jueves 27.02.2020
Las enfermeras mártires de Somiedo

Testigos de la muerte

El 12 de febrero de 1937 llega a Astorga la noticia, que corre de casa en casa, de sorpresa en sorpresa, de angustia en angustia, de frustración en frustración, de lloro en lloro: las jóvenes enfermeras desaparecidas habían sido fusiladas cuatro meses antes, el mismo día de su detención.
Testigos de la muerte

La noticia se hace real con la publicación en los periódicos de la ciudad de la nota oficial que el duplicado presidente de la institución humanitaria del nuevo gobierno de Burgos, el conde de Vallellano, envía al delegado del Comité en Astorga Don Julio F. Matinot.

«Con referencia a su atento oficio del 31 de octubre próximo pasado, siento tener que manifestarle que las tres damas enfermeras pertenecientes a esa Asamblea de Astorga, señoritas Mª del Pilar Gullón Yturriaga, Olga Pérez Monteserin y Octavia Iglesias Blanco y el médico don Luis Viñuela Herrero, cuya evacuación a territorio ocupado por nuestras tropas pedí inmediatamente que recibí dicho oficio y por quienes desde entonces he venido interesándome «perecieron en el punto en que fueron hechos prisioneros», según ha comunicado el Delegado de la Cruz Roja de Ginebra a su compañero en San Sebastián y me lo dice éste en carta del 10 del corriente. Con esta misma fecha dirijo al Comité Internacional de la Cruz Roja mi más indignada protesta y le ruego comunique la noticia, con las correspondientes precauciones, a las familias de las personas asesinadas, con el pésame de esta Asamblea y mío». Publica el Pensamiento Astorgano el 16 de febrero.

A partir de este momento la angustia se traslada a las innumerables incógnitas sobre su muerte. ¿Dónde sucedió?, ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Quiénes lo hicieron?, y comienzan las especulaciones.

En el diario leonés Proa, del 19 de febrero de 1937, publica el testimonio de dos jóvenes que estaban veraneando aquellos días en Pola de Somiedo y que presenciaron la llegada de los milicianos republicanos con los prisioneros apresados en el Puerto.

Una mañana imborrable de sus mentes vieron pasar una caravana con la bandera nacional y cantando la Internacional. En dicha caravana iban todos los anteriormente citados (las damas enfermeras de la Cruz Roja, señoritas Octavia Iglesias Blanco, Olga P. Monteserín Núñez y Pilar Gullón Yturriaga, el comandante Berrocal, varios oficiales y soldados y el joven médico Luis Viñuela Herrero), una de las damas enfermeras herida en un ojo.

En la plaza del pueblo y con asistencia de mucha gente fueron llevados a cabo los asesinatos. Se hacía difícil creer lo que vimos, que fueran prisioneros, toda vez que mostraban la mayor tranquilidad. Al Comandante le mató una chica de 15 años diciendo antes de ejecutarle que ella estaba casada con un buen mozo que había perdido y por eso tenía la satisfacción de matar a otro buen mozo. El Comandante y otros, una vez fusilados fueron quemados, otros fueron enterrados.

Hubo un miliciano que con orgullo y rabia se dejaba decir el propósito insano de bajos apetitos que a él y a otros muchos animaba ante aquellas santas mujeres, pero sin poderlo conseguir. Sólo después de muertas les hubiera sido posible lograr esa profanación de la carne purísima de aquellas caritativas mujeres.

Todos murieron gritando ¡Arriba España!»

En La Luz de Astorga del 20 de abril de 1937 se publica un artículo sobre unos supervivientes de Somiedo. Estos cuatro muchachos fueron hechos prisioneros por los marxistas en Somiedo el 27 de octubre del 36, en unión de varios falangistas y algunas damas enfermeras. Estos cuatro soldados son los únicos supervivientes de aquel grupo.

Me refiere uno de los cuatro soldados cómo las enfermeras antes de morir fueron objeto de mofa por las milicianas rojas y cómo tuvieron que soportar toda clase de excesos antes de que la muerte las librara de los suplicios». (cuenta el articulista).

La Gaceta Regional publica un artículo el 4 de julio del 37 en el describe lo que una joven narra lo que presenció en Pola de Somiedo aquel 28 de octubre del 36.

