martes. 29.11.2022
ADA más soltar las riendas de la Unión Europea, José María Aznar ha dedicado al Partido Popular la atención disciplinaria que sus fricciones internas merecían, ordenando ayer a altos mandos del partido, ausente Francisco Álvarez Cascos, que envainasen insatisfacciones e impaciencias. Porque, según dijo al término de la reunión Javier Arenas, «el PP es uno», «todos nos sentimos orgullosos de que en nuestra formación política haya cuatro o cinco personas que puedan ser candidatos a la presidencia del Gobierno y ganar las elecciones» y «en mi partido ni existen corrientes y familias ni van a existir en el futuro». Es posible que no existan en el PP familias ni corrientes, pero existen procedencias distintas, y la tensión entre el sector de los militantes fundadores y el de los democristianos de la antigua UCD incorporados más tarde no es que se disimule; es que últimamente se cacarea. Y Aznar ha impuesto silencio, para que ante el nerviosismo que se produce en vísperas de toda designación de candidatos electorales, el partido agote las reservas de serenidad que puedan quedar en sus depósitos, mientras que las lógicas impaciencias intentarán diluirse anticipando el calendario de los procesos de designación, que fijará el comité electoral en este mismo mes de julio. Los «populares» podrán saber antes de lo previsto cómo termina su película. Ahora bien, una cosa es la designación de cabezas de cartel para las próximas elecciones municipales y autonómicas, y otra, muy diferente, desde el punto de vista de Aznar, el debate sobre su sucesión, por lo que ambos asuntos quedarían desvinculados. Desvinculados oficialmente, se entiende, pues cuando Álvarez Cascos tronaba la semana pasada contra las encuestas como método de designación de candidatos «ideales» no apuntaba tanto a las elecciones municipales como a la supuesta preselección del delfín que estaría organizando el aparato de Génova 13, bajo la batuta de Arenas y la inspiración de Aznar. Si se echa un vistazo al organigrama del PP, puede verse que algunos de los resortes de poder interno ocupados tradicionalmente por militantes etiqueta negra han pasado últimamente a manos de los democristianos procedentes de la desaparecida UCD y, por lo tanto, huérfanos en busca de refugio político. El ejemplo más visible es el de Javier Arenas, sucesor de Álvarez Cascos en la secretaría general del partido. Arenas es de origen democristiano, y su supuesto apoyo al delfín Mayor Oreja, democristiano igualmente, ha caído entre los viejos roqueros que fundaron AP como una bofetada. Aznar ha tomado, sin embargo, los mandos, y nadie se atrevió ayer a levantar la voz.

Aznar y sus democristianos
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