jueves. 30.06.2022

El presidente de Méjico parece un hombre afable, simpático y cordial, si hemos de juzgar por el dibujo en su rostro de un ademán apenas esbozado de sonrisa perenne. Es popularmente conocido como AMLO, siglas de su nombre y apellidos, Andrés Manuel López Obrador. Este de los acrónimos, cuanto más llamativos, mejor, es un recurso habitual al que los novohispanos son muy inclinados. Sin alejarse mucho de Méjico, hubo en Honduras hace treinta y tantos años un JAH (José Azcona Hoyo), de ascendencia por cierto también española y cántabra, como la de AMLO, sucedido años después por JOH (Juan Orlando Hernández), este de infeliz memoria, porque nada más concluido su mandato fue extraditado a USA para ser juzgado por delitos de narcotráfico.

AMLO llegó a la presidencia en 2017, tras intentarlo otras veces, incluso dentro del partido que gobernó en Méjico durante setenta años, el PRI (Partido Revolucionario Institucional), prodigio de contradicción donde las haya, entre revolución en movimiento (o no hay revolución) e institución estática (o no sería institución). Ese año 2017 logró su objetivo liderando un movimiento creado por él, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), caudillo así consagrado en la misma invariada senda del viejo populismo, renovado en los últimos tiempos por él y otros líderes de aquellos rumbos con incorporaciones como el concepto de «pueblos originarios», para referirse a los indígenas de siempre.

Siguiendo una práctica común a todo «populero» que se precie, AMLO alimenta a su grey todas las mañanas con unas pláticas justamente llamadas mañaneras. En una de ellas exigió al rey de España que pidiera perdón a Méjico por la colonización que trajo como consecuencia el genocidio de los pueblos originales mejicanos. En otra ocasión, comentando la invasión rusa de Ucrania, afirmó que ellos, los mejicanos, sabían de invasiones por haberlas padecido: «nosotros, dijo, fuimos invadidos por los españoles». Resultó curioso y sorprendente oírlo de labios de quien es de ascendencia española inmediata, en cuanto nieto de cántabros emigrados a Méjico en busca de fortuna, que sin duda hallaron y la prueba es el éxito de él mismo al frente del gobierno del gran país, de modo que la afirmación podría sonar algo así como «nosotros nos autoinvadimos», lo que resulta en despropósito, por sonriente que su emisor se muestre en el trance. Pero en fin, el caso es que sus reclamaciones no han cesado, las últimas contra grandes empresas españolas, que operan en el ámbito de la banca y los recursos energéticos, denunciadas por sus abusos y expolios de los «pueblos originarios».

Siguiendo una práctica común a todo «populero» que se precie, AMLO alimenta a su grey todas las mañanas con unas pláticas justamente llamadas mañaneras.

En el inventario impugnador de los españoles echo en falta un argumento que podría darle un juego excelente a sus invectivas mañaneras. Lo encontré en el escrito de un español como sus abuelos. Entre los cronistas o historiadores de la conquista de la Nueva España ocupa un lugar notable el llamado Francisco Cervantes de Salazar. Era este un cura toledano, notable humanista formado en Salamanca, que fue por ejemplo un tiempo secretario de cartas latinas del cardenal García de Loaysa, presidente del Consejo de Indias. Seguramente tal circunstancia propició que hacia 1550 pasara a la Nueva España, buscando, como tantos, su fortuna. En Méjico pudo completar estudios y desempeñó diversos cargos, como profesor y también rector de la Universidad. Fue asimismo canónigo de la catedral. Murió allí en 1575.

Antes de los estudios dichos, el rectorado y la canonjía, se dedicó durante unos años en torno a 1560 a elaborar una historia de los hechos relacionados con la conquista de la Nueva España. Rotuló el libro resultante Crónica de la Nueva España. Cervantes es un narrador minucioso y de buena prosa castellana, acorde con su formación en letras clásicas.

El capítulo IV de ese libro se desarrolla bajo este rótulo: De la calidad y temple de la Nueva España, y en él hallamos la tan inesperada como sorprendente noticia. He aquí «pericopado» este párrafo ejemplar, y no importa si la cita es larga, siendo la prosa buena y la noticia sabrosa: «En lo que toca a las pluvias y aguas del cielo, aunque diferentemente se siguen según el temple de las provincias, por la mayor parte en toda la Nueva España son muy grandes (…) Suele llover, cuando es la furia, treinta y cuarenta días arreo (‘seguidos’), sin cesar, y (ahora la revelación) dicen los indios viejos que después que vinieron los españoles no llueve tanto, porque antes solía durar la pluvia setenta y ochenta días sin escampar…»

No entiendo cómo AMLO no ha incorporado todavía la ya vieja noticia a su manual de imputaciones contra quienes sojuzgaron su territorio «originario», atmósfera incluida, para denunciar la responsabilidad de los españoles en el cambio climático, reos por tanto del doble delito de genocidio y ecocidio. Estas «divinas» y mundiales palabras perfectamente podrían servirle de señuelo para atraer la atención de sus fieles clientes mañaneros, distrayéndola siquiera un rato de los problemas domésticos locales, concretos, inmediatos, urgentes y cotidianos.

La conquista y la lluvia
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