viernes 3/12/21

Las riberas de ríos y lagos son lo que se denomina técnicamente un ecotono, una zona de interacción entre dos ecosistemas diferentes, en este caso entre uno acuático y otro terrestre. Estas zonas se caracterizan tanto por su altísima biodiversidad, superior a la suma de los ecosistemas adyacentes, como por presentar especies únicas de estas zonas mezcla. En las riberas convive vegetación puramente acuática, como carrizos, con arbustos y árboles con diferente tolerancia a la inundación. Todo ello forma un ecosistema único al que llamamos bosque de ribera o ripisilva.

Un bosque de ribera bien desarrollado es de gran importancia por los servicios que nos ofrece. Las ripisilvas sirven de filtro para depurar las aguas, eliminando contaminantes como fertilizantes y plaguicidas, son corredores ecológicos y refugio de fauna, y aumentan la producción piscícola dado que, además de influir en la temperatura y la luz del río, la alta riqueza de su hojarasca favorece una alta diversidad de organismos acuáticos que alimentan a peces y otros vertebrados. Contrariamente a lo que algunos creen, está demostrado que las ripisilvas amortiguan las inundaciones salvando vidas y propiedades. Además, los bosques de ribera fijan carbono, reducen la incidencia de plagas y enfermedades agrícolas al albergar a sus enemigos naturales, son fuente de recursos consumibles, y tienen un alto valor recreacional y paisajístico.

Pero los bosques de ribera son probablemente uno de los ecosistemas más castigados por la actividad humana, se estima que en España queda menos del 7% de los que había originalmente. El hombre ha considerado las riberas como zonas atractivas para la producción agrícola y forestal, y no ha dudado en eliminar esta vegetación natural para sustituirla por cultivos como las choperas. Esta gestión ha ido acompañada de una visión del río como simple canal, como mero conducto de agua que debía constreñirse al máximo para poder usurparle todo el espacio ribereño posible. Pero las consecuencias de esta visión han sido catastróficas sobre vidas y propiedades cada vez que el río ha reclamado su espacio en las grandes inundaciones.

Esta visión cambió con el inicio de este siglo, cuando el conocimiento adquirido sobre el funcionamiento de los ríos y una sociedad cada vez más sensible al deterioro ambiental, dieron lugar a legislaciones como la Directiva Marco del Agua o la Directiva de Inundaciones. Estas legislaciones reconocen que es mucho más económico dejar que el río recupere parte de su espacio que tenerlo encauzado, y que la salud del río es un indicador de la salud de su cuenca, y por tanto de la sociedad que la habita. Y aquí es donde ha aparecido el conflicto entre las Confederaciones, obligadas a cumplir la legislación, y los populicultores y otras administraciones, que no quieren perder parte de los beneficios que les suponía usar el espacio público, la ribera, para sus plantaciones de chopos.

En resumen, antes era común que las choperas llegasen al borde del agua, y la franja de 5 o 15 metros, según el río, que había que respetar para el bosque de ribera se obviaba en muchos casos. Ahora se prohíben choperas en una franja entre el nivel bajo y alto del caudal del río para que la ripisilva pueda recuperarse y cumplir sus funciones. El ancho de esta franja ya no es fijo, sino que depende de la morfología de la ribera. Esto supone en Castilla y León una pérdida media del 10% de la superficie plantada de chopo, aunque en algunas provincias solo es del 1% y en otras alcanza casi el 30%. El rechazo de los populicultores a esta nueva situación ha sido intensa, y tanto ellos como las empresas del sector se empeñan en convencernos de que un bosque natural de ribera, formado, entre otros, por alisos, abedules, sauces, fresnos, álamos, olmos, chopos autóctonos, arces, robles, cerezos, etc. sin contar las docenas de especies de hierbas y matorrales, además de toda su fauna acompañante; es lo mismo que una plantación de un chopo clónico, incluso transgénico, plantado en distribución perfectamente regular, y sometido a tratamientos silvícolas, plaguicidas, herbicidas y con laboreos que aseguren un suelo desnudo. Está claro que un cultivo de chopos no es un bosque, aunque mantenga alguna de las funciones de este último, o incluso, como es el almacenamiento de carbono, lo supere, lo cual es lógico, porque plantamos chopos sólo para almacenar carbono en forma de madera, pero en detrimento del resto de funciones.

En el fondo también subyace un conflicto mucho más antiguo como es el de la competencia entre la administración forestal (ahora autonómica) y la hidráulica (estatal). Aunque en el siglo pasado ambas estaban enfocadas en el aspecto productivo y las dos incentivaban las plantaciones, la segunda se ha visto obligada a modificar esta actividad y cumplir la legislación fomentando la recuperación del bosque de ribera. Este obligado cambio de gestión en la segunda ha llevado a enfrentamientos con la primera, que se resiste a ceder su visión productiva. Aquí cabe preguntarse entonces por qué, si las confederaciones han podido pasar de ser protagonistas de la plantación de choperas a recuperar las ripisilvas, la administración forestal no puede hacer lo mismo. ¿Es posible que la administración forestal todavía no haya alcanzado la visión multidisciplinar que sí han adquirido las confederaciones?

El conflicto se mantiene además por este maniqueísmo tan característico de nuestra sociedad, bueno/malo, blanco/negro, chopera/bosque. Como si no hubiese otras soluciones a los cultivos convencionales, o soluciones que pudieran compensar la obligada pérdida de superficie de un recurso que es esencial y fuente de bienestar económico, no solo para los ayuntamientos ribereños y las empresas del sector, sino para toda la sociedad. ¿Por qué no pueden realizarse plantaciones de cultivos mixtos con diferentes especies maderables y turnos de corta, que permitan una producción sostenida en el tiempo, y más acorde con el funcionamiento natural del hábitat ripícola? ¿Por qué se hace esta aproximación en la gestión forestal de otros cultivos y aquí no? Seguro que algunos propietarios preferirían tener una renta continua de su producción y no esperar 15 años, con los riesgos que ello conlleva. ¿Por qué no se puede compensar la producción perdida por la aplicación de la legislación plantando chopos en el espacio agrícola?, es decir, ¿Por qué no plantar chopos en los lindes de caminos, tierras y márgenes de cunetas y arroyos, como antes se hacía? ¿Por qué en otros países los cultivos están rodeados de árboles y aquí no? Si además la nueva PAC podría incluir esta actividad dentro de sus objetivos subvencionables ¿Por qué tanta dendrofobia en el espacio agrícola?

Los tiempos cambian, y los sistemas productivos deben adaptarse desarrollando nuevas estrategias de gestión que aúnen los conceptos de producción y conservación. Deberían adoptarse visiones algo más complejas, acordes a la complejidad intrínseca de los procesos naturales. Ojalá se pueda adoptar esta gestión y se evite la tendencia de otros países como Francia, segundo productor de chopos después de China, que lleva años reduciendo la superficie cultivada. La populicultura es una actividad importante en nuestra Comunidad, fuente de riqueza y empleo, pero su desarrollo no puede estar por encima de la ley, y sobre todo, por encima de la necesidad de otros sectores sociales, que también tienen el derecho a beneficiarse de los múltiples servicios que nos aportan los bosques naturales.

¿Choperas o bosques de ribera?
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