martes 24/5/22

La historia se conoce, pero no se recuerda.

«Me da igual si hay una guerra mundial o no». Con estas palabras, el 15 de septiembre de 1938, exigía Hitler la incorporación de los Sudetes (minoría germanófona que habitaba Moravia, algo así como la cuenca del Donbás en Ucrania) al Tercer Reich.

Checoslovaquia, víctima de la actitud de Pilatos del Reino Unido y de Francia, se vería obligada a ceder buena parte de su territorio. Sin embargo, solo unos días más tarde el dictador aumentaría sus exigencias, estableciendo incluso fecha para su inapelable cumplimiento.

El 30 de septiembre, sin Checoslovaquia, apartada, pero de la mano del dictador Mussolini, se firmaban en el Führerbau los vergonzantes acuerdos de Múnich, creyendo que se satisfacía con eso la voracidad de la serpiente aria. Desde entonces ya no habría remedio. Hitler iría engullendo todo a su alrededor hasta la Segunda Guerra Mundial.

Pero no pretendo hablar de la historia de la guerra, sino de sus causas.

El escritor Enrique Ortega Herreros, en su artículo del día 12 de abril —en el que amablemente me menciona—, titulado: ¿Cobardía, valentía, impotencia?, ya nos advierte de un Occidente compungido, a la vez que recuerda un versículo del Evangelio. «Por sus frutos los conoceréis» (Lc. 6.43-44). También recuerda, como uno de los pilares de nuestra cultura, el principio ético del amor al prójimo.

El espíritu de Múnich nos muestra qué alejado estaba Occidente de nuestras verdaderas raíces, de la verdad fundacional de Europa: su fe judeocristiana.

Cuando Goliat —que al parecer medía casi tres metros y llevaba una coraza de cincuenta kilos; lo que viene a ser, en proporción, como las kilométricas filas de los tanques rusos— desafió al ejército de Israel, solamente un pastor casi adolescente, David, movido por la fe, se ofreció a pelear.

Hoy, desprovista nuestra Europa de sus defensas cristianas, me parece esta tan débil como aquel ejército amenazado por el tamaño de Goliat y de sus filisteos. Retirar el Crucifijo de las escuelas no es sino la consecuencia de la nueva religión laicista en la que el Padre es el Estado, y el individuo, para permanecer cómodamente en su «refugio», ha de perpetuarse en la infantil etapa que supone no combatir por nada, puesto que ya no hay nada por lo que combatir, o, mejor dicho, nadie; el Otro (que no el hermano) es percibido a la manera relativista de los modernos estados-nación: producto e instrumento al servicio de la técnica y el bienestar, de tal modo que habiendo sido declarada la fe cristiana—la única verdadera revolución, en la que el otro experimenta la forja de su dignidad por ser, precisamente, a imagen de Dios— como una historia a superar, queda el hombre paralizado, por cuanto aun en la intuición de lo que sigue siendo, no sabe exactamente lo que es, más que esa nebulosa con la que cada uno se identifique en el ordenamiento «racional».

Y en tanto en cuanto las certezas del hombre son también una especie de nebulosa —entre el limbo de la ciencia, de la que todo se espera conocer, y el limbo de la experiencia efectiva y cotidiana, de una constante indeterminación—, no hay mucho más que hacer sino admitir nuestro papel secundario y esperar a que las decisiones del buen legislador no nos conduzcan a la guerra.

«Al oír lo que decía el filisteo, Saúl y todos los israelitas se consternaron y tuvieron mucho miedo» (1 Samuel 17:11)

Las concesiones que Chamberlain  acordó con Hitler no sirvieron de nada, y toda la política de no intervención (real) no servirá de mucho; habrá que combatir, tarde o temprano. Entonces la cobardía de Múnich hizo más fuerte al nazismo, pero en 1938 se consideraba a Hitler una amenaza menor si sus víctimas iban a ser, únicamente, los europeos del Este. De momento, Putin se conforma con ir aniquilando a los ucranianos.

Después de la Primera Guerra Mundial se temía un Apocalipsis. Ahora se están haciendo cálculos con los millones de muertos que causaría un impacto nuclear. Vivimos, lo estamos padeciendo cada día, en el régimen del miedo. Y, ciertamente, hay mucho que temer cuando en la civilización más «exitosa» de la historia no se percibe futuro. Es paradójico que se piense en hacernos inmortales por medio de la ciencia mientras sentimos el futuro como una amenaza.

Un pueblo sin identidad solo tiene presente, pero el presente sin identidad se convierte en una mera sucesión de instantes. Si nuestra identidad ya nos resulta extraña, si la revolución cristiana ha sido sustituida por la ideología, solo nos queda agonizar a la espera de que tarde o temprano la amenaza de la masacre nuclear se cumpla. Esta es la crisis de una civilización.

El verdadero cristiano, esté donde esté, puede ser en la Europa occidental o en la bizantina, creerá en un Hombre que ha sido crucificado. (Y eso lo cambia todo). En ese sacrificio por amor se conforman sus deberes y su universo moral. Su identidad.

Crimen de Estado
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