lunes. 15.08.2022

Pasado un año largo —¡pasarán más de mil años!—, y el pueblo norteamericano no podrá olvidar que un presidente del siglo XXI, perdidas las elecciones, quiso perpetuarse en el poder, intentando un esperpéntico golpe de estado, amparando e invitando a los suyos a mentir, a cambiar votos perdidos, a colgar a sus propios amigos —si es que los tiene—, y a poner en peligro la voluntad popular y la democracia de un país que, en aquel momento, aun enfrentado por la postura, las palabras y las amenazas del presidente, seguía apostando por la democracia que desde su nacimiento secular lo definió.

Tras un primer mandato, y perdidas las elecciones presidenciales del 20-21, para un segundo mandato, el maestro de las malas mañas, no se doblegó a reconocer su derrota, aunque bien sabía él que derrotado había sido.

Pataleando, gimiendo y mintiendo como bellaco, furibundo como niño consentido, malcriado y mimado, quiso lanzar a los suyos a conquistar por la fuerza y la violencia, lo que había perdido en las urnas.

El mismo día de la toma del nuevo presidente, convocó a los suyos a la conquista del poder, ocupando mano military el Congreso de los Estados Unidos.

Él y sus más cercanos, empujaron a las masas a tomar el Capitolio por la fuerza, la violencia, el terror: armas blancas y negras, hachas, palos, piedras y atuendos, cuernos y máscaras, como en los mejores tiempos de Pedro Picapiedra.

El mundo vio asustado las imágenes de la vergüenza nacional, y cada quien pudo opinar de aquel acto insólito, caótico y espeluznante, indigno del siglo XXI en un país que por años ha sido adalid de la democracia y el respeto al legítimamente vencedor en las urnas.

Pero el furibundo perdedor, llegó a decir, cuando su guardia personal le avisó del peligro que corría, yendo como quería al Capitolio, «vienen fuertemente armados, presidente», a lo que él, encubridor, petulante y altanero, respondió, «¡esos no vienen a hacerme daño a mí!». En un momento concreto, la multitud enfurecida y enardecida, que no asustada, gritaba histérica: «¡Colguemos a Pence!».

Y el vicepresidente, temió por su vida. Sorprendidos se preguntaban algunos, pero ¿a quién?, y las turbas, vociferaban, «¡Al vicepresidente!».

Y el todavía presidente, perdido el sentido de la decencia y maquinando una cobarde traición, exclamó: «¡Mike se lo merece!». «Pence no tuvo el valor para hacer lo que tenía que haber hecho», añadió. No había tenido, según él, el valor, en el Congreso, de nombrarlo a él presidente de los Estados Unidos, y no permitir que se nombrara a su opositor, ganador de las elecciones.

El tirano es así: miente porque sí, por costumbre, porque le sale de dentro, y quiere que los demás, sus serviles servidores mientan como él, de lo contrario, el desprecio, la humillación, las amenazas caerán sobre ellos, como caía en la edad media la sal sobre los campos del vencido.

Con su prepotencia, suele tapar la boca de los que lo acusan —mujeres, servidores, rivales—, ninguneándolos, desconociéndolos, menospreciándolos, acobardándolos y haciéndolos mentirosos. Todos ceros a la izquierda a los ojos cegados del «Yo, el Supremo».

La investigación sigue adelante. Miles de folios, porque hay que recogerlo todo: objetos, armas, testimonios; hay que identificar a los culpables de los desmanes cometidos fuera y dentro del Capitolio. Hay que buscar testigos. Todo va a servir para que la justicia, como un gran rodillo, siga su camino imparable hacia la verdad. La recopilación es infinita.

Los testigos son de todos los estratos y profesiones: desde los más altos cargos a los más humildes; ciudadanas y ciudadanos tendrán que dar testimonio: «Juro decir la verdad, toda la verdad y solo la verdad».

Y por más de veinte horas, y a puerta cerrada, Cassidy Hutchinson ha hablado ante la Comisión, y por más de dos horas lo ha hecho ante el Congreso y ante las cámaras que han llevado su testimonio hasta los confines, porque la justicia como apisonadora imparable, será inexorable en la búsqueda de toda la verdad.

Y ha sido una mujer, la Judit de turno, la que ha tenido que contar la catadura y caladura política, social y humana del ídolo con pies de barro, y de un tajo, acertado y seguro, le ha cortado al líder los vuelos, de los que siempre presumió.

Y la respuesta del expresidente de los Estados Unidos fue la misma de siempre: el cinismo de un viejo raposo acosando a sus víctimas, actuando con desprecio, humillándolas y amenazándolas.

«Al comité del Congreso que investiga el ataque al Capitolio del 6 de enero le faltaba una pieza clave del rompecabezas: el testimonio de alguien que ofreciera un relato en primera persona sobre la situación en la Casa Blanca en las horas previas y durante el ataque».

Cassidy Hutchinson, una exasistente de quien fuera jefe de gabinete de la Casa Blanca,  Mark Meadows, llenó los espacios en blanco.

Su testimonio ha pintado  «una imagen  devastadora»  sobre el expresidente de los Estados Unidos de América». (Anthony Zurcher. Corresponsal de la BBC en América del Norte).

«El todavía presidente, llegó a su carro, y quiso manejarlo, apartando de un manotazo a su chofer. Tuvieron sus asistentes, con la fuerza de la razón, que convencerle para que no fuera al Capitolio, donde sus correligionarios lideraban una insurrección.

Acarreado a la Casa Blanca —siguió contando la testigo presencial—, … «durante el almuerzo, en el comedor, volaron por el aire los cubiertos, platos y botellas, el licor y los cristales estaban esparcidos por el suelo; las paredes, grotescamente, salpicadas de comida», y el líder, vociferando, gesticulando, asustando a todos aquéllos que, con su silencio de siempre, pretendían calmarlo.

Estas escenas merecían una buena cinta para emular a Batista, Trujillo, Somoza, «señores presidentes», centroamericano uno, y del Caribe el resto.

¿Cómo no temer ante este vandalismo de república bananera, caprichoso e insociable, impropio de un líder que se jacta y presume de servir a su pueblo y quiere otro mandato para hacer más largo el calvario de los más desfavorecidos?

El pseudolíder se había enrocado y quería ser un aprendiz de tirano, al olvidar que los miembros de la nación que dirige no carecen de poder.

Quiere y presume de tener para sí, aquello, todo, lo que, alegremente, se les niega a los demás. El liderazgo no es dictadura contra el pueblo, y si no, que le pregunten al bohemio Borish Johnson cómo le ha ido en el proceloso, alucinante y placentero viaje, queriendo mantener los «privilegios» que los demás no tenían.

Y es que todos los dictadores de la historia, como el acompañante de San Antón, laconero, tienen su día, y no suele ser un día ni de fiesta, ni de gloria.

La asistente y el presidente
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