sábado 31/10/20

La Concejalía de Participación Ciudadana debe reflexionar

Entre amenazas e indignación concluyó, el 1 de octubre, la segunda ronda de consultas vecinales con la que la Concejalía de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de León pretendía conocer las necesidades de los barrios a través de sus vecinos. Deseo compartir con el lector lo ocurrido en una de estas consultas para poder así incitar a una necesaria reflexión.

El 29 de septiembre llegábamos una veintena de vecinos representando los barrios de Armunia, Palomera y San Pedro al salón de actos del Ayuntamiento. La media de edad superaba los 50 años, y muchos de estos vecinos ya pertenecían a las asociaciones de sus respectivos barrios. Fuimos recibidos por la concejalía de Participación Ciudadana, que agradeció nuestro compromiso con la ciudad, y se dispuso a impartir, pedantemente, una clase exprés de democracia directa que fue recibida con alguna que otra risa por la oposición, también allí presente. Procedieron con un ejercicio de transparencia: explicando dónde se estaban destinando los fondos Edusi-León Norte (Estrategias de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado de la Unión Europea), cuáles habían sido las propuestas proporcionadas por los vecinos para mejorar sus barrios en rondas anteriores y cuál era el estado actual de implementación de dichas propuestas.

Media hora había pasado; ya estábamos ansiosos por poder intervenir y algo cansados de escuchar a la concejalía hablarnos unidireccionalmente sobre cosas que en gran parte ya conocíamos. «¿Todavía os llega ahora?», interrumpió sarcásticamente un vecino de Armunia en voz alta refiriéndose a una de sus propuestas. «Nos llegó esta mañana», respondía la concejalía visiblemente desestabilizada por la interrupción. «¿No os llegan nuestras cartas?» continuaba; «es que Armunia no existe… nos tienen olvidados…» se lamentaba otro vecino en voz baja. «No, ¡claro que existe! ¿a qué se refiere?» replicaba la concejalía. Por fin se establecía un diálogo recíproco entre ciudadano y concejal. Por fin la consulta se empezaba a asemejar a la democracia directa de la que habían hablado al principio. Todos nos habíamos despertado de nuestro aletargo y escuchábamos atentamente las palabras que se intercambiaban en el salón con ganas de intervenir.

Pero esto no duró mucho. Rápido la concejalía mencionó el límite de tiempo y la necesidad de esperar a nuestro turno para hablar, matando así, bajo cobarde burocracia, el germen de un diálogo que debería ser incentivado, ya que podría haber destapado ansiedades y preocupaciones de la ciudadanía que deberían ser de gran importancia para la concejalía. Una vez terminado el discurso programado de la concejalía, por fin nos tocaba a los vecinos, siempre en orden, expresar nuestras preocupaciones. Temas comunes como la falta de espacios verdes y críticas sobre proyectos como Ordoño II o la introducción de la zona 30 no faltaron, pero conviene destacar dos intervenciones.

La primera, la de una vecina de la Palomera, que mencionó el problema de los excrementos de los perros, y proponía que los vecinos llevaran una botella de agua para diluir el orín de los animales eliminando así su olor. Su discurso fue recibido con risas y burlas de los mismos vecinos y, aunque es cierto que su propuesta era algo inocente y poco urgente, ¿no merecía un mínimo de respeto como ciudadana ejerciendo su derecho a expresar sus preocupaciones? Tal vez aún no estemos listos para participar en eventos democráticos como este.

La segunda intervención a destacar, la más importante de toda la consulta, fue protagonizada por vecinos de Armunia y algunas asociaciones. Esta expuso los fallos estructurales de las consultas y casi de la concejalía en general. En ella, varios vecinos de Armunia participaron saltándose de nuevo los turnos—visibilizando con esta acción su indignación ya incontenible—para denunciar el «abandono que lleva sufriendo Armunia desde hace 50 años». Según ellos, este barrio «ni aparece en el mapa» y tiene una grave falta de seguridad que hace posible: carreras ilegales, tráfico de drogas y exige que muchos vecinos «salgan a la calle con espray de pimienta para pasear a su perro». Llegaron incluso a amenazar a la concejalía con cortar calles si no se tomaba acción contundente pronto.

Por otra parte, las asociaciones de vecinos allí presentes denunciaban que el Ayuntamiento las ignora; que no las consulta para implementar proyectos como la zona 30. Argumentaban que pueden «priorizar los problemas de sus barrios mucho mejor que estas consultas», porque, entre otras cosas, «cada asociación cuenta con más de cincuenta miembros» cuando estas consultas atraen a poco más de veinte vecinos entre tres barrios. Es imperativo que la concejalía aborde estos problemas, porque está claro que, aunque sería beneficioso e incluso romántico, una fuerte participación ciudadana bajo democracia directa aún está lejos de hacerse realidad. La concejalía debería ser pragmática y estrechar lazos con las asociaciones de vecinos existentes para coordinar el desarrollo de los barrios a medio plazo.

Me gustaría finalizar enfatizando la importancia de la infraestructura, no sólo desde el punto de vista práctico, sino desde el social. Los antropólogos prestan mucha atención a la infraestructura, ya que como bien público, representa la relación entre el estado y la ciudadanía, pero debido a su omnipresencia, a menudo los ciudadanos infravaloran el papel que la infraestructura juega en su día a día. El historiador americano Stephen Kern (1983) argumentaba que la infraestructura afecta nuestro sentido del tiempo, pudiendo hacernos sentir atrapados en el pasado y, por ende, truncar nuestro optimismo y esperanza. No hay que ir más allá de barrios como Armunia o San Mamés para presenciar este fenómeno, donde la falta de servicios y su estética deprimente perpetúan su estado de subdesarrollo al espantar asentamiento de negocios y población.

La Concejalía de Participación Ciudadana debe reflexionar
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