domingo 17/10/21

In memoriam

La vaga intuición se fue abriendo camino para convertirse en sospecha y esta en certeza, querido Antonio; el día más apropiado para que tú volvieras de este mundo al Padre, no podía ser otro que la madrugada del Sábado Santo, el día en el que hacemos memoria esperanzada, comprometida y agradecida del amor crucificado, de la entrega más amorosa que en el mundo ha habido: la de Cristo Jesús, el sirviente por excelencia, cuya Resurrección esperamos a lo largo del día y que celebramos al comenzar la noche. El triunfo del Señor Jesús que un día te llamó por tu nombre y te invitó a dedicarse de cuerpo a la comunidad eclesial, a tirar del carro como el primero, a aguantar las tarascadas como el que más, a concluir la jornada el último de todos y a estar siempre a disposición de quien venga, teniendo siempre en tu agenda un hueco vacío por si alguien lo reclamaba. El Padre tampoco te ha ahorrado nada como hizo con Él, con el que te configuró y hermanó a través del bautismo y del orden sacerdotal, pero tampoco te ha abandonado ni dejado de la mano igual que hizo con Él.

Dios Padre te reclama en la Semana Santa más atípica que recuerdan las crónicas y los más viejos del lugar, después de ese duro tramo final de tu cuaresma particular, que has vivido en una soledad acompañada minuto a minuto por tu hermana Isi y, de forma no menos cercana aunque en la distancia física, impuesta por la pandemia, por el resto de tu familia (que en todo este tiempo no te ha dejado solo ni un minuto) y por todos los que te conocemos y queremos. Al final no ha podido ser aquello que pedías muchas veces: poco mal y buena muerte. Pero has sabido acompasar tus pasos con los del Cristo sufriente, que te invitaba a decir: que no se haga mi voluntad sino la tuya. Por eso guardaré siempre en la memoria el día y la hora, el miércoles santo, cerca de la una menos cuarto del medio día, en que sentía tus últimas palabras con voz casi inaudible, pero consciente de lo que oías, de cómo tu rostro se relajaba y sonreía al escuchar por última vez las palabras de la misericordia del Padre hecho perdón sacramental.

En ti, como afirma ese libro-homenaje que se te hizo con motivo de tus 75 años de vida, Dios Padre nos ha regalado un buen hijo, sobrino, hermano y tío, un buen estudiante, un buen profesor, un buen rector, un buen vicario, un buen canónigo, un buen comunicador y un buen escritor, pero, sobre todo, un buen sacerdote. Son nueve gozos que han sido acrisolados con estos últimos nueve meses de dolor que has sabido aceptar y encajar, con los altibajos propios de la condición humana, porque nunca se deja sin dolor lo que se ha tenido con amor. Esas cualidades las has ido regalando y sembrando en el servicio constante a la Diócesis de León y en la ayuda cercana a sus tres últimos obispos, en ejemplar fidelidad, supliendo carencias y multiplicando presencias, allí donde se te llamaba y requería. Son los pilares en los que se ha asentado tu vida, desde el convencimiento de que “cuando un pequeño ser humano, en un pequeño rincón del mundo, realiza una pequeña obra buena, el mundo está cambiando”. Sabiendo que esa tarea se hace siempre con otros, aprendiste y enseñaste en tu vida ese profundo sentido de una palabra que hoy está muy de moda: la sinodalidad, caminar juntos. Y todo ello aderezado con una salsa que no es fácil tener ni mantener intacta a lo largo del tiempo: “No desear nada, ni pedir nada, ni rehusar nada”. En ese libro-homenaje yo decía que era la mayor de tus cualidades, lo que hizo que se te confiaran responsabilidades y lo que mantuvo “serenidades y cordialidades” contra viento y marea.

Nos pedías que nos acordáramos de encomendarte al Buen Dios para que te concediera, en lo que te restase de vida la gracia de mantenerte firme en la fe, alegre en la esperanza y ardiente en la caridad. Seguramente ahora, en las puertas del cielo, has podido saber que durante todo este tiempo de enfermedad, la Diócesis se convirtió en un rumor de bisbiseos orantes, donde todos apretamos más fuerte el timón de nuestras responsabilidades y tareas para procurar crear en torno a ti un clima de normalidad y de acompañamiento. Tu gran bagaje humanista te había ido tallando como un hombre liberal, un ciudadano abierto y un cura comprensivo. Adjetivos que sin duda tienen su redondeo en el paraíso. Donde quiero que ya estés. Nos dejas un testamento vital: Vale más dar que recibir; vale más unir que separar; vale más servir a los demás que servirse de los demás; vale más ver el lado bueno que sospechar el malo; vale más encender una vela que maldecir las tinieblas; vale más aprender que dar lecciones; vale más recoger que desparramar; vale más ceder que imponer; vale más amar que tener razón.

Querido Antonio dile al Padre Dios que tu muerte nos deja con lágrimas en los ojos y dolor en el corazón, pero sin perder la esperanza, dile que a través de ti, del amor que has tenido siempre a los demás y de tu esperanza depositada en el cielo, hemos podido aprender un poco mejor las matemáticas del Reino, esas que multiplican por miles los pequeños y grandes servicios que hacemos a los demás. Y en ello quedamos comprometidos, no en añorarte inútilmente, sino en recoger el testigo que nos deja tu vida. O, dicho con palabras tuyas, a entender que “la comunidad de discípulos, que camina en un territorio y en un tiempo determinado, se deja inflar de la esperanza de quien vive el ajetreo de la víspera de la fiesta, porque, sin más razones que las que nacen de quien se anticipa a amar, se siente Plenitud del que lo llena todo en todo y confía, a pie juntillas, en que se oiga, en cualquier momento, resonar la más cenital de las Bienaventuranzas: Dichosos los criados, a quienes el Señor, al venir, encuentre en vela. Yo os aseguro que se pondrá el mandil, les hará sentarse a la mesa y, yendo de uno a otro, los irá sirviendo”. Antonio has sido, sin duda, una caricia de Dios. Para muchos. También para nosotros. Gracias al Acariciador y a la caricia.
Hasta pronto, hasta el cielo, Cristo te dé la vida y te reciba en tu amistad.

In memoriam
Comentarios