jueves. 09.02.2023
EN VOLANDAS lo llevaron hasta el escenario abriéndole camino entre codos y brazos. Le pusieron un micrófono delante de la boca, una guitarra en las manos, y doscientos pares de ojos se concentraron en su voz y en sus punteos. Antonio Vega comenzó a cantar, y a todos nos pareció un milagro que siguiera saliendo el elixir de juventud de su boca. Icono de La Movida, artista maldito y frágil, el cantante de los desaparecidos Nacha Pop estuvo dos noches en Ponferrada la pasada semana. Arropado por otra banda de aquellos años, Los Limones, Antonio Vega actuó en un local pequeño del casco antiguo ante un público entregado. Y cuando terminó -cuatro o cinco canciones la primera noche, el doble la segunda- los más nostálgicos salimos a la calle del Reloj imaginando que Ponferrada era Madrid, el Penta ocupaba el lugar de la sala Tararí, y el barrio de Malasaña llegaba hasta las puertas del castillo. Cosas de las meigas y de la música, porque bastó un golpe de viento invernal y una décima de segundo para volver a la realidad. A Antonio Vega, que lleva 30 años componiendo canciones que no envejecen, sosteniéndolas sobre los escenarios como un pájaro herido de muerte, nunca le han dado un Micrófono de Oro. Pero lo merece. La Federación de Asociaciones de Radio y Televisión, que entregará un año más los premios en Ponferrada por deseo de Luis del Olmo, debería añadir una categoría nueva para reconocer toda una trayectoria, como hacen con los Oscar o los Goya de honor, en lugar de limitarse a premiar al artista o al comunicador del momento. Aunque si de algo estoy seguro es de que el premio que más aprecia el autor de La chica de ayer y Lucha de gigantes es mucho más íntimo; se lo concede el público que le vitorea cuando su voz se pierde en un hilo o de su guitarra brota la electricidad como de una herida sin cicatrizar. Y ante la lotería de los Goya estaban, en el momento de escribir estas líneas, dos antiguos profesores de la Escuela de Cine de Ponferrada que han rodado un cortometraje de animación donde los protagonistas son de alambre. Broken wire se titula la película de Juan Carlos Mostaza y Guiana Fernández Luna que anoche competía en el apartado de mejor cortometraje de animación. La paradoja está en que ni Mostaza ni Fernández Luna siguen siendo profesores de la Escuela de Cine porque el centro agoniza y Broken wire viene a ser el canto del cisne de una idea deslumbrante y fallida. Cuando en el futuro recordemos la presencia en Ponferrada de Gonzalo Suárez como director honorario del centro, o el paso de cineastas como Fernando Trueba, Alejandro Amenábar, nos parecerá un espejismo, un truco de montaje tan propio del cine. Y está claro que Ponferrada ha perdido una oportunidad irrepetible, quizá porque la Escuela nació en el alambre, demasiado dependiente de la rentabilidad empresarial a corto plazo, y no se pusieron los medios necesarios para consolidar su prestigio y el éxito del primer año, cuando se matricularon nada menos que ciento veinte alumnos de toda España. Así me parece que en el título del corto de Mostaza, Alambre roto , se esconde en realidad un mensaje subliminal.

Alambre roto
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