domingo. 03.07.2022

Si se quieren corregir el problema de la enfermedad por alcoholismo, con una repercusión sanitaria y social tan elevada, es fundamental centrar los esfuerzos en corregir las causas que lo provocan y lo acentúan.  Si la raíz desde donde se genera el alcoholismo no se controla, poco, o menos que nada, se podrá hacer.

En realidad, vaya por adelante, más que el alcohol, lo que mata es la falta de atención o, más exactamente, el «síndrome de indiferencia»  que permite que el alcoholismo se difunda sin límites, sin eficaz criterio alguno de sujeción y sin que se vislumbre un plan de contención asistencial y de formación que a distintos niveles actúe de forma planificada y coordinada.

Qué duda cabe de que el alcoholismo es expresión de una mentalidad ¿A qué se debe ese descontrol en el que se vive inmerso y adormecido tanto a nivel individual, como social y sanitario? ¿Cuáles son sus raíces?

El alcoholismo, y la enfermedad que genera, reflejan claramente una actitud personal en quien lo practica. Una actitud de abandono y derrotismo en manos del alcohol inducida por el atractivo de la «evasión». En el inicio, antes someterse a la intoxicación alcohólica, por lo general, el estado de salud del individuo es aceptable, y tras su voluntario sometimiento al alcohol se asiste a un derrumbamiento que presagia el cataclismo orgánico y psíquico de la persona.

Es cierto que la decisión para dejarse descontrolar por el alcohol, por muy irresistible que sea la atracción, siempre es individual, pero también es cierto que todo ello ocurre en un escenario social propicio para que se produzca y, que, en el fondo, consiente de forma implícita e incluso explícitamente a través de botellones, salas de diversión, etc., en que se provoque a rienda suelta el despliegue de esas «evasiones».

Sin embargo, pocas patologías son tan deletéreas como las que arrastra el alcoholismo. Se sabe que, por ejemplo, reduce las expectativas de vida en unos 20 años, y favorece la aparición de 60 enfermedades, junto con evidencias, entre muchas, del tipo como: que en la mujer el alcohol produce doble efecto lesivo que en el hombre; que genera el síndrome alcohólico fetal si la mujer en estado de gestación persiste en la bebida; que es inductor de suicidio en un 35%, con especial incidencia en el suicidio juvenil; que genera el 50% de los heridos graves y fallecimientos en carretera, y que es causa de cerca de la mitad de los homicidios que se cometen.

Así, el enfermo alcohólico, inmerso en una sociedad carente de sensibilidad para inhibir los peligros que provoca sus «evasiones», también tiene perdidos los resortes que le podrían facilitar su tratamiento. El enfermo alcohólico, en general, sólo es asistido convenientemente cuando su patología cursa con cierta gravedad, sea cirrosis u otra entidad clínica, y con un detrimento serio en su pronóstico de vida. Todo ello condicionado y acrecentado por carecer de especialista propio y específico de enfermedad por alcoholismo.

Además, en estos tiempos, como desgracia añadida, el enfermo alcohólico puede ser presa fácil de una mentalidad utilitarista, tipo filosofía eutanásica o abortiva que, sirviéndose del pronóstico de vida reducido que con frecuencia padece, le ofrezca un adelanto fraudulento de la muerte, en el adulto, con la eutanasia, y del aborto, en el síndrome alcohólico-fetal.

Iniciar el camino de solución a este difícil y trágicamente lesivo problema de la enfermedad alcohólica supone actuar en sus causas, no tanto de desde la perspectiva coercitiva, sino desde el esfuerzo mantenido en la formación continuada tanto a nivel social como asistencial y facultativo,  que ponga de relieve una apuesta real por valorizar, sin equívocos, la cultura del aprecio por la vida que contrarreste la cultura del desprecio por la vida. La cultura del desprecio por la vida, en esencia, consiente y acepta, con indiferencia social e individual, que la persona se pueda arruinar orgánica y psíquicamente persiguiendo la «evasión» alcohólica.

Causas de la enfermedad por alcohol
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