jueves 13/8/20

Sin ciencia no hay futuro, y sin universidades no hay ciencia

Las pandemias han azotado cruelmente a la humanidad desde hace milenios. Acercándonos a los albores de nuestra civilización europea, podemos recordar la devastadora peste de Atenas, del año 428 a. C, documentada con detalle por Tucídides, o las pestes de Agrigento (406 a. C) y Siracusa (396 a. C). También en Roma fue aterradora la llamada Peste Julia (180 a. C) y la mítica Peste Egina, que Ovidio menciona en sus Metamorfosis. El mismo emperador Marco Aurelio fue víctima de la peste Antonina de siglo II d.C. Incluso creen los historiadores que Justiniano fracasó en su intento de reunificar el Imperio a causa de la conocida como Plaga Justiniana que diezmó a sus tropas; e igualmente consideran que la peste minó la resistencia de persas y romanos, facilitando el avance del ejército islámico que en el 637 separó hasta el presente el Este del Oeste.

Podría decirse que las pandemias producidas por virus forman parte del devenir biológico de la especie humana, que incluso «los virus son el agente más poderoso de la historia evolutiva, y dominan nuestra vida y nuestra biosfera». Así lo sostiene el divulgador científico Carl Zimmer, en su reciente obra Un planeta de virus (Capitán Swing), añadiendo que un cuerpo sano puedo albergar billones de virus, aunque solo conozcamos el perfil de unos 7.000 (nuestro ADN es un 8% virus); considera que son fundamentales para nuestra supervivencia al permitirnos respirar generando el 10% del oxígeno de la Tierra.

Admitiendo nuestra connivencia y convivencia biológica con virus y bacterias, la historia de las pandemias muestra la cara más terrorífica de estas plagas. La peste negra de 1347-1351 constituyó una de las mayores catástrofes demografías que registra la historia de la humanidad, con más de 200 millones de muertos; o la llamada «peste española» entre 1918 y 1920 que se saldó con 50 millones de fallecidos; o los 300 millones de muertos en el siglo XX a causa de la viruela, y los más de 28 millones de contagiados, con medio millón de fallecidos en el año 2000 por el sarampión. Podemos por tanto anotar el SARS-CoV-2 en esta lista negra de pestes asoladoras, y considerarla ya el Holocausto del siglo XXI.

Pero mientras que las pandemias se combatían, hasta hace un par de siglos, con pócimas, ungüentos, amuletos, reliquias y toda una panoplia de supersticiones y mágicas recetas, además de la cuarentena centenariamente utilizada y la aleatoria fortaleza inmunológica personal, el vertiginoso avance alcanzado por la ciencia en universidades y centros de investigación, a partir del siglo XX, nos hace albergar esperanzas de que se desarrollarán tratamientos que consigan combatir eficazmente la enfermedad. Los epidemiólogos entienden que el fin del Covid-19 pasa por el éxito de uno de los más de 50 proyectos de vacuna, candidatos a vencer a este nuevo coronavirus que nos está aterrando.

Prueba de este razonable optimismo es el gesto risueño de alivio que recorrió la faz dolorida de la humanidad, cuando en estas últimas semanas han ido saltando a las portadas de la prensa nacional e internacional noticias sobre importantes descubrimientos a cerca de la anhelada vacuna, o de fármacos capacitados para detener el Covid-19, autorizados por la AME. Especial relevancia han tenido los avances de la histórica Universidad de Oxford, tanto en el descubrimiento de una vacuna (que ya vaticinan para el otoño), como de tratamientos eficaces que pueden reducir hasta un tercio la mortalidad de pacientes con coronavirus.Por primera vez en los últimos seis meses nos reconfortan, como un halagüeño arcoíris después de la tormenta, algunas noticias positivas, pues son un éxito indudable en la lucha sin cuartel de la ciencia contra la pandemia. Precisamente en este contexto alcanzan su valor en oro las palabras premonitorias del pensador español de cabecera, Ortega y Gasset: «La universidad tiene que estar también abierta a la plena actualidad, más aún: tiene que estar en medio de ella, sumergida en ella». La ciencia y las universidades tienen, en este dramático momento de la historia humana, la trascendental misión de salvarnos de la letalidad de la pandemia.

