domingo 16/1/22

Aprincipios de los años 70 del otro siglo, recuerdo haber pasado por Encinedo, cabecera del ayuntamiento cabreirés del mismo nombre. Era la primera vez y lo más vívido de ese recuerdo es que a la entrada misma del pueblo, a la izquierda había una casa grande con un corredor abierto sobre las puertas carretales con leña cortada y apilada a un lado. Un friso de flores rojas recorría la franja baja del corredor. Eran geranios y aquella pequeña explosión de color me sorprendió y me llenó de admiración.

Por entonces Cabrera todavía sonaba en el imaginario social como emblema de atraso y marginación, correspondiente a su propia localización en la cabecera sin salida del gran valle al que el río presta su nombre en ese extremo sur-occidental de la provincia leonesa. Mucho tenía que ver en esa percepción el libro clásico de Carnicer, de cuya publicación apenas habían pasado diez años. Es curioso que muchos años después el mismo libro recibido por los cabreireses como una ofensa terminó saludado con agradecimiento, porque en efecto gracias a él las cosas empezaron a cambiar en Cabrera. Pero volvamos a aquel balcón de los geranios que se presentó ante mis ojos sorprendidos como una suave impugnación de la figura en negro de Cabrera.

Una mujer en la madurez de su edad estaba apoyada en la barandilla, inclinada sobre los geranios. La saludé, alabé los geranios. Ella sonrió. En la conversación que siguió le pregunté por la casa de ladrillo que estaba a un lado de la carretera junto a la iglesia. Me respondió que era la escuela nueva de la que precisamente ella era la maestra. Y al instante, aquellos geranios, orla de su casa y de una calle del pueblo, se me revelaron de pronto ilustrativos de un claro designio pedagógico con la belleza en liza. Ella se llamaba Olimpia.

Lo que Olimpia contaba de sus viajes a León sonaba a mis oídos con acentos de odisea. Uno de los caminos era por la sierra de La Baña para coger el tren en Quereño, un viaje largo y lleno de peligros, no solo en la sierra, también en el tren mismo

Años después, tuve la oportunidad de tratarla a menudo. Olimpia era natural de Losadilla, muy cerca de Encinedo, miembro de una familia y hasta diríamos que una saga extraordinaria. Su padre, también de Losadilla y maestro de la escuela, se casó con una mujer del pueblo. El matrimonio tuvo diez hijos, tres varones y siete mujeres, de los que ocho nada menos hicieron la carrera de magisterio en León. Lo que Olimpia contaba de sus viajes a León sonaba a mis oídos con acentos de odisea. Uno de los caminos era por la sierra de La Baña para coger el tren en Quereño, un viaje largo y lleno de peligros, no solo en la sierra, también en el tren mismo, donde en cierta ocasión le robaron la quilma con las provisiones para una temporada. El otro camino atravesaba toda la Cabrera Alta hasta Castrocontrigo, donde tomaba el coche de línea.

Las dificultades se agravaron durante la guerra civil, cuando en 1937 un grupo de falangistas mató a su padre en Forna. Su delito consistía en su condición de maestro con un agravante insoportable: había recibido en su casa a Félix Gordón Ordás, durante el recorrido que este hizo por Cabrera en la campaña electoral para las elecciones del 36. El impacto en la numerosa familia es fácilmente imaginable.

El trato con ella que decía se produjo a raíz de que en 1999 el Ayuntamiento abriera el museo etnográfico precisamente en el edificio que había sido la escuela de Olimpia, una vez cerrada para concentrar a los alumnos en un centro nuevo de Quintanilla de Losada.

Este museo fue la obra más querida y cuidada por Dª. Concha Casado, su inspiradora y principal promotora. Olimpia, para entonces ya jubilada, era muy amiga de Dª. Concha, que la convenció para que prolongara su labor pedagógica en el campo de la tradición.

Ella pues asumió con entusiasmo el encargo y guiaba al visitante por las dos salitas en que el museo se distribuye. La primera y más grande expone toda la vida tradicional campesina, la vivienda, los oficios, los trabajos y utensilios, desde el carro y sus elementos hasta el manal de la maja. Precisamente a propósito de esta, Olimpia recordaba siempre una canción que se cantaba en Losadilla y otros pueblos al ritmo de los manales golpeando la era: «Daime vino, daime vino,/ agua no le he de beber;/ anda una coca en el río,/ temo que me ha de morder».

Pero donde su magisterio alcanzaba la perfección era en la otra salita, dedicada al lino, en un recorrido desde la semilla en un cuenco, que seguía por la cosecha, el trabajoso tratamiento y el telar hasta un paño blanco de ofrenda, fruto del proceso. Ella ilustraba el recorrido echando mano de la rueca y el «fuso». Y así pasaron años, diez o doce. Supe después que, aquejada de enfermedad, se había trasladado a León, donde por fin murió.

Un día, más de cuarenta años después de mi primera visita a Encinedo, pasé de nuevo por el pueblo. Me sorprendió ver la casa de Olimpia restituida con primor, con sus grandes puertas carretales y a un lado trozos de leña apilados contra la pared bajo el corredor, que allí seguía con su zócalo de geranios rojos. Una mujer de edad mediana estaba apoyada en la barandilla, levemente inclinada sobre los tiestos en flor. La saludé, le alabé los geranios. Ella sonrió, agradecida por mi cumplido. Le dije entonces que hacía muchos años yo había saludado por primera vez a una mujer llamada Olimpia en el mismo sitio y la misma postura en que ella estaba ahora. Sonriendo de nuevo, me respondió que era su hija.

La tradición era eso.

Corredor con geranios
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