viernes 25/9/20

El apellido de los partidos políticos

Hace exactamente un año que, en estas mismas páginas, nos preguntábamos si existía una ideología en los partidos políticos. Hoy nos referimos no solamente a su denominación sino a los apellidos, apodos o remoquetes a los que se suelen referir. No obstante, la clasificación normal es la de izquierda y derecha, cuyo origen, como se sabe, era el lugar en que se ubicaban en la Asamblea Nacional francesa de 1789, para referirse a la aristocracia y el clero (derecha) o a los que se oponían al veto real (en la izquierda).

Recientemente se han estudiado los conceptos por politólogos y, en especial, por Bobbio, que vino a decir que no solo se pueden clasificar en izquierda y derecha sino que hay: extrema izquierda o totalitarios; centro-izquierda o socialdemócratas; centro-derecha o liberales, y extrema derecha o el fascismo; pero hay un intento de tercera vía que «no está en medio de la derecha y de la izquierda, sino que pretende ir más allá de la una y de la otra». Lo que denominan «el tercero incluyente». (En España, UCD que nos trajo la democracia)

Nuestra Constitución proclama como sistema del pluralismo político (art. 6 CE), y su formación y manifestación, la «concurrencia de la voluntad popular». Es decir que para manifestar la opinión ciudadana no existe otro camino que «la concurrencia» a través de los partidos políticos. Estamos por tanto —como en todo el mundo occidental— en un sistema que pudiéramos llamar como partitocracia o una estructura de poder excesivo de los partidos. Si se quiere «concurrir» a las decisiones no hay otro camino que los partidos políticos.

Bueno si, hay todo tipo de asociaciones, ateneos, centros culturales, observatorios, etc.; a los que puede acudir para la formación o expresión pero se tiene que pasar por el tamiz de la aprobación del político de turno. O, en muchos caso, son organizaciones que, al margen de los partidos, están fundados por ellos mismo para llevar a cabo una política extra estatutaria y conseguir unos fines ideológicos que no están contemplados en las bases programáticas de de los partidos. Pues los intereses de la actividad del partido cambia como se cambia de programa. Como decía Benavente: «En política se cambian de ideas, no tanto por moda, como por interés» (Filosofía de la moda).

Para saber el nombre real o el apellido por el que se les conoce (o se les insulta), hemos de acudir a sus estatutos »—aunque sea brevemente— y decidir sobre su inclusión en el arco de la política. Así, en el Partido Socialista Obrero Español se dice que «… es una organización política de la clase trabajadora…». Hoy no tiene sentido hablar de clase, pues todos son trabajadores. (El que esto escribe ha dicho siempre que es un obrero de la justicia). El partido socialista, que tanto evoca la república, debería de haber tomado nota el artículo 1º de la Constitución de 1931, a saber: «España es una república democrática de trabajadores de toda clase…». Por tanto, a tenor del artículo 2 de los principios organizativos el partido socialista hace un seguimiento del Manifiesto Comunista de 1848 de lucha de clases en el que se decía paladinamente que «El poder político, que no es más que el poder organizado de una clase para la opresión de la otra».

El comunismo disfrazado de socialismo; pero ni siquiera a la semejanza de la socialdemocracia europea, ya que, a todas luces está coaligado en el Gobierno con el apellido Podemos (otra lucha: nosotros contra ellos) que no es más que otro comunismo, como sus propios dirigentes lo manifiestan. Bueno, en los estatutos no dejan claro los fines, pues se expresan con ambigüedad como «participación democrática», «fomentar el debate», «la participación abierta»; aunque en los programas de la elecciones se expresan más concretamente, nada menos que en 289 puntos para los que llama «activistas institucionales». Dentro de este bloque de la izquierda se encuentra Izquierda Unida que, sin ambages, dice que la sociedad se debe de organizar en un Estado «republicano, federal y laico». Es por ello, que en este bloque se expresen sus apellidos como totalitarios, izquierda comunista, «retroprogue», ultraizquierda, populista, etc.

Al otro lado del cuadro político se nos sitúa el Partido Popular que «se define como una formación política de centro reformista al servicio de los intereses generales de España» (…) «que articula la unidad y pluralidad de España». A este partido se le apellida por los contrarios como «derechona», «retrógrado» «cavernícola», etc.

Si pasamos al partido Vox, en sus estatutos se dice que los fines son la defensa de la «indisoluble unidad de la nación española», «la libertad individual», «la defensa de la igualdad», «la defensa de propiedad privada», etc. Es decir, derechos que se sitúan en la Constitución española que todos los partidos han jurado o prometido defender.

Al lado se encuentra Ciudadanos que se define como «un partido liberal, progresista, demócrata y constitucionalista».

No obstante a este grupo de derechas es muy normal que se les llame «fachas», en tono despectivo o, como dice el diccionario «que tiende a oponerse a cualquier innovación». Es cierto que el bloque de la izquierda llama «fachas» a cualquiera que se oponga a lo que aún permanece como una antigualla: lucha de clases o la destrucción de lo privado.

En realidad a nosotros nos interesaría más que el apellido de cada partido que concurriera lo fuera en el sentido con que se argumentaban las palabras de Ramiro de Maeztu: «Por eso van mis simpatías con el político que no entre en la política sino con la razón» (Con el directorio, 84). Si desaparece la razón y se sustituye por el apellido de insultos o injurias o acaso actos delictivos, estaríamos ante una corrupción política o, en todo caso, lo que Alfonso García manifestó en estas páginas (20/7/20) como una «corrupción ética».

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