Diario de León
Publicado por
José María Prieto Serra
León

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Se podría decir de forma más suave pero no más clara y entendible. Ya se sabe que la gente, el ciudadano, se afecta más, entiende mejor, reacciona rápido, cuando se le habla con sencillez pero con cierta dureza. Por eso decimos con toda claridad que «la calle está jodida».

Es mucho tiempo el que ha estado el personal, con paciencia del Santo Job, asumiendo las normas dictadas por los ¿profesionales? de la medicina para intentar suavizar la dureza de la pandemia que teníamos encima. Tenemos médicos de primera línea, de indudable y enorme prestigio pero no vamos a negar a estas alturas del partido que los dos interlocutores que nos iban «aconsejando», el ministro Illa y el director general Simón eran una pareja que provocaban más risa que seriedad, por sus ya más que famosos consejos. Eso también lo detecta la calle. Daba la sensación cuando se dirigían a la población, que actuaban como marionetas siguiendo los movimientos de quien o quienes manejaban sus hilos.Y todo el mundo sabe que cuando se quiere seguir un protocolo, especialmente, cuando se trata de nuestra salud, y se tarda demasiado en tomar decisiones, la gente comienza a desconfiar porque percibe que no estamos bien dirigidos.

Sin ninguna duda esa actuación, esa gestión que íbamos conociendo de como se desarrollaba la pandemia, era la causante, con toda lógica, de la incomoda situación que vivía la gente que no sabía qué actitud tomar ante lo que se estaba viviendo.

Es cierto que el Congreso, el Senado, el Consejo de Ministros y cualquier tipo de foro o reuniones entre gente sabia e importante, se le supone que deberá dar sus frutos, consecuencia de las deliberaciones allí desarrolladas. Pero permítanme que defienda la opinión del pueblo llano, el que se levanta cada día para intentar vencerlo haciendo un buen trabajo, el que sigue las normas para conseguir un buen país, donde desarrollar nuestras vidas, ese pueblo anónimo que no sale en los periódicos pero que tiene su opinión que siempre es, especialmente requerida, por el político en tiempo de elecciones. Ese pueblo que visita barras de bares donde se desarrollan conversaciones con sustancia, que se reúne con amigos y familiares y comenta y se queja y valora y, al final, suele acatar lo que se le dice que al tiempo, como nos ocurre ahora, diría en voz alta, porque así lo siente y así ve que lo siente la sociedad que , la calle está jodida.

Demasiados días acatando, sin ver resultados claros, demasiado tiempo siguiendo los pasos que daban nuestros vecinos europeos, viéndose resultados, demasiado tiempo diciendo que una semana más, que sería la última, demasiado tiempo de espera para aguardar algo que nunca llegaba a pesar de promesas y promesas.

La gente no son muebles, o piedras, o materia inerte que ni siente ni padece. La gente, son personas y quiere soluciones, entregando primero su trabajo y sus esfuerzos. Pero la gente no quiere que la mientan. Y al cabo de mucho tiempo, va conociendo por donde se mueven las cosas. Y eso, vuelve a hacerles pensar y a veces decir que la calle está jodida. Esa calle que calla y otorga ante buenas acciones y de forma espontánea y hace lo contrario, rechaza y abandona, lo que intuitivamente sabe que no es bueno para ella. No hay error posible. La sabiduría popular puede más que la mejor de las encuestas. Adivina las bondades o maldades de las cosas al conocerlas y muchas veces antes de que ocurran.

Por eso merecería la pena que nuestros políticos y gobernantes, se dieran un paseo por donde se crean opiniones, naturales, salidas del corazón y de la experiencia, donde existe un diálogo sincero exento de maquillajes y cosas raras, donde lo que prima es la verdad sin tapujos y la sinceridad, donde la mentira no tiene cabida y donde la gente está en continuo contacto: Ese lugar es la calle. Qué bajen a la calle, hombre.

A ver si entre todos, también los poderes fácticos, somos capaces de construir una calle donde reinando la verdad, como siempre ocurre en la calle, no tenga que recurrir al apellido «jodida». Sería una magnífica señal de que estaríamos en el buen camino. Ojalá.

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