martes. 28.06.2022

Porque de eso se trata: defender, proteger, cuidar, promover la vida.

Está de moda y está muy bien preservar y cuidar la naturaleza ante la inmensa y quizás irreversible amenaza del cambio climático. Se protege justamente a los animales, se mima con cariño a animales domésticos hasta límites quizás exagerados. Pero parece declinar cada vez más el respeto, el cuidado y el amor a las personas. No es raro escuchar a alguien que prefiere o quiere más a su perrito faldero que a las personas —en realidad, ese animal resultará siempre menos complicado que cualquier persona, salvo que se quiera convertir a la persona en animal doméstico—.

Es la humanidad en su conjunto, desde las naciones, los grupos y clases sociales, los partidos y líderes políticos, los estamentos económicos, empresariales y laborales, hasta las relaciones interpersonales y las mismas familias, donde se establece a diversos niveles como una cierta situación de guerra larvada, con consecuencias muchas veces realmente destructivas e incluso mortales. El inmenso progreso científico y tecnológico alcanzado no ha ido acompañado de un simultáneo progreso en el respeto y cuidado de la vida en todas sus formas y de la dignidad de la persona humana, que requiere igualdad, justicia y solidaridad a favor de las personas y de los pueblos.

Pero, la primera alarma aparece ya en los comienzos mismos de la vida humana, con el aborto, y al final de la misma, con la muerte provocada. (Para suavizar los términos se utilizan los términos de «interrupción voluntaria del embarazo» y «eutanasia» —traducido «buena muerte»—).

En el fondo, parece regir una subyacente ley interhumana: resultará descartable y hasta eliminable todo aquello que interfiera negativamente en las perspectivas de los «bien-estantes» y predominantes, sean personas, grupos o clases sociales, organizaciones y corrientes sociales y políticas, y también razas y naciones.

En el caso del aborto y la eutanasia, se trata de seres humanos totalmente indefensos e inermes que resultan desechables por ser considerados como un obstáculo o un lastre para las personas concernidas.

Me pregunto por qué resulta, al parecer, tan difícil reconocer en el feto humano una vida realmente humana en gestación, en proceso de desarrollo. Es una vida humana, de una persona que comienza y que, como tal, demanda ser acogida, respetada y cuidada. —Para un cristiano esta aseveración es elevada al máximo: toda vida humana es sagrada, porque dimana de Dios, fuente originaria de la vida, y retorna a él—.

Resulta chocante —como exponía al principio— que se dé una conciencia creciente de cuidar toda vida vegetal y animal, pero no la vida ya existente del bebé aún no nacido. Sorprende que se haya llegado al reconocimiento universal de los derechos humanos en tantos ámbitos de la vida, excepto en la vida humana en gestación. —Se ha llegado incluso a tildar, en algún caso determinado, al feto humano como un mero «producto», destinado a la basura—.

Pero, resulta que, concebida libremente —salvo en casos de violación—, esa persona en ciernes viene a complicar en muchos casos la vida de la madre —y del padre, si este asumiera su igual responsabilidad procreadora—. Complica la vida de padres de un estatus social y económico satisfactorio, a los que la gestación y nacimiento de un hijo exige atención, tiempo, trabajo y mucho cuidado.

Existe otro sector muy amplio de mujeres, matrimonios o parejas que, aun soportando una situación laboral y económica insegura o inestable, se arriesgan a aceptar el nacimiento de un nuevo hijo, como prenda de su valor insuperable y de la felicidad única y entrañable del amor parental y filial. Estamos tocando aquí una de las realidades o situaciones humanas interpersonales más maravillosas e inefables. Y, como contraste, me parece aun de mayor y cruel cinismo la opción de eliminar la vida humana en gestación en el caso de mujeres y parejas que disfrutan de condiciones favorables para acoger la nueva vida de un hijo.

Pero, nos encontramos con las otras situaciones opuestas de mujeres embarazadas que carecen de las condiciones mínimas o básicas para alimentar y mantener a un nuevo hijo. Es el caso de chicas adolescentes que incluso reciben el rechazo de su propia familia y que ven interrumpido su proceso de formación y socialización. O el caso de mujeres jóvenes, a veces ya con varios hijos, abandonadas totalmente por su pareja e impotentes para sacar adelante a sus hijos. En casi todos los casos topamos con la dejadez y desvergüenza del padre de las criaturas, que evita en lo posible todo compromiso y responsabilidad en el mantenimiento de sus propios hijos. Existen otras situaciones, como, por ejemplo, la de enfermedad incapacitante de la madre, los embarazos fruto de violación sexual...

Ante el aborto, sí a la vida
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