sábado. 04.02.2023
ZAPATERO, TODO UN caballero, enseña sus brazos sin puños y su lengua sin filo. Rajoy, lobo con piel de lobo, saca sus consabidos colmillos y despedaza al rival como si en materia terrorista el gobierno fuera su rival; como si el atentado lo hubiera promovido el gobierno en vez de ETA. Sí, el debate parlamentario de esta semana parecía el mismo de siempre repetido pues cada uno de los dos líderes políticos principales parecía estar hablando con la pared. Eso, cada uno de los dos parecía estar jugando con el otro un televisado mano a mano de pelota vasca: la piel contra la piedra. Y así los dos perdieron aunque seguramente uno perdió más que el otro. Dijeron lo mismo de antes; lo mismo de siempre. No se pusieron de acuerdo ni casi se escucharon como si su trabajo consistiera en escenificar la discrepancia y ahora, una vez pasado y repasado ese debate, dos preguntas decisivas flotan en el ambiente: señor Zapatero, ¿prefiere usted acabar con el terrorismo o ganar las elecciones? Señor Rajoy. ¿Prefiere usted ganar las elecciones o acabar con el terrorismo? Todo gira en torno a esas dos preguntas. El presidente del Gobierno, en mi opinión, ha demostrado ya tener una gran visión de estadista al abrir un casi público diálogo con ETA -diálogo que no negociación- intentando lo imposible a pesar de que eso le ocasione perjuicios electorales. Más importante que las próximas elecciones son las próximas generaciones. Por otro lado Mariano Rajoy habla siempre, incluso cuando va al Parlamento, sólo para su electorado defendiendo sólo los postulados de su electorado y sin desviarse, cambien o no las circunstancias, de lo que siempre han defendido. Ese inmovilismo impide que nada cambie, claro. Acaso dicha postura sea rentable electoralmente hablando pero resulta de dudosa eficacia en cuanto al fin de conseguir la paz. Otra forma de notar quién pensaba más en las elecciones y quién en las próximas generaciones es fijarse en la lateralización de los argumentos. Mientras Zapatero pedía perdón por sus errores verbales e intentaba presentar un panorama complicado pero con esperanza, el líder del PP llevaba el tema a términos exagerados al señalar que «si no ponen bombas es porque usted ha cedido». Y peor aún es su afirmación posterior de que «deberían exigir algo más que ser español y mayor de 18 años para ser presidente del Gobierno», lo cual bien parece una descalificación cuando menos inoportuna y gruesa en tiempos en los que nos jugamos tanto. «Sí, la política es la lucha por la existencia» escribió una vez Walance Stevens, y de eso cada vez caben menos dudas al escuchar los argumentos archirepetidos del Señor Rajoy, el cual siempre parece estar luchando no por nuestra existencia sino por la suya: por eso siempre habla como si todo el tiempo estuviera en campaña electoral. ¡Qué triste es cuando un parlamentario confunde el discurso electoralista con el político! Mariano Rajoy, ese hombre como muñeco de ventrílocuo al que le tienen prohibido aparentar que duda, ese hombre todo él animal político que tiene que negar la evidencia así, con la impavidez del mármol -«nosotros nunca dialogamos con ETA¿»- sin ni siquiera el pequeño desahogo de pestañear, lleva hasta el límite la lucha por su existencia política¿ Y la lucha por la existencia le obliga a hacer cosas extremas como, por ejemplo, su radicalizado discurso. ¡Qué cansino es que nuestros políticos jueguen a la pelota en vez de hablarse! ¡Qué frustrante ya que este tema es el primero en el que deberían intentar estar de acuerdo!

Zapatero y Rajoy jugando a la pelota vasca
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