«En Pola se consumó el horrendo asesinato de las enfermeras leonesas, llevado a cabo a fines de octubre (del 36), y esta joven que hoy nos relata todas estas escenas nos dice, con lágrimas en los ojos, que nunca olvidará el hecho del fusilamiento que forzosamente presenció, quedando grabada en su memoria la serenidad con que una de ellas, rubia y muy guapa, solicitó de sus verdugos el lavarse y peinarse antes de ser fusilada, cosa a la que accedieron y que ejecutó con una tranquilidad pasmosa. También nos cuenta cómo después de fusiladas, una familia de Pola, a hurtadillas y aprovechándose de la algarabía que el asesinato había producido, lograron recoger unos mechones de cabellos de las tres mártires para entregarlos como recuerdo, en su día, a las familias de las víctimas, cuyo hecho les valió el ser detenidas por el Comité, ignorando hasta la fecha cual ha sido su suerte».

El testigo Abelardo Fernández Arias, asturiano con 89 años me narra sus recuerdos de lo vivido en Somiedo. Él tenía 17 años y estaba en el batallón republicano que aquel 27 de octubre atacó a las compañías militares franquistas que estaban ocupando El Puerto. Él cuenta cómo atacaron de madrugada, por sorpresa, las posiciones de las Peñas cogiendo a todos durmiendo y luego rodearon el pueblo. Cómo el Comandante Berrocal se resiste a rendirse a pesar de estar rodeados y no tener salida posible. Cómo se encontraban en la Comandancia las tres enfermeras a las que cogen prisioneras como al resto de los que se estaban en ese momento en la casona: los mandos militares, el cura y el médico. Cuenta que los subieron a un camión y los bajaron hasta el pueblo, Pola de Somiedo.

Llegaron de noche, allí se encontraba la mujer del valiente Menazas encolerizada por la noticia del asesinato de su marido. Cuenta Abelardo que Milagros se sacó debajo del mandil una pistola y enfurecida se subió al camión y se lió a tiros con todos los que estaban en el camión, por supuesto con las enfermeras también, hasta que se le acabaron las balas.

Cuenta Abelardo que Milagros se sacó del mandil una pistola y se lió a tiros con todos

Otras versiones, entre ellas la de Concha Espina, cuentan que una vez hechas prisioneras en el ataque de la Comandancia, el 27 de octubre, bajan a los prisioneros andando desde el Puerto hasta Pola de Somiedo. Las tres enfermeras van atadas con dos falangistas, son muchos kilómetros y van agotadas. O que bajan andando, sin atar, y van preocupándose y curando a los heridos que bajan igualmente prisioneros. Hay una enfermera herida en una mejilla que parece que es Olga. Hay testigos que dicen que esa noche (la del 27 o la del 28) los milicianos abusaron de ellas ya en Pola. Que al día siguiente fueron llevadas a un prado a las afueras del pueblo donde son invitadas a salvarse si gritan ‘Viva Lenin’ o ‘Viva Rusia’, pero (en esta versión) se cuenta que ellas contestaron con un ¡Viva España! y un ¡Viva Cristo Rey! Por lo que son inmediatamente fusiladas. Dicen que se brindaron con entusiasmo tres mujeres, tres milicianas, para dispararlas. Establecieron una distancia de tres metros para efectuar los disparos.

La versión más extendida y conocida, es la que narró Concha Espina en su libro Princesas del Martirio, publicado en 1940. Basada en los interrogatorios y documentos del momento es la versión ‘oficial’ que hasta ahora más se manejaba.

El miliciano Abelardo acaba la conversación que teníamos con una anécdota. Cuando la toma del pueblo estaban unos soldados, de los dos bandos, enfrentados y parapetados en distintas casas cercanas, hablando entre ellos: «Unos decían: “Vosotros no creéis en Dios y vosotros quemáis las iglesias y vosotros tal», y nosotros decíamos «Vosotros hacéis esto, lo otro», y a última hora salta un paisano que no era de los que hablaba, otro, de la parte de ellos, y dice: «Oye, rojo, ¿sabes lo que pienso? Que vosotros sin Dios y nosotros con Dios armamos una que no la entiende ni Dios». Y a aquel hombre siempre le di yo la palabra de bien dicho. Es verdad, hombre».

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