viernes 3/12/21

Estando en Babia ocurrió una conversación inesperada. Sentado al fresco, viendo caer el sol de la tarde y contemplando como se pasa la vida, apareció Celestina en la ventana para despertarme y avivarme el seso. Por lo menos tres metros de altura y más de media vida de distancia, para acabar cayendo en la cuenta de que estar distantes no significa ser distintos. «Llevo en este pueblo de Riolago de Babia (provincia de León) desde que me casé, por lo menos 60 años, pero yo soy de Torrebarrio. Está allí, en la falda de la montaña más alta que ves al fondo», dice mientras extiende su brazo orgulloso hacia la blanca Peña Ubiña.

De la nieve que cubre aquellas montañas fronterizas entre asturianos y leoneses me contó, Celestina, que en los inviernos más duros tapaba incluso «esa ventana más baja que ves ahí» y el pueblo quedaba incomunicado durante semanas. «El marido y yo hemos vivido siempre del campo y de la ganadería. Hemos trabajado mucho».

Después de toda una vida escrita a mano sobre tierra fresca, rememora en un suspiro los años exactos de todas aquellas veces en las que el progreso se personó y llamó a su puerta. «En el 70 y pico compramos un tractor de segunda mano, en el 70 y tantos estrenamos uno nuevo, en los 80 y pocos llegó la empacadora…y lo que al principio eran solo dos vacas, pronto se convirtieron en más de 60».

Hoy, con todos esos años encima —porque como ella dice «no pasaron, sino que se quedaron»—, saca pecho Celestina en su ventana. Sobre todo, por el nieto. ¿Por quién, si no? Universitario que estudia Medicina en Oviedo, buen mozo y con don de gentes. Sí, sí… ¡Medicina con mayúsculas! y por si fuera poco «no sabes lo bien que le sale la tortilla».

Y así, en aquel plácido atardecer de verano, a medida que discurría nuestra charla nos fuimos adentrando en esos laberintos que conducen inexorablemente a un refrán resignado que ella siempre tiene en la punta de lengua: «Cuando la muerte se inclina a llevarse a los mortales, no sirven los caldos de gallina ni los grandes capitales». Es cierto.

Al final, no somos tan distintos. Bien lo supo y lo dejo escrito, Jorge Manrique en sus famosas Coplas con aquello de que «la muerte todo lo barre, todo lo iguala y todo lo ataja».

Lástima que las distancias en la vida comienzan a aflorar en el principio y se alargan, sobre todo, en el durante. Así, con recuerdos de la vida, presunciones de la muerte, olor a tierra y brisa estival pasó aquella charla por delante de la ventana a la que Celestina se asoma por las tardes, a pesar de que desde hace un tiempo ciertos chopos ya no le dejan ver con claridad las montañas blancas. Malditos chopos que crecen sin piedad, arañan la memoria y se adueñan de las vistas. Menos mal, que de tanto en tanto el viento trae recuerdos que aflojan la espesura para poder mirar.

Ya en la despedida, «me ha gustado mucho hablar con usted, joven. La próxima vez que pase por aquí tímbreme y saldré a la ventana. Y si no vivo, llámeme arriba», dijo, extendiendo de nuevo su brazo al cielo coloreado con su nombre y remachado con un par de claraboyas blancas. Tres metros más abajo, en el camino de tierra, me quedé pensando en aquella charla fortuita con Celestina que desde entonces ya nada tuvo que ver ni con Calisto ni con Melibea ni con la feroz lucha entre opuestos, entre jóvenes y viejos, ignorantes y sabios, ricos y pobres, hombres y mujeres. De repente, la distancia se hizo añicos y la tarde cayó por su propio peso en algún lugar de Babia entre los chopos y las montañas.

Celestina en la ventana
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