domingo. 29.01.2023

No descubro nada nuevo al afirmar que el amor es el tema más cantado y contado en la literatura universal. Es, supuestamente, asimismo, el motor de la vida, el que la crea y la mantiene. Nada tiene de extraño que el famoso decálogo de los mandamientos se resuma en dos, el primero: «amarás a Dios sobre todas las cosas» y el segundo: «amarás a tu prójimo como a ti mismo». El resto, más los cinco añadidos de la Santa Madre Iglesia son de segunda categoría, al parecer.

Quiero remarcar, desde el principio, que los «mandatos y mandamientos» representan justo lo contrario de aquello que habitualmente tienden a practicar los hombres cuando se los deja a su aire. Por eso es fundamental prohibirles o exigirles que se atengan y se contengan como es debido si quieren ser civilizados, porque de sobra es conocido su comportamiento en plan asilvestrado. Por otra parte, en ningún caso se hace alusión a la clasificación posible de los prójimos (se queda en lo próximo etimológico), y todos sabemos que es sumamente importante diferenciarlos, pues sería garrafal creer que todos son iguales y amarlos sin tener en cuenta ese dato. Que, por ejemplo, todos son animalitos del Señor, pero no es lo mismo una mosca común que una avispa, o una lagartija que una víbora. Y con los hombres, «pues pasa lo mismo».

Siguiendo con el amor, observen que no hay ningún mandamiento que diga por ej.: «madre, amarás a tu hijo». Eso es porque no hace falta, se da por hecho, está inscrito en su naturaleza, es algo biológico. Ahí es donde quería llegar, a lo dispuesto por la naturaleza, inscrito en la génesis (no confundir con el Génesis bíblico) del ser, que no es lo mismo que la meta que persigue el hombre desde que le surgió la idea de trascendencia (lo que Schopenhauer hizo que definiese al hombre como «animal metafísico»). Parece que todo lo referente al amor estaba ya dispuesto en la propia natura hasta que la cultura decidió humanizar al humano (lo digo por el paso que va desde el mono más o menos lúbrico y el ser hecho a imagen y semejanza de Dios). Hubo hombres que se dieron cuenta pronto de lo importante y obligatorio que era amar a Dios (dejemos aparte a los dioses, diositos y demás parentela) y enseguida se apuntaron a recibir, e incluso exigir ese amor, asegurando que estaban directamente vinculados con Él. Es más, el amor al dinero, muy extendido, por cierto, no deja lugar a dudas cuando se afirma y se cincela en las monedas, amén de la efigie correspondiente del personaje en cuestión, el «…por la gracia de dios». Es que la cultura tiene esas cosas. Hoy día consideramos que se hizo un uso y abuso del concepto de Dios, con el relato correspondiente.

No discuto la enorme importancia que tienen los poetas cuando cantan al amor, o los escritores y, sobre todo, los filósofos (con esa manía que tienen de pretender aclararlo todo, aunque a menudo lo complican más) cuando tratan de adentrarnos en las profundidades del mismo. Bueno, y los místicos que nos dejan pasmados con sus vivencias amorosas que no acabamos de entender muy bien si están vivos muriendo o es al revés. A veces, da la impresión cuando escuchamos o leemos a esos personajes, que hay un porcentaje muy alto de gente que no sabe qué hacer con ese potencial que lleva dentro de sí y que anda desorientado e incluso como pollo sin cabeza. Es el caso, por ejemplo, de los que matan por amor, o porque era suya; que ahí nos adentramos en la contradicción en los términos del propio concepto del amor, que lo prostituyen y confunden.

Precisamente, entre las múltiples definiciones y sinónimos del amor (que tampoco hace mucha falta, en realidad, pues el personal en general sabe muy bien de qué se trata) voy a referirme a algunas y algunos que vienen al pelo para matizar o añadir mis propias consideraciones. Así, por ej. se dice: «Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro con otro ser». Aquí, si se fijan bien, primero se refiere al ser humano y luego, del encuentro con otro ser, así en general. De tal suerte que ese ser puede ser otro humano (hombre, mujer, las dos cosas o ninguna de ellas), pero también puede ser un animal, un ideal (Platón a la vista), un ser superior o una rosa hermosa. Si seguimos sacando punta, nos dice que se trata, dada su insuficiencia, de que «necesita a otro ser», es decir que parte del intento egoísta (¿?) de satisfacerse en el encuentro. Para suavizar esa especie de paradoja se dice que se trata de toma y daca recíproco. Pero también se habla de amor egoísta sin contrapartida. Y ya no digamos cuando se refieren al amor diciendo que es ciego, que qué culpa tendrán los invidentes para calificarlo de esa manera. Quizás sea por aquello de «ojos que no ven, corazón que no siente». Es posible que, dado el número creciente de desamores, desuniones, desencuentros, etc. el amor, en la evolución actual de la humanidad, sea si no ciego al menos muy miope. Algo falla, y de modo alarmante. A ello volveré más adelante.

El concepto del amor como la unión con otro ser abre un abanico de posibilidades prácticamente interminable, a la par que variopinto. No se espanten, queridos lectores, si les anuncio que, al paso que vamos, pronto florecerán uniones «amorosas» consideradas hoy en día, todavía, contra natura, y que se elevarán a matrimonios con todos los derechos correspondientes. Es posible que durante un tiempo sea exigible que el matrimonio se lleve a cabo con otro ser sintiente (y mira que hay seres sintientes de todo tipo y condición); más adelante ya se irá viendo. Y lo mismo ocurrirá con los narcisistas perdidos, que se casarán consigo mismo tratando de crear en su matrimonio el mismo ser que ya son en su deseo.

Hay otros dos conceptos unidos al amor que también quiero destacar; uno es el de la creación (no me refiero a la Creación como obra de Dios, de los creyentes), por ej. el, amor al arte que crea, bien sea una partitura musical, un cuadro, una escultura, etc. o en un matrimonio tradicional, los hijos. Ese concepto productivo, y que sobrepasa el amor entre ellos, va desapareciendo en múltiples uniones amorosas. No tengo elementos suficientes para calificarlos, solamente apunto el hecho que me parece significativo en el devenir de la humanidad. La naturaleza, aún con sus fallos, sí sabe cómo funciona el asunto, pero la cultura ha decidido ampliar los objetivos y las conductas de los hombres añadiendo o tapando otros conductos y otras vías de acceso para su satisfacción y esparcimiento únicamente.

El otro concepto es el del amor que crea, y que al mismo tiempo se oculta en su proceso sexual, del cual surge, precisamente, la creación. Amor y sexo se usan no pocas veces como sinónimos, aunque sí se sabe bien cómo distinguirlos. Así, se define a los prostíbulos como lo que son y no se denominan por ej. factorías o talleres del amor. Ahí es donde algo no es coincidente entre ambos. El por qué se oculta el sexo y se penaliza incluso cuando se practica en público daría materia para otro artículo. De momento les dejo con sus propias reflexiones al respecto de lo dicho.

Amar a quién y para qué
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