domingo 22/5/22

El día que se murió mi perro, un llanto, sordo y callado, inundó la casa de silencio. Por meses he añorado la ausencia de mi buen amigo Alfred. Fue casi inconsolable mi dolor, pero el tiempo que todo lo va mal-cicatrizando, me ha ido abriendo las puertas a la búsqueda de un nuevo amigo. Las circunstancias quisieron que un gato, huraño, esquivo y astuto, lentamente, se fuera introduciendo en mi vida, ganando mi voluntad, nunca mi simpatía. Whitley es terco y engreído. Su pata, siempre en alto, me avisa de que con él no se puede jugar. En la misma casa, los Mickey formaban un pueblo libre y feliz, pero Whitley, pretendía, ronroneando, ganarse su amistad. Así las cosas, un semestre de clase por medio, y la guerra entre el gato y el ratón, invadió mi mundo.

La corta noche de Carnaval, me acosté cansado, pero mis sueños, bañados en sudor, fueron ajetreo y pesadilla, ensordecidos por estrépitos, chillidos y carreras, el desgarrador llanto de los heridos, y el silencio de los muertos, alineados en mi desván. Julius, el gato con botas, altanero, prepotente y mentiroso, había ordenado a sus huestes invadir el hogar tranquilo, aunque siempre en guardia, de los Mickey Mouse. Julius, afilando sus uñas, presumiendo de olfato, se propuso cazar a todos los Mickey Mouse, derribarlos a zarpazos, y zamparlos ante la faz de miles de los suyos, asustados y temerosos.

El cat-erpillar felino atrapaba con sus garras de acero y aplastaba con sus botas aplanadoras, guiado por sus ojos malignos y su rabo mentiroso, todo lo que Mickey Mouse y los suyos con tanto esfuerzo habían construido. Los Mickey Mouse del mundo levantaron cabeza y se unieron más que nunca, aunque incapaces de dar una respuesta contundente al Gato carnicero. Éste, dirigió toda su artillería —por tierra, mar y aire—, para someter a los más bravos, apiñados, escurridizos y valientes, compactos como una piña, que atacaron a los gatos, y los hicieron retroceder.

Astutos como siempre, los gatos —maestros en artimañas—, aparentaron una huida, pero reagrupados, y con ayuda de más gatos mercenarios, planearon contraatacar. Su rabo, sierpe encantadora, intentaba distraer a los ratones, y sus antenas captaban todos los movimientos de los frágiles y pequeños enemigos. Fue un salto, vuelo de jet, mortífero y desolador de fuego y metralla; sus botas, oruga de cadenas, destruyeron todas las cuevas de los Mickey Mouse, al tiempo que sus uñas desgarraban sus cuerpos, provocando la huida de miles de Mickey Mouse aterrorizados. A buen recaudo y lejos del alcance de Herodes, fueron los guerreros poniendo a sus criaturas, futuros habitantes de un mundo feliz, libre y en paz.

Los jefes de los desvanes del mundo de los Mickey Mouse, se unieron para —sin mancharse demasiado las patas—, poner fuera de combate al cruel Gato con botas. Llovieron condenas y castigos económicos que le hicieron pensar en lo peor: pobreza, aislamiento, pero Julius, el gato, impasible, siguió destrozando las casas y la vida de miles de ratones inocentes, solo, por el afán de hacerlos sus esclavos, dominarlos, quebrantando y encadenando su libertad.

También los pobres de los desvanes del mundo, viendo tamaña injusticia, se hicieron solidarios con Mickey y sus pericotes, y alzaron sus voces y sus corazones para mostrarle a Julius, el tirano, que lo que estaba haciendo no tenía nombre y que rayaba en una auténtica matanza, genocidio de inocentes. El gato, atusándose los bigotes refunfuñaba, porque le llegaban maullidos que contradecían los gatunos mensajes de Moscú, «¡todo va bien!», aunque bien sabían ellos que no todo iba bien, porque los mures, armados de valor patrio, de nuevo, se enfrentaron al Gato y a sus huestes que, reculando, los ojos como brasas y dejando desolación, violaciones y muerte, se fueron, saliendo por la gatera trasera, pero sin irse del todo. Los Mickey Mouse del sur volvieron a plantarle batalla al zar Julius que, bufando desesperado, enseñando sus garras, y como alocado y descompuesto, volvió a lanzar todas sus diabólicas fuerzas sobre casas y vida de inocentes roedores. Sus madrigueras fueron aplastadas; borradas sus ciudades; sin pañuelos para sus lágrimas, hambrientos y muertos de frío, sobrevivieron por puro milagro del cielo, aunque muchos pagaron con su vida tanta fiereza en los combates.

Un mundo enfervorizado, solidario y fraterno, sigue a los miles de Mickey Mouse que en las heladas tierras del este, en pleno y crudo invierno, persiguen enardecidos a los miles de Julius soñadores de oro y de poderío que se han atrevido a penetrar en la ratonera y se han encontrado a unos ratones valientes que, sin garras, ni apenas otros medios de defensa que su coraje y la solidaridad de los refuerzos extranjeros, no solo les han hecho retroceder, sino que, aguerridos, los siguen hostigando, porque no van a permitir que les arrebaten el hogar, se zampen a sus familias, y empuerquen la belleza de una tierra que, por siglos, se meció rebosante de trigales y amapolas.

Julius, maullando y lanzando fuego por sus ojos luciferinos, y mentiras por su boca pestilente, quiere ocultarle la verdad a su pueblo, para que ciego, ni llore por los suyos, que luchan, hambrientos, malheridos y acorralados, costeando su ambición. El gato carnicero, enfurecido y resoplando, ha endurecido sus garras para aniquilar a todos los Mickey Mouse que se le pongan delante, estén en el este ortodoxo y frío, o habiten, pacíficamente, bellas tierras de montañas y llanuras, disfrutando de la molicie del oeste, que ellos ambicionan tanto. Los Mickey Mouse, con sangre, en las paredes escribieron, «¡Gato atrevido, tú morirás aquí!». Con esta premonición, comencé a desvelarme. Julius, ya sin botas y en cueros, yacía espanzurrao sobre una pila de gatos y ratones muertos, mientras el mundo —y muchos de los suyos—, le gritaban. «¡Así mueren los tiranos!».

El pequeño David y el monstruoso Goliat, han vuelto, sobre la faz de la tierra, a enfrentarse una vez más. Todos esperamos que sea David quien gane la batalla. ¿Y si la gana Goliat? Que el mundo se ponga a temblar, porque el holocausto puede tomar dimensiones gigantescas ya que la ambición de Julius, el carnicero de Ucrania, no conoce límites, y su voracidad aumenta con el cálido olor de la sangre derramada.

¿Quién se animará —horas de Viernes Santo para Ucrania—, a aconsejar al gato para que deje de matar, y haga un pacto por la justicia y la paz? o, dicho en otras palabras ¿Se atreverá el patriarca «de todas las rusias», Cirilo I, a ponerle el cascabel al gato?, y decirle con autoridad, «la guerra nunca es camino», en palabras que, con firmeza, Francisco I, le encareció —si a tiro se ponía—, trasmitirle?

El carnicero de Ucrania
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