jueves 26/11/20

El cura terrorista de ETA

Al guardia civil José Pardines, primera víctima de la banda terrorista ETA, lo mataron a tiros los pistoleros etarras cuando, el 7 de junio de 1968, regulaba el tráfico en la Nacional I, en la localidad guipuzcoana de Villabona. A su compañero de patrulla, Félix de Diego Martínez, que se hallaba con la moto a medio kilómetro, le puso sobre aviso un camionero que había presenciado el atentado mortal. Félix de Diego nunca superó el asesinato de su amigo y compañero. Años después la desgracia volvería a visitarle; el 31 de enero de 1979 un cura de ETA encapuchado le descerrajó seis tiros.

Fernando Arburúa Iparraguirre, sacerdote de la parroquia de San José Obrero, en el barrio donostiarra de Alza, guardaba un terrible secreto en uno de los armarios de la iglesia que dirigía: la pistola del nueve milímetros parabellum que la banda le había entregado.

Una mañana de enero de 1979, Arburúa y otros miembros del comando Txirrita, del que era jefe, se presentaron en el bar Herrería, en Irún, propiedad de Félix de Diego, que para entonces ya estaba jubilado de la Guardia Civil. El primero en disparar fue el etarra Olaizola al que se le encasquilló la pistola. Visto el fiasco, el padre Arburúa descargó el cargador de la suya directamente en la cabeza de Félix de Diego, delante de su mujer y de su hija. Félix murió en el acto.

Con el tiempo, la policía detuvo al comando, que ya acumulaba un auténtico arsenal de armas y dos asesinatos más. Cumpliendo condena en prisión, la jerarquía eclesiástica inició desde Madrid, difícil hacerlo desde el País Vasco de la época, los trámites para apartar a Arburúa del sacerdocio.

Cuando, años más tarde, el excura Fernando Arburúa, alias Igueldo, salió de la prisión del Puerto de Santa María, se encaró con la prensa: «En una lucha armada como la nuestra no hay lugar para el remordimiento…», dijo camino del homenaje abertzale que le esperaba en su pueblo. Hoy anda por ahí, libre, como tantos otros terroristas con cuentas pendientes con la justicia, después de que le detuviera de nuevo la Audiencia Nacional en 2015 por ser uno de los líderes del «frente de cárceles».

Memoria, dignidad y justicia. Tres grandes palabras y a la par pequeñas. Muy pequeñas cuando se esperan y no acaban de cuajar, de tomar cuerpo. ¿A quién le interesa reescribir y blanquear el relato del terror, poner el cuentakilómetros a cero y dejar que más de 300 asesinatos etarras sigan sin autor y los culpables en la calle impunemente?

En efecto, es evidente, a todos esos que lo pregonan sin escrúpulos, sí, y a otros con piel de cordero. La verdad duele, la mentira mata una vez más.

El cura terrorista de ETA
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