domingo. 14.08.2022

Tenemos delante una guerra del combustible que distorsiona la vida de la gente en general, sobre todo de la más vulnerable económicamente. Extraña que los dirigentes no actúen con antelación o rapidez ante esta situación casi prevista. No todo se arregla con no coger el coche particular en beneficio del transporte público, aunque no estaría de más que aparcáramos más el vehículo. Eso nos vendría bien para una mejor forma física.

Por otro lado, el incremento de los precios desde el origen parece a todas luces abusivo. No sé quién se lleva los mayores márgenes, Lo cierto es que quien menos gana es el agricultor y eso no parece justo. También aquí convendría una inspección severa para que no se disparen los precios de la compra. Tal vez, un mayor uso de los trenes podría aliviar el coste del transporte.

La inflación que nos invade no se combate, según los expertos, con aumento de salarios. Otra cosa será que los salarios no estén actualizados. Quien tiene que poner todos los huevos en la cesta es el gobierno: bajar impuestos, controlar precios y no subvenciones. No puede ser que un alimento que cuesta en origen 0,20 céntimos nos cueste en el supermercado 2,50 euros. Algo falla en esa cadena y hay que averiguarlo y corregirlo.

El recorte ha de venir de la disminución del gasto. Es hora de austeridad y eso empieza por arriba: menos altos cargos —menos ministros, menos asesores, etc.—, y menos subvenciones. Me dicen de una zona de España, donde el paro es altísimo, que no encuentran trabajadores para recoger fruta, verdura…, y echan mano de los migrantes. Primero, digo yo, habrá que utilizar la materia prima de la zona y alrededores y luego, si es necesario, ampliar con los migrantes.

Las subvenciones solucionan algo puntual y nunca son métodos de pervivencia. Hay que reducir drásticamente el paro con unos sueldos dignos. Así es como se consigue un rendimiento digno y satisfactorio y una anulación de la subvención. Solo en cuestiones de detalle puede sostenerse la protección de ciertas asociaciones no lucrativas. Siempre habrá gente desprotegida y abandonada que requiere un acercamiento y una ayuda inmediata. Pero no podemos fragmentar el país en un reguero de chiringuitos que favorezcan en parte el desempleo y la indigencia.

El gobierno también podría poner coto a las tremendas desigualdades entre los españoles. Algunos ganan tanto que tardarán generaciones en gastar ese dineral. Es cierto que si es algo privado, poco podemos influir, pero casi siempre hay recovecos para aquilatar esas barbaridades. Es cierto que algunos generan ese dinero, pero podría haber un límite y así se podría repartir más y mejor entre aquellos más desfavorecidos.

En algunos casos el Gobierno puede y debe intervenir, sobre todo en aquellas empresas donde tiene mando y control. Y no se hace nada. Quizás esperan las puertas giratorias y eso sería otro cantar.

La vivienda podría ser controlada. Todos se merecen una vivienda digna, acomodada a su trabajo. Nadie debería dormir a la intemperie, a no ser que lo persiga. El gobierno ha de facilitar esa vivienda y la mejor manera es a través de un trabajo digno. Sabemos que no todos van a tener trabajo, a pesar de que el pleno empleo lo llevo oído desde el comienzo de los tiempos. Posiblemente nunca se consiga —a veces, por culpa de los propios interesados—, pero hemos de luchar por esa total incorporación.

Algunos políticos predicaron la provisionalidad del cargo. Pero o se marcharon o no volvieron a las andadas. Pienso que la política, los cargos, deberían tener una caducidad. La gente debería acceder al poder desde su puesto de trabajo y volver más tarde a él. Mientras ejerciera el cargo de político podría añadir a su nómina de antes un complemento de cierto nivel. Y no más. Pero que quede claro que está de paso y que se debe entregar al bienestar de quienes lo votaron. Ahora a poco que estén en el poder ya se pueden retirar con una pensión sustanciosa y a vivir que son dos días. No tiene sentido este actual sistema. Algunos ruedan de una institución a otra para acabar en el Senado como premio y se pasan toda una vida en esa rueda sin mayores problemas.

Mientras escribo esto —me acuerdo de Stephen King— soy consciente de que nada de lo que expongo se va a cumplir. Ojalá me equivoque. De verdad. Ojalá acierte con algún concepto. Ojalá. Tal vez, el pleno empleo esté al caer —qué iluso— y no lo advierto. En vez de lanzar tantas leyes de poca chicha, podrían arremangarse en consensuar parte de este listado referido. All right.

¿Cómo saldremos de ésta?
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