lunes. 08.08.2022

Hacia la casa común europea es el título que se le dio a la edición de una serie de discursos del último presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov. El libro fue publicado en plena Perestroika, poco antes del intento de golpe de estado de agosto de 1991 y posterior disolución de la URSS.

En esos discursos y entrevistas, Gorbachov insiste en la necesidad de superar la Guerra Fría y construir, dentro de un clima de distensión y confianza mutua, la «casa común europea».

Así, en su discurso en la Sorbona, Gorbachov dice compartir el criterio del general De Gaulle, «quien concebía a Europa como el espacio entre el Atlántico y los Urales». Para continuar diciendo: «vivimos en Europa y tenemos derecho a sentirnos europeos».

Sin embargo, no es esa la percepción de Rusia que tenemos los europeos occidentales, que nos dejamos llevar más por la cartografía que por la demografía o por la historia, y damos más peso la esa enorme masa continental asiática que también forma parte de Rusia.

De hecho, cuando nos referimos a las reformas de Pedro I o Catalina II, decimos que «trataron de europeizar Rusia», cuando, en realidad, estaban importando las ideas de la Ilustración, lo mismo que hicieron Carlos III de España, José II de Austria o Federico II de Prusia, de los cuales no decimos que estaban «europeizando» sus respectivos reinos, porque asumimos, de forma indiscutible, que forman parte de lo que nosotros consideramos Europa.

Siendo fieles a la verdad histórica, no nos queda más remedio que reconocer los orígenes europeos de aquellos principados encabezados por la Rus de Kiev, que no sólo lucharon contra la dominación de los asiáticos de la Horda de Oro, sino que, por vez primera en la historia, le dieron la vuelta a la tortilla, y ya no fueron los pueblos nómadas de las estepas asiáticas los que se lanzaron sobre Europa, sino que fueron los rusos europeos los que dominaron esas estepas hasta llegar al Pacífico, y más allá.

Puede que en esta percepción no europea de Rusia influyera la división en bloques posterior a la Segunda Guerra Mundial, aunque no por eso dejamos de considerar europeas, por ejemplo, a las repúblicas bálticas.

Puede que en esta percepción no europea de Rusia influyera la división en bloques posterior a la Segunda Guerra Mundial

Se analizamos la cuestión desde el punto de vista de los intereses geopolíticos, el coronel Pedro Baños, citando a Robert Kaplan, nos recuerdan que «Estados Unidos nunca permitirá una verdadera Europa unida, como tampoco puede permitir que la UE se una con Rusia, pues eso significaría un enorme perjuicio geopolítico y económico».

La propuesta de Mijaíl Gorbachov que, con el paso de los años, ahora podríamos calificar de ingenua, se basaba en unas nuevas estructuras permanentes de seguridad que habrían de sustituir a la Otan y al Pacto de Varsovia. «Las fronteras deben mantenerse intactas, pero adquirirán una nueva calidad: permeabilidad amplia y profunda para todo tipo de colaboración, para la comunicación equitativa y respetuosa», subrayaba Gorbachov.

También nos recordaba que, según el guion norteamericano, «el arquitecto y garantizador de la construcción europea debe ser la Otan», y una de sus mayores preocupaciones era la presumible ampliación de la alianza a causa de la inminente unificación de Alemania.

La desintegración de la URSS trajó consigo la de ese proyecto de casa común, así como el triunfo del «guion norteamericano».

Ahora, a la vista de los recientes acontecimientos, cobran más valor, si cabe, las palabras de Gorbachov, cuando nos recordaba que «nuestro pueblo vincula la Otan con la guerra fría, como una organización... hostil a la Unión Soviética, como fuerza que acelera la carrera armamentística y aumenta el peligro de guerra... Y nunca aceptaremos confiarle el papel rector en la edificación de la nueva Europa».

La casa común europea
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