lunes 19/10/20

Mi colegio: Agustinos de Valencia de Don Juan

No, no esperen ustedes una redacción de aquellas que hacíamos en Ingreso en mis tiempos. La verdad es que yo no tuve colegio hasta que no llegué a Valencia de Don Juan. En mi pueblo había una escuela mixta. ¡Los de Alcuetas siempre dando el cante!, adelantándose, qué digo años, siglos a las modernas corrientes pedagógicas de mezclar niños y niñas. Venía de la escuela donde tuve unos maestros a los que agradeceré siempre su labor conmigo y mis compañeros y compañeras de banco, don José Manuel Domínguez y doña Adoración Ruano, de Campazas y Matanza respectivamente, a los cuales aún hoy, me cuesta trabajo tutearlos, porque, aunque somos amigos, soy incapaz de perder la veneración que tengo por su labor. Todo esto viene a cuento de que cuando en Ingreso, en el Colegio de los Agustinos me mandaron hacer una redacción con el título Mi colegio, me percaté de que había pasado a otro nivel. Ya no estaba en la escuela. Con el paso del tiempo cada vez que leo y saboreo El camino de Miguel Delibes, para mí una de las tres mejores novelas del autor, no puedo por menos que acordarme de aquel paso.

He dicho y escrito, siempre que he tenido ocasión, que lo que soy se lo debo a mis padres y a los agustinos. Porque los agustinos de Valencia de D. Juan sentaron en mí y en muchos otros, las bases de una formación sólida, seria, razonada. Repito, y repetiré las veces que sea preciso, que el mayor logro que aprecio en su formación es que, después de comernos el coco con las teorías religiosas en boga en su momento (años sesenta) nos dieron las armas para deconstruir todo lo conocido y así nos dotaron de una capacidad crítica que nunca he visto en ninguna otra institución religiosa, y menos política. Estoy muy orgulloso de la cuidada formación recibida, a pesar de algunos claroscuros que la acompañaron. Tengo que pasar por alto los modelos de educación basados en una excesiva rigidez, porque había algún que otro fraile apóstoles de la comunión diaria, que, en su excesivo celo, algunos días nos hacían comulgar dos veces. La primera, suave y devotamente en la misa de la mañana, siempre en ayunas, como mandaba entonces el Ritual Romano y con recogimiento de acción de gracias al final. La segunda, a cualquier hora del día o de la noche, no importaba que no se cumpliese el ayuno, te daban de comulgar «a sobaquillo» con tanta precisión y maestría que olvidabas hasta el número de la ropa que tu madre te había bordado con cariño en todas las prendas. Hay que decir, en honor a la verdad, que los que así actuaban eran muy pocos, y en su descargo que estas técnicas pedagógicas estaban extendidas por todos los internados y seminarios del país.

Entre los cientos de alumnos que hemos pasado por allí ha habido una gran conmoción al enterarnos que se cerraba el colegio. Es como si alguien nos moviera los cimientos de nuestra infancia condenándonos a perder las raíces y los referentes de la primera formación. En breve saldrá una buena publicación en homenaje a nuestros formadores coordinada por la Asociación de Antiguos Alumnos.

Nosotros llamábamos La «Villa» a todo el terreno fuera de las tapias y a los paisanos que vivían extramuros les decíamos «los de la villa». Ellos a nosotros nos llamaban «los mochos», porque antes de hacerse cargo de la peluquería del colegio los peluqueros de Valencia, los hermanos rasuradores, no se esmeraban mucho con el cabello y tiraban, sino por el corte al cero, si por rebanar el flequilo. La «Villa», digo, ya ha hecho su homenaje al colegio que ha formado generaciones y generaciones de alumnos, embajadores de Coyanza por todo el mundo desde Estados Unidos a la Patagonia, desde Portugal a China y no hablo de Filipinas, donde la presencia agustiniana está en los cimientos de la nación, pues Valencia de Don Juan es conocida y famosa por los agustinos. La Villa se ha mostrado generosa con los frailes, lo cual honra a los coyantinos, y, como exalumno se lo agradezco de corazón, pero a mí, como simple comarcano, terracampino de Los Oteros, me queda un come-come, una inquietud que quiero compartir con el que haya leído hasta aquí. ¿Qué será de Valencia sin los agustinos? ¿Los que se hagan cargo de «mi colegio» serán capaces de continuar con la dinámica de solidaridad y amor a la comarca con la ilusión demostrada por los frailes de san Agustín? ¿Seguirá «mi colegio» siendo un foco de creación cultural que atraiga a estudiosos, curiosos y turistas? ¿Continuará siendo un lugar que refuerce la importancia de Coyanza y del sur de León en el mapa nacional e internacional? Ya sé que nada ni nadie es imprescindible en el devenir histórico, pero no olvidemos que la decadencia de muchas villas de Castilla o de León, ha comenzado con el abandono del convento de frailes o monjas sin ser sustituidos por nadie. Porque detrás de ellos, poco a poco, se han marchado otras fuerzas vivas y dinamizadoras. La Guardia Civil, el instituto, y…, y… al final quedan cuatro nostálgicos. Ah, y el historiador de turno para recordar las grandezas pasadas y consolarse con los harapos de antiguos oropeles. Por supuesto, que esto en Valencia no va a suceder… O si sucede no estaremos para verlo.

Mi colegio: Agustinos de Valencia de Don Juan
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