viernes. 27.01.2023
NO HACE falta tener datos en la mano para asegurar sin temor a equivocarse que este país tiene en estos momentos el mayor número de población formada musicalmente de su historia. Además de la enseñanza reglada en conservatorios, las escuelas de música sostenidas por ayuntamientos y diputaciones tienen miles de alumnos que se acercan de forma metódica a la interpretación musical. La música forma parte del currículo escolar desde primaria y, aunque merecería la pena un esfuerzo en ese campo, debemos reconocer que la enseñanza infantil ha mejorado notablemente y que estamos ante la generación más preparada en este terreno de todos los tiempos. Esa es la cara. La cruz tiene que ver con la falta de correspondencia entre ese hecho y la asistencia, el disfrute y el uso de la llamada «música culta». Frente a la generalización de programaciones estables de artes escénicas en todo tipo de poblaciones, está pendiente un esfuerzo similar en la música y me da la impresión de que, aún así, la asistencia real a conciertos deja mucho que desear y no está relacionada con el número de alumnos y profesionales del sector. En resumen: los aspirantes a músicos aprenden a tocar pero no a escuchar. Para redondear el panorama, leo que programas divulgativos tan consolidados como «Clásicos populares», en RNE, o «El Conciertazo», en TVE, corren peligro de desaparición por la obligada prejubilación de una de las personas que más esfuerzos ha hecho en este campo como es Fernando Argenta. Lo público, según esto, declina abordar su responsabilidad formativa por una reforma económica que castiga a lo que debe proteger. En fin..., una pena.

Clásicos
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