miércoles 2/12/20

Cataluña y la propaganda nacionalista

Decía Josep Pla que cuanto peor se hacen las cosas en Cataluña, más se exaltan gratuitamente. El sentimentalismo de la derrota sería preferible a la «virilidad» del triunfo. Las palabras del gran escritor parecen dichas a propósito del conflicto que vivimos hoy.

El lenguaje no es inocente. Se repite que «los catalanes» están en conflicto con España, como si todos estuvieran de acuerdo en desear la ruptura. En realidad, Cataluña está dividida más o menos por la mitad entre los partidarios de la secesión y los que prefieren continuar en el actual marco territorial. Pero, pese a este dato empírico, los independentistas actúan como si solo ellos fueran los buenos catalanes. Incluso se ha publicado un libro, Perles catalanes, que viene a ser una lista negra de los «colaboracionistas» que a lo largo del tiempo se han puesto del lado del Estado opresor. Entre ellos, el antiguo convergente Miquel Roca, uno de los padres de la actual Constitución, o los socialistas Carme Chacón y Josep Borrell. No está, en cambio, Fèlix Millet, el prohombre que saqueó el Palau de la Música, sin duda por que le deben considerar, pese a todo, «uno de los nuestros».

En Cataluña, la Generalitat y los medios de comunicación afines han hecho todo lo posible para deslegitimar a la democracia española. La llamada a la subversión es constante

Mientras tanto, la Generalitat estaba gobernada por Quim Torra, un político de evidentes posiciones racistas. Hasta Francesc-Marc Álvaro, un periodista de conocidas posiciones independentistas, admite que el discurso del presidente era poco inclusivo. Pero el movimiento independentista insiste en el victimismo. Ellos son progresistas, defienden la libertad. Si algo no funciona, tiene que ser español.

Entre tanto, un sector radical crítica a importantes líderes independentistas, como Oriol Junqueras, por ser supuestamente traidores a la causa. Aunque él está en la cárcel y quienes le insultan, como el politólogo Ramón Cotarelo, no han pasado de las palabras. El caso de Cotarelo es particularmente curioso: un antiguo nacionalista español convertido en un partidario acrítico de la Cataluña independentista. A sus ojos, incluso el portavoz de Esquerra Republicana (ERC) el Congreso, Gabriel Rufián, sería un despreciable españolista.

Un editorial de la Revista de Catalunya criticaba la descalificación del secesionismo bajo conceptos como «nazi» y «supremacista», en lo que a su parecer constituía una ola de sentimiento anticatalán, no solo anticatalanista. Todo valdría, en determinados ambientes políticos y mediáticos, para ridiculizar la legítima aspiración de un pueblo a su libertad. Planteadas así las cosas, un observador sin conocimientos sobre la actual crisis catalana solo puede reaccionar desde la simpatía. Pero… ¿se ajusta esta cuestión a los hechos?

La comparación con el nazismo es un claro disparate, no así la acusación de supremacismo. Se amontonan tópicos y más tópicos para demostrar que los catalanes son mejores que los castellanos. Los primeros serían pacíficos, demócratas y tendrían el pacto en su ADN, los segundos destacarían por su personalidad guerrera, autoritaria e intransigente. En cuestiones económicas el contraste sería igualmente acentuado: un pueblo amante del trabajo frente a otro que lo considera un castigo divino. El sentido práctico contra don Quijote, en suma. Ahora, en círculos independentistas, se ha puesto de moda una nueva palabra para designar a los españoles: «Ñordos».

Este complejo de superioridad viene de lejos. En 1948, cuando la bailarina Nina Verchinina le preguntó por qué los catalanes eran tan diferentes de los españoles, el crítico de arte le respondió que entre ellos había tanta diferencia como entre los chinos y los franceses.

No escogió, como punto de comparación, a los alemanes, a los británicos o a los griegos, sino al pueblo más remoto que pudo imaginar. Los españoles, desde su óptica, representaban una realidad radicalmente extraña, un vecino atrasado frente una Cataluña que encarnaba el progreso.

Los catalanes, según Cirici, se distinguían por su amor a las cosas tangibles, todo lo contrario que unos españoles «encerrados en un país feo y sin árboles», a los que caracterizaría el misticismo y la ausencia de talento para las cuestiones económicas. En pocas palabras: mientras unos, los propios, los del aquí, brillan por su «inteligencia clara», los otros, los de «allí», demuestran poseer un «instinto turbio».

En Cataluña, la Generalitat y los medios de comunicación afines han hecho todo lo posible para deslegitimar a la democracia española. La llamada a la subversión es constante. Veamos el anuncio de un libro, a toda página, en el periodo Ara. Se trata de L’obligació moral de desobeir, del filósofo Ramin Jahanbegloo. Un texto de tres líneas nos informa que se trata de una lección política sobre «la legalidad y la legitimidad de la lei». Sobre este párrafo leemos un titular en la que nos preguntan: «¿Cómo llegar a una democracia plena?».

Jordi Cuixart firma el prólogo, no por casualidad. Es un activista que está en la cárcel en la actualidad y que ha escrito un libro titulado Ho tornarem a fer (Lo volveremos a hacer).

En el terreno de la historia, una tergiversación del pasado ha servido de combustible para las reivindicaciones nacionalistas. Los intentos por limpiar de mitos nuestro pasado solo pueden ser, desde esta perspectiva, un intento de combatir las aspiraciones catalanistas.

Para el ensayista Oriol Pi de Cabanyes, una historia científica equivale a una historia desmovilizada y, por tanto, inútil para cambiar la realidad. Los fundamentos del nacionalismo catalán no podrían reducirse a mitos creados por la burguesía.

Para Ricardo García Cárcel, un reconocido especialista en historia moderna, los historiadores españoles de fuera de Cataluña no suelen atreverse a opinar sobre la crisis catalana. Porque temen que se les identifique con el nacionalismo español, que supuestamente sería sinónimo de franquismo.

Otro problema es el uso enormemente elástico del término «nacionalista», de manera que no habría manera de escaparse de él. ¿Te alegras porque gana tu selección? Eres nacionalista.

Según un tópico extendido, los que no serían nacionalistas catalanes serían nacionalistas españoles. Eso sencillamente no es verdad. Entre los que no quieren la independencia, muchos están en contra de cualquier exaltación patriótica. Cataluña, la auténtica Cataluña, es así: plural. La lástima es la pretensión de reducir su diversidad a una forma de pensamiento único.

Al final, todo se reduce a pedir que los que se sienten españoles se callen mientras los nacionalistas llamados periféricos se expresan sin ninguna cortapisa. El filósofo Gregorio Luri lo expresa así: «Parece que si te consideras español y no quieres pasar por casposo, estás obligado a practicar un patriotismo silencioso, mientras que si te siente exclusivamente gallego, catalán o vasco, puedes alardear de patria a cara descubierta».

Algunos sueñan con la independencia con tanto fervor que estarían dispuestos a aceptar un drástico recorte en su nivel de vida, todo con tal de ver a su país libre de cadenas.

No se dan cuenta, pero en el fondo se comportan como los castellanos más rancios. Si un almirante español del siglo XIX dijo «Más vale honra sin barcos que barcos sin honra», ellos parecen creer que más vale independencia sin prosperidad que prosperidad sin independencia.

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