jueves 19/5/22

Es evidente que la vida fisiológica de cada ser humano se va debilitando poco a poco, con una mayor o menor intensidad, través del tiempo. Esa insoslayable pendiente deslizante tiene una extensión determinada que terminará con seguridad en el definitivo momento que dicta el final de la vida orgánica.

La medicina tiene la noble tarea de proteger de la forma más eficiente posible esa pendiente de caída que supone la enfermedad y favorecer que se opere la recuperación. Ahí está toda la inmensa labor del médico en su misión curativa.

Pero siempre llegará un momento en que ese restablecimiento del enfermo por la vía curativa no será factible, y el pronostico no sólo carecerá de garantías de mejoría, sino que augurará una progresiva perdida de la expectativa de vida. Ese es el momento que cae de lleno en la misión de la especialidad de Cuidados Paliativos.

Siempre la Medicina está obligada a prestar un servicio de protección al enfermo que le aligere la pendiente de caída que provoca su estado de vulnerabilidad, esforzándose en prestarle los adecuados medios para su recuperación. El enfermo tiene derecho a contar continuamente con la compañía profesional. Pero, si es importante acompañar al enfermo que presenta un horizonte de posible y real curación, cuanto más es necesaria cuando la curación no es verosímil, para ajustar los conocimientos médicos hacia el control de los síntomas específicos de la enfermedad terminal. Ahí es de capital importancia la profesionalidad en Cuidados Paliativos.

Lo que no cabe, ni es admisible, en medicina, es que el médico sólo preste su servicio cuando el pronóstico es de curación, y se desentienda prácticamente de ejercer su actuación en la enfermedad terminal. Dejar al paciente al que no se le prevé la curación, desatendiéndole de cuidados profesionales paliativos a los que tiene derecho, es un delito en ética médica, que puede convertir, de hecho, la misión del médico en una tarea más propia de un juez-médico que arroja sentencia inapelable de abandono a ese enfermo para su eliminación a través de la eutanasia como solución pseudo beneficiosa y pseudo compasiva. Esa actuación está proscrita una y otra vez por el Código Médico Internacional desde hace más de dos mil quinientos años, aunque existan leyes políticas del momento que acojan como buena cualquier decisión del paciente sin permitirle ni siquiera la asistencia de los Cuidados Paliativos, incluyendo una consulta reglada de su estado mental y su tratamiento.

Uno tiene derecho a morir con el mínimo dolor y con la asistencia más cualifica a nivel médico, y protegido adecuadamente por unos Cuidados Paliativos que alejen, tanto de forma social como sanitaria, de la gran aliada de la eutanasia que es, sin lugar a dudas, la soledad.

Cómo morir
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