miguel Ángel Rivera prepara los cuelmos en los soportales de la iglesia de Villar del Monte, donde han depositado la paja cultivada en Magaz de Cepeda y transportada desde Velilla de la Reina. «Es igual que la teja o la pizarra, pones una sobre otra para que no entre el agua».

Claro que la paja tiene unas peculiaridades especiales de manejo y preparación. El albañil aprendió la técnica del ‘teitado’ «desarmando» la cubierta vegetal y «con cuatro explicaciones de las personas mayores, siempre queriendo aprender», precisa.

Rivera estima que cada pajar precisa 600 cuelmos y unos 3.500 atados. No menos de 600 kilos de paja. La gente de antes solía decir que el teitado de un pajar duraba la vida de una persona. «Lo reparaban todos los años por la parte de la cresta, que es por donde se daña», matiza.

La presidenta del pueblo aplaude la iniciativa y confía en que, poco a poco, la iniciativa privada haga resurgir un pueblo que cuando era pequeña «oía decir a la gente que venía de fuera que era bonito y no lo entendíamos». Ahora aprecia la belleza paisajística y arquitectónica de Villar tanto como quienes han venido de fuera a asentarse en el pueblo, aunque sea a tiempo parcial

«Mi madre se llevaría una alegría si pudiera verlo, los últimos paseos que le dimos por el pueblo quiso subir a verlos y le daba pena que se estuvieran arruinando», comenta.

Rivera ya había teitado pajares en Villar del Monte en 2007, cuando la etnógrafa Concha Casado consiguió que la Junta de Castilla y León restaurara dos ejemplares para poner en valor estas construcciones tradicionales y motivar a los propietarios a conservarlos como hicieron sus antepasados durante siglos. Hace cuatro años le llamaron para impartir un curso de verano en el poblado cántabro de Argüeso. «Me gusta cómo la tradición ha traído estas formas de construcción, pero es una pena que ya nadie lo hace», apostilla.

Los tejados de paja centenal se apoyan sobre una estructura de madera —llatas— que también ha restaurado. En total, cada pajar costará unos 10.000 euros, de los que el 80% será aportado por la ayuda del ILC «cuando estén finalizados y los gastos justificados», precisa Nati Villoldo.

Los pajares se convertirán en la sede de la Asociación de Artesanos Concha Casado, fundada en homenaje a esta etnógrafa que dejó su huella en Cabrera con su tesis doctoral sobre El habla de la Cabrera Alta y, en los últimos años, con iniciativas de recuperación de la arquitectura tradicional y las artesanías.

Los pajares, propiedad de Puri Collado Villoldo, pasarán a formar parte de un circuito etnográfico complementario a las actividades didácticas que promueve otro nuevo vecino del pueblo a través del programa Villar Activo. José Luis González dejó su trabajo en los talleres de un periódico para estudiar antropología en Salamanca y se doctoró con una tesis sobre el patrimonio cultural material e inmaterial del pueblo mapuche en Chile, relacionado con la alfareria.

Se enamoró del pueblo y ha comprado dos casas y finca. Aparte de aprender a hacer con sus manos tareas que no se habría imaginado hace unos años, como un banco de piedra o forrar de madera el interior de las casas, trabaja en un proyecto para convertir Villar del Monte en un punto de referencia para que escolares y familias entren en contacto con la cultura ancestral a través de la arqueología y la etnografía.

Quiere ofrecer a los niños y niñas la oportunidad de convertirse por un día en pequeños Indiana Jones para que «comprendan la evolución de la humanidad desde el Paleolítico hasta la romanización usando métodos científicos a través del juego».

«El turismo es la única opción que hay en este pueblo, puesto que estamos alejados de cualquier industria», comenta la presidenta de la Junta Vecinal de Villar del Monte. Este pueblo de Cabrera Alta, con la carretera recién arreglada, es uno de los 13 que conforman el municipio de Truchas. En verano se multiplican las visitas de personas que se acercan a ver el aula didáctica del Museo del Encaje o disfrutar de un paseo por las calles que aún conservan el sabor tradicional y el rumor del agua del arroyo. Pero no hay donde comprar un recuerdo o tomar un refresco. «No son tan importantes las ayudas como las facilidades», comenta José Luis González Llamas. Tampoco hay donde quedarse. Por eso arregla las casas que ha comprado con idea de poder alquilarlas en el futuro, con todas las comodidades por dentro y respetando la tipología y los materiales tradicionales por fuera. Una apuesta fuerte por otro modo de vida.

Teitar un pajar, avivar un pueblo
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