viernes 7/5/21
Soraya Martínez Ramírez, ganadera en Quintanilla de Bobia

«Hay tratantes que me dicen: ‘Yo con mujeres no trato’»

De Coslada a la montaña leonesa. Soraya Martínez Ramírez está al frente de una ganadería vacuna en Quintanilla de Bobia desde hace cinco años. Hija de emigrantes que llegaron a Madrid en busca de futuro, hizo el viaje de vuelta por amor y ha formado familia y negocio en una zona rural de León.
Soraya Martínez Ramírez está al frente de una explotación ganadera con 70 vacas de carne en un pueblo del municipio de Soto y Amío. FERNANDO OTERO

«Nunca en la vida vi las vacas. Soy nacida en Madrid». Soraya Martínez Ramírez, de 38 años, hace cinco que está al frente de una ganadería vacuna en Quintanilla de Bobia, en el municipio de Soto y Amío. «No en Babia», aclara porque mucha gente se confunde. El amor tuvo la culpa. «Conocí a mi marido, David, en una boda. Nos casamos después y encontramos esta casa en Quintanilla que entonces solo tenía un vecino», explica. Eso fue hace quince años. Al principio trabajó en ambulancias, en la cárcel de Mansilla, de teleoperadora... «Tenía que ir a León y me di cuenta de que no tenía horas para tener hijos».

Cuando se quedó embarazada de la primera niña —ya son dos, Nayara y Mireya, de 10 y 7 años— se planteó cambiar de rumbo tras no alcanzar un acuerdo con su empresa. «Me gustaban los animales pero nunca lo había vivido», explica esta mujer que calza los botines de tacón con tanta facilidad como salta las cancillas de los prados con las botas de faena.

«Metemos unas vacas y unas colmenas», acordó con su marido cuando las niñas crecieron un poco. Empezó poco a poco y ahora tiene una ganadería de 70 vacas de las razas Asturiana de los Valles y Asturiana de las Montañas o Casina, más el toro, Limusín, un flamante animal con flequillo pelirrojo como si se lo hubieran arreglado ayer en la peluquería y pieza clave, que es lo que importa, para la multiplicación de la familia vacuna. «La intención es ir aumentando», comenta.

Obras son amores

«Quieren gente en la zona rural, pero no preguntan qué necesitan y hacen las normas en una oficina»

Soraya Martínez es una de las últimas leonesas en incorporarse a Ganaderas en Red, el movimiento de mujeres que reivindica la ganadería extensiva y su contribución al desarrollo rural frente al discurso desalentador de la España Vaciada.

El matrimonio se instaló muy cerca del pueblo del que salió el padre de Soraya, y también su abuelo, Santovenia, otra localidad del municipio de Soto y Amío. El ‘trechero’ —las curvas y cuestas de la carretera de acceso— les echó para atrás. Quintanilla está al pie de la carretera general que comunica La Magdalena con Omaña. Ahora hay cinco casas abiertas, la última de una persona que regresó al pueblo por la pandemia.

Bienestar animal

La ganadera que ha adquirido un avisador de partos: «A mí no pare una vaca en la calle»

Las vacas de Soraya tienen nombre y alguna lleva su apellido en el cencerro. Cariñosa, Carmen, Jirafa, Dulci, Jirafa, Picachu... Se nota la mano de las niñas en los bautizos. De bien pequeñas «las llevábamos colgadas en la mochila a cerrar los montes». No hay día que no den el paseo hasta dónde están las vacas para saludarlas, por la tarde, después de la jornada en el colegio de La Magdalena.

El ternero mama de la vaca. FERNANDO OTERO

Hasta aquí, la parte más bucólica de la historia. El trabajo se multiplica con las 400 colmenas que tiene que atender en el monte y las circunstancias familiares. «Mi marido tuvo un accidente hace tres años» y todavía no se ha recuperado del todo del brazo lesionado. «Le han operado por tercera vez», apunta.

Cerrar los prados, dar agua y pienso al ganado, estar pendiente y asistir a los partos y, cuando llega el momento, segar la hierba y encintarla para almacenarla en verde o guardarla en silo son algunas de las muchas faenas que ha tenido que aprender sobre la marcha, con las nociones básicas que se adquieren en los cursos de incorporación al campo y, sobre todo, la experiencia del día a día y lo que le enseñan sus compañeras de Ganaderas en Red. «Hay que hacer un proyecto, un curso de bienestar animal... Vas aprendiendo. Nunca había visto parir una vaca y ahora las ayudo. Con una estuve tres horas hasta que lo conseguí, levantando yo sola al ternero», señala con orgullo de ganadera.