La complejidad de tal desafío global requiere, en palabras del rector de la UCM, Joaquín Goyache, «un enfoque internacional de ciencia en equipo, con grandes consorcios, aprovechando las fortalezas, la experiencia y la perspectiva de científicos de diferentes campos y países. Se requerirá un esfuerzo concertado y una inversión considerable para asegurar en el futuro las redes internacionales, las organizaciones y sus actividades». Estos recursos con rostro humano deben tener su fuente de financiación básica en las arcas públicas, pero también deben beber en el manantial de una renacida responsabilidad social corporativa que favorezca el mecenazgo empresarial comprometido con la investigación y la innovación.En España el 80% de la financiación de las universidades públicas procede de fondos públicos, de forma similar a Francia o Portugal; mientras que, por el contrario, en el Reino Unido la aportación pública es del 35%, en paralelo a lo que ocurre en EEUU, debiendo captar las universidades el 65% restante a través de donaciones privadas. Precisamente el programa «Horizonte 2020» de la UE pretende estimular y animar el incremento de la financiación privada ante el progresivo retroceso de la pública. 

En marzo de 2015, el multimillonario empresario de la informática, y filántropo de postín, Bill Gates, impartió una charla TED en Vancouver (Canadá), sorprendiendo al auditorio con estas graves palabras: «Cuando yo era pequeño el desastre más temido era vivir una guerra nuclear. Hoy la mayor catástrofe mundial es una pandemia. Si algo va a matar a más de diez millones de personas en las próximas décadas será un virus infeccioso. Se ha invertido mucho en armamentos nucleares, pero se hizo poco en crear sistemas de salud para poder detener las epidemias. No estamos preparados». Como los hechos han confirmado sus temerosas previsiones, ha comprometido, desde la Fundación Bill y Melinda Gates cien millones de dólares para financiar la producción universal de la salvadora vacuna contra el coronavirus, apoyando más de seis programas de investigación diferentes, pero de modo especial el liderado por la inmunóloga Sarah Gilbert, de la Universidad de Oxford. Otros filántropos han seguido esta senda de generosidad, aportando su «granito de arena», como Jack Dorsey, fundador de la famosa red social Twitter, el cual ha anunciado que donará 1000 millones de dólares, cifra que representa el 28% de su patrimonio, para crear un fondo destinado a combatir esta temible pandemia.

En España hemos sido testigos de la creación en el seno de Fundación CEOE, liderada con plausible éxito por su presidente Antonio Garamendi, del proyecto solidario Empresas que Ayudan, desde el cual se coordinan las aportaciones de las empresas con las necesidades y servicios necesarios para la lucha contra el Covid-19. Pero también hemos asistido con admiración, en los últimos meses, a un fuerte incremento en las donaciones solidarias de las empresas de todo el territorio nacional para paliar los devastadores efectos sociales de la pandemia, como las colas del hambre, los bancos de alimentos, o los comedores sociales.

Toda esta actividad filantrópica es loable y meritoria, pero la erradicación de la pandemia a través de la investigación no es posible a base de gestos solidarios puntuales, sino a través de un sistema estratégico y metódico de silencioso y colaborativo trabajo de investigación, que la sociedad debe apoyar y soportar con su generosidad. ¿Qué habría ocurrido si, cuando Gates levantó la voz de alarma hace cinco años, se hubiera creado entre las universidades, un sistema coordinado y transnacional de investigación y búsqueda de vacunas contra la familia de los coronavirus, generosamente financiado con fondos públicos y mecenazgo privado? Seguramente se hubieran evitado cientos de miles de muertes, e incontable sufrimiento, aportando los mimbres para la construcción de una sociedad más saludable, sostenible y feliz.

Instamos a los poderes públicos a incluir en los pactos para la reconstrucción la anhelada e imprescindible Ley de Mecenazgo, que permita la afluencia en las universidades españolas de un flujo financiero, público y privado, que las capacite para competir internacionalmente y dar repuestas a los desafíos de la sociedad. Urge repensar la universidad del futuro, sobre la que pueda cimentarse el futuro de la ciencia, y estribe, consecuentemente, el futuro de la humanidad.

Sin ciencia no hay futuro, y sin universidades no hay ciencia
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