sábado 4/12/21

No creo en el sistema de enseñanza actual, sí ya sé lo que piensan ¡vaya noticia! ¡Si nadie cree en él!, es cierto, pero permítanme hacer una reflexión basada en los 25 años que he estado en contacto con él por motivos laborales, lo que me ha permitido ver y analizar algunas características que me reafirman en la premisa de que no funciona.

Tampoco descubro nada nuevo si digo que el primer motivo es que utilizamos un sistema heredado del siglo pasado, basado en las necesidades y posibilidades de una época trasnochada que no tiene nada que ver con la que vivimos.

Cuando nació este sistema, el conocimiento estaba en manos de unos pocos, había escasos medios para conseguirlo por uno mismo y por ello era necesario preparar personas que tuviesen conocimientos para enseñar a otros. ¡por favor! tengan en cuenta la palabra enseñar ya que para mí tiene una importancia extraordinaria en el grave problema del sistema educativo.

En aquella época, además, existía un elemento de suma importancia para que el proceso funcionase: había mucha gente con ganas de aprender (otra palabra esencial). Podríamos decir que había dos tipos de personas: las que necesitaban aprender y las que querían aprender. El proceso, tal como se montó, funcionó. Teníamos personas que querían aprender y disponíamos de gente con conocimientos para enseñar. Estos últimos podían ser mejores o peores como pedagogos, podían tener vocación o no, tampoco importaba mucho, lo único que importaba es que «eran portadores de conocimientos». Podríamos resumirlo en una sencilla fórmula: Profesor/alumno: enseñanza = necesidad de aprender conocimientos + entusiasmo.

En ese momento de la historia la falta de vocación de los profesores, y como consecuencia la falta de entusiasmo por resolver una necesidad humana, era compensada con creces por el entusiasmo de las personas que necesitaban aprender o querían aprender. Por tanto, la metodología de la enseñanza era válida para el sistema educativo.

Pero en la época actual han cambiado muchas cosas (y más que van a seguir cambiando), especialmente un aspecto fundamental: No hay necesidad ni ganas de aprender. No se ve la necesidad, pues ese aprendizaje no nos garantiza un puesto de trabajo, y son muy pocos los que descubren el gusto por aprender, dado que el propio sistema acaba con el placer de aprender.

Hoy, lo que sobra y es sencillo de encontrar es el conocimiento, nos llega por todos los medios y sentidos sin hacer ningún esfuerzo, incluso nos satura. Probablemente hoy muchos niños con 10 años tienen miles de conocimientos más en sus manos (nunca mejor dicho, ya que está a golpe de ratón) que los enseñantes del siglo pasado, con lo cual la fórmula anterior no es válida, y sin embargo, seguimos utilizándola. Si no hay necesidad de aprender ni gusto por hacerlo, no habrá entusiasmo en los alumnos, es decir, no se produce la enseñanza.

Por eso hoy no se requiere, —es contraproducente desde mi punto de vista—, enseñar, no se necesita un señor que tiene muchos conocimientos en la cabeza y una actitud de superioridad. Al no existir la necesidad de aprender contribuye a todo lo contrario, ayuda a matar aún más el componente esencial del aprendizaje que yo entiendo es el entusiasmo.

Hoy necesitamos personas que tengan conocimientos, pero sobre todo, que tengan vocación y entusiasmo y que además «quieran» transmitirlos porque le apasionan. Esta actitud llevaría a la fórmula: Maestro (persona que muestra)/ alumno: Entusiasmo + ayudar a descubrir, organizar, selecionar = se contagia y genera ganas de aprender

Como vemos, de la fórmula ha desaparecido el término enseñar, pero quiero resaltar el término entusiasmo que debe ser intrínseco al profesor. El entusiasmo por ayudar a descubrir, por contagiar el gusto de lo que se muestra sólo se puede generar en una persona con vocación, palabra casi olvidada para la mayor parte de los profesores y por desgracia para muchos maestros.

Ser profesor hoy en día no es sinónimo de tener entusiasmo por la asignatura que se imparte. Por mi experiencia y contacto con miles de profesores a lo largo de estos 25 años visitando colegios, creo que un porcentaje muy alto de profesores no tiene vocación, lo son porque no pudieron llegar a desarrollar la profesión que hubieran querido o bien han buscado esa salida para tener un puesto seguro, algo que a mi humilde entender está muy alejado de tener vocación. Si a esto le añadimos que no reciben una formación adecuada para compensarlo, ¿qué podemos esperar? ¿A alguien le puede extrañar que exista el fracaso escolar que tenemos? ¿Somos tan ingenuos como para esperar que esto funcione? (Por supuesto, hay excepciones: no todos los profesores o maestros están faltos de vocación o entusiasmo, «haberlos haylos», además, con mucho valor y coraje porque deben luchar contra el sistema)

Siendo un poco osado, me atreveré a dar alguna recomendación. Estos maestros y profesores con mayúscula tienen unas características comunes: entusiasmo por lo que muestran; mucha vocación; mucho compromiso con sus alumnos a todos los niveles, no sólo el educativo sino también el personal; sin pretensiones de enseñar sino de acompañar para ayudar a descubrir.

Creo que si queremos acabar con el fracaso escolar debemos transformar el sistema de formación y selección actual de los profesores. Tal vez debamos sustituir asignaturas teóricas por conocimientos y técnicas de coaching, técnicas de motivación, más dominio de las herramientas informáticas y digitales, más cursos de especialización y reciclaje con los que mostrar con el ejemplo a sus alumnos la necesidad de estar aprendiendo de forma continua, etc. Pero, sobre todo, una mejor selección basada en la vocación, en la pasión por lo que quieren contagiar a sus alumnos.

¡No creo en el sistema educativo!
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