domingo. 05.02.2023

El ser humano, en general, no es consciente —o lo es superficialmente— del hecho más fascinante de la existencia: el fenómeno y el milagro de vivir, la belleza de la vida en sus cuatro reinos: mineral, vegetal, animal y humano. Pero solo el ser humano puede llegar a ser consciente de ello, mediante una educación adecuada. Por eso, uno de los objetivos esenciales de la Nueva Educación (la Educación Integral y Holística) es «aprender a vivir» con una profunda reverencia hacia la vida, inculcando en el niño la alegría de vivir, así como el amor y el respeto a la naturaleza y a la verdad. Sobre la vida y la educación, escribió el filósofo y matemático Alfred North Whitehead: «Solo hay una materia de estudio en la educación: la vida en todas sus manifestaciones». En la misma línea, el gran Maestro Krishnamurti repite, constantemente, que la educación debe ocuparse de la vida en su totalidad. Esta idea está presente también en los físicos. Así, David Bohm dice que la vida pertenece, de algún modo, a una totalidad, y el también físico Paul Davies defiende que, para el científico, la vida es el hecho más sorprendente de la naturaleza y sostiene que la vida es un fenómeno holístico, es decir integral, pues atañe a todo lo que existe.

El fenómeno de la vida ha estado siempre presente, desde la antigüedad, en los grandes educadores, pensadores, filósofos, científicos, etc. Séneca decía: «Durante toda la vida tiene uno que aprender a vivir, y lo que os sorprenderá más aún, tiene que aprender a morir». En efecto, el que aprende a vivir no tiene miedo a morir, porque es un tránsito natural. Entonces, ¿a qué se debe el miedo tan extendido a la muerte? A no haber aprendido a vivir. La educación integral y holística, que defiende la necesidad de «aprender a vivir», no olvida la igual necesidad de «aprender a morir», como un hecho natural de la vida, pues los llamados pares de opuestos (como la vida y la muerte, el día y la noche) caminan siempre juntos; son, en realidad, complementarios. Por eso, dice el poeta Khalil Gibran, en El Profeta: «La muerte y la vida son una, así como son uno el río y el mar».

También el filósofo Jean-Jacques Rousseau, el primer pedagogo y educador moderno, defiende en El Emilio: «Vivir, he ahí el oficio que quiero enseñar a mi Emilio». Y Goethe (en su poema dramático Fausto) dice que vivir, aunque solo sea por un instante, es el deber y la misión más alta. En suma, podríamos afirmar que el «aprender a vivir» es la enseñanza más importante, y probablemente la más olvidada por los adultos, al estar llenos de prejuicios, depresiones y frustraciones personales, debido a que los objetivos predominantes en la sociedad son esencialmente egoístas, materialistas, falsos, como la fama y las riquezas, el poder y la apariencia externa, la moral del éxito, etc. No ocurre así en los niños, que viven naturalmente inmersos en la vida diaria, y siempre dispuestos a aprender a vivir; de ahí su espontaneidad, su inocencia, su alegría y su amor a la vida. La vida de los niños es semejante al discurrir del agua de las fuentes y de los ríos, a la belleza del amanecer, al nacimiento y crecimiento de las plantas. Todo ello debido a que viven en contacto con las leyes naturales.

La vida de los niños es semejante al discurrir del agua de las fuentes y de los ríos, a la belleza del amanecer, al nacimiento y crecimiento de las plantas

Por eso, contemplar la vida —con plena consciencia— en los cuatro reinos de la naturaleza, en todo su poder, su explosión y su posterior desarrollo, es el más bello espectáculo que podemos observar, y la fuente de una enorme felicidad y un gran equilibrio personal. Educar para la vida, dice el educador holístico Ramón Gallegos Nava, significa educar buenos seres humanos, creativos, responsables, felices, generosos, ciudadanos globales, generadores de concordia en su comunidad, con orden interno, con paz interior, abiertos a la diversidad.

Y en cuanto al amor a la vida, Erich Romm, uno de los más grandes psicólogos y humanistas del siglo XX, escribió un libro titulado precisamente El amor a la vida (en la línea de sus otros reconocidos libros, como El arte amar El miedo a la libertad), y es esencial como ayuda para conocer el misterioso fenómeno de la vida, y el gran amor que merece de nuestra parte. Deseamos también recordar, aquí, como expresión de un profundo amor a la vida, la canción popular Gracias a la vida que me ha dado tanto, de la artista chilena, Violeta Parra, y que tantos artistas han interpretado como un bello homenaje a la profundidad y belleza de la Vida. Esta canción es un buen medio pedagógico para dar a comprender a los niños, aún mejor, la belleza y la magia de la vida, que ellos presienten de forma natural.

Finalmente, La Carta de la Tierra, la declaración internacional que afirma que la protección medioambiental, los derechos humanos, el desarrollo igualitario y la paz son interdependientes e indivisibles, trata de cuidar de la comunidad de la  vida, formada por todos los seres vivos, hasta los más pequeños, y concluye así: «Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una reverencia ante la vida… por la alegre celebración de la vida».

Aprender a vivir: el amor a la vida
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