Normas y realidad

«Como no es zona lobera, si me come el lobo un animal dicen que es un perro asilvestrado»

Lo mismo conduce el tractor que se empina con el todoterreno por los montes. Echa alpacas para que el ganado se recueste en el campo cuando nieva, vacuna a las abejas o limpia sus panales de miel. Estar en el grupo de Ganaderas en Red ha sido otra fuente de apoyo y empoderamiento como mujer en el sector.

«Estoy en Asaja y hace tres años hicimos una excursión de mujeres ganaderas a Salamanca. Coincidí con Susana, de Chozas, y me animó», explica. Al principio, «me veía atada de manos, pero te ayudan muchísimo. Tienen muchos canales», explica.

Así fue como el Día de la Mujer se sumó, por primera vez, al vídeo reivindicativo de Ganaderas en Red. Y aprovechó la ocasión para reflejar una de las situaciones de discriminación a las que se enfrenta, como otras ganaderas, en un mundo, si no de hombres, porque siempre ha habido mujeres junto al ganado, sí dominado por ellos.

«Hay tratantes de ganado que me dicen que no tratan mujeres. Yo les respondo que las vacas son mías y al final ceden, pero como vean a mi marido quieren negociar con él», cuenta la ganadera. Entiende de culos, de tamaño y de precios como el que más y no se deja rebañar ni un euro.

De ayer a hoy

La vida de Soraya ha cambiado mucho pero «aunque sea ganadera no renuncio a los tacones»

Ha aprendido a lidiar con todos los frentes, aunque resulta desalentador el trato que reciben de las administraciones. «Como no estamos en zona lobera ni osera, no hay ayudas. Si el lobo me come un animal, dicen que ha sido un perro asilvestrado y, si no tengo seguro, no hay indemnización», se queja.

Algo parecido sucede con los osos que, haberlos haylos, aunque la administración no los vea. «Un oso atacó seis veces a tres colmenares y me fastidió 115 colmenas. Me pagaron solo 70 porque dijeron que solo había una zarpa de oso y lo demás era del tejón», explica.

«Quieren gente en la zona rural, pero no te preguntan qué necesitas y hacen las normas en una oficina», critica la ganadera. Empezó sin seguro porque todo se iba en la inversión pero ahora paga una póliza anual de 5.000 euros «para tenerlo todo cubierto».

También aprovecha lo que la tecnología proporciona para facilitar la gestión de su cabaña. Las vacas que están a punto de parir llevan el avisador de partos. Un GPS conectado a la aplicación Moocal que sigue las constantes del animal y avisa de sus cambios. «Me costó 300 euros y pago 180 euros al año, pero me facilita el trabajo y el bienestar del animal», explica. «A mí no me pare una vaca en la calle», asegura.

También hay que pagar los pastos a la junta vecinal, de la que además es presidenta desde las últimas elecciones. Y todo para que cuando llega la hora de vender «te paguen la carne a tres euros el kilo». Las cuentas no salen, pero de momento sigue adelante. Y si tiene que quitar algo, asegura, «primero las abejas». Las vacas dan más, sino en dinero, al menos en cariño. «Siento que me corresponden», afirma. En casa le han visto llorar por un jato perdido en un parto... por el apego y también por lo que supone de pérdida para la ganadería.

Otro apoyo fundamental de la ganadería son los mastines y una cosa que no soporta es que la gente se acerque a darles de comer o tocarlos. «Son para el ganado y no están abandonados. Están guardando el ganado, bien alimentados y tienen un seguro», sostiene.

Quien le iba a decir a esta mujer criada en Coslada que algún día estaría dando lecciones de vida rural a los urbanitas que se acercan los fines de semana o en vacaciones a los pueblos. Mucho ha cambiado la vida de Soraya Martínez Ramírez y no se arrepiente. «De lo que he sido a lo que soy: yo que era de ir a la peluquería todos los meses... pero aunque sea ganadera a los tacones no renuncio», dice mientras se cambia el calzado para ir a buscar a las niñas al colegio de La Magdalena. Desde que marido no puede conducir es Soraya la que se ocupa a diario de llevar y traer a las niñas del colegio y a las actividades extraescolares o de llevar a su padre y a su madre, en dos días diferentes, a León para que les vacunen.

Sus hijas se están criando en un ambiente muy distinto al que ella vivió en Coslada: «No podía salir de casa si no iba de la mano de mi madre. La libertad que tienen aquí no es comparable», admite. En la escuela «tienen mucha atención, se preocupan mucho y están muy pendientes», añade. Eso sí, la pandemia les ha privado de las salidas al Criele y al Criepa. La vida rural es más ajetreada de lo que parece, pero al amanecer siempre está enfrente la hermosa pradera y las montañas que rodean a esta casa ganadera de Quintanilla.

«Hay tratantes que me dicen: ‘Yo con mujeres no trato’»
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