domingo. 07.08.2022

No es una fantasía de pobres ni de descarriados; la Constitución Española, en su artículo 47, impone la siguiente obligación: los poderes públicos promoverán las condiciones para hacer efectivo  el derecho al disfrute de una vivienda digna, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías… etcétera. Y es evidente que todo esto se incumple; no pocas veces de manera perversa, como en la venta de vivienda pública a los fondos buitre, encadenando desahucios; pero ni las comunidades cumplen ni, lo que es más grave, el Gobierno adopta las medidas para obligar a su forzoso cumplimiento, como también es exigido en nuestra Carta Magna.

Hace tiempo que no existe ni izquierda ni derecha: queda el partido de la corrupción, la mentira, el despilfarro, el incumplimiento, la dilapidación de los caudales públicos, el del poder a toda costa y pese a todo. Los políticos, al menos los que estamos padeciendo desde hace mucho tiempo, no son útiles ni son eficientes.

León es una estela interminable de pobres. Pobres de toda clase y condición: delgados, gordos, hombres, mujeres, lúcidos, locos, que se asoman a la vida de la ciudad tras el telón de acero de la pobreza que los separa irremediablemente. Mirando desde el suelo el ser humano deja de sentirse humano: se piensa algo menor, algo difuso que no alcanza a ser real en las miradas de quienes le contemplan desde la altura del dinero (aunque sea poco). Hay pobres con vivienda, pero el que no tiene donde vivir es un pobre de otra categoría: no se tiene a sí mismo. La vivienda, la casa, el lugar donde habitar no dan forma a una causa suficiente para la identidad vital, pero sí necesaria: conforman la distancia desde la cual el hombre pueda concebirse a sí mismo como real, distinto, subsistente; es decir, que existe con todas las condiciones propias de su ser y su naturaleza. Su humanidad.

Privar al hombre del derecho a una vivienda es violentar su humanidad y violentar a la humanidad misma, que habita en él, indefectiblemente, aunque se sienta un animal, aunque en lo más profundo de su ser haya dejado de sentirse persona, incluso aunque ni siquiera se comporte como tal y pase los días y las noches vagando de rincón en rincón, de banco en banco, de suelo en suelo, alcoholizado, en soliloquios infinitos o hablando con las piedras.

No sirve el argumento atroz de que está en la calle porque quiere.

La estela de los pobres de León no mengua en el invierno pese a las nieves frías que blanquean las mantas de los cuerpos todavía calientes de los muertos. O aquellos que se van acostumbrando a morir, sin anunciar el día. No hay camas para ellos. Apenas treinta. Lo repito: no hay camas suficientes, ni siquiera eso. Es una vergüenza que a los políticos no se les caiga de la cara de vergüenza, pero además es delictivo: se está violando la constitución, conculcando un derecho elemental.

Y aunque este sea casi el pan de cada día, aunque se asuma la actividad fraudulenta —desde la malversación de dinero público hasta que no sean capaces de garantizar el derecho a estudiar en nuestra lengua o que nombren a los mismos jueces que podrían juzgarlos—, resulta especialmente infame la privación de un derecho sin cuya articulación se diluye la frontera entre la persona y lo animal. Y se diluye no solamente para quienes se quedan en la franja de los desheredados, perdiendo su sentido humano, sino para quienes los observan desde la otra orilla: el indigente se percibe entonces como quien, habiéndose distraído de la vida de todos los demás, fuese a caer al pozo, es decir, atribuyéndose su estado a una responsabilidad exclusivamente propia, que no solamente lo victimiza dos veces, sino que justifica, para sosiego de la conciencia escrupulosa, la miseria que él padece. Pero el indigente es precisamente lo contrario: una parte constitutiva y necesaria de esa vida de todos los demás. Ningún hombre es un hombre flotante. (No existe por sí mismo). Así tampoco el indigente es indigente por sí mismo (sin que esto tenga que ver con la libertad ni se oponga a ella) sino que lo es en cuanto a un mundo que le constituye y con el que su vez interacciona. No hay una genética de indigente ni unas variables psicológicas propias del indigente. Cualquier hombre puede serlo y veremos cuántos en el futuro lo serán, habida cuenta de que el sistema en que vivimos nos demuestra su necesidad de que cada vez sean más los que tienen menos.

(Toda esta concepción individualista del hombre hecho así mismo —yanqui, protestante, anticristiana, liberticida— forma parte de una necia psicologización del mundo y los problemas sociales que de psicología no tiene nada y de filosofía nada bueno, sino que está creando a una especie de hombre-robot cuya mirada no se extiende más allá de su propio reflejo: puede mirar mucho, deudor de tanto medio virtual, pero no ve nada. O lo ve a la manera que ha naturalizado el sufrimiento hasta los límites más obscenos de su contemplación sin que nada cambie).

Pero doscientos indigentes aflorando en las aceras, los soportales, y los bancos, son traspasar el límite de lo inaceptable, cuando existen los recursos (y por lo tanto han existir obligaciones) para que esa naturaleza humana, desbordada en su crecimiento tristísimo, no sea tan violentada.

Pues mientras el número de los más que pobres no deja de crecer, tampoco se detiene el gasto político en esa forma de corrupción asimilada que conforman los asesores y sus “altos” cargos, en definitiva, los vagabundos ricos del compadreo, los compinches de quien, para perjuicio de todos, pero, sobre todo, de los que no tienen nada, viven gozosamente ajenos. Y esto no se puede permitir. Es, cabalmente, un crimen de Estado. La vida de los que no tienen más casa que el suelo importa tanto como la de los adinerados a dedo por los políticos de turno (falsa democracia) y la de los políticos mismos, pero nos sale infinitamente más barata y no es necesariamente menos útil. (Ahí están los resultados de un país empobrecido: más del 115,2% del PIB). Hay más de treinta mil personas sin hogar en España, mientras el gasto de estos asesores y amiguitos suma decenas de millones de euros.

Pero volvamos a nuestro más cercano paisaje. El nuevo ejecutivo de la Comunidad ha aumentado, pese a criticarlo previamente, el gasto tan superfluo que se menciona. Dos millones de euros que deberían estar, sobre todo, al servicio de la ley. Luego, si acaso, lo demás… ¿Pero cómo va exigir el indigente, que ni siquiera tiene estatus de ciudadano de ley, que se cumpla la ley que ampara sus derechos? Bastante tiene con ser capaz de levantarse del suelo después de las heladas).

La costumbre de contemplar sin drama una ciudad que se levanta sobre las ruinas de sus pobres es aún más miserable que la propia miseria. Y debería ser un clamor lo que es exigible: la articulación de las medidas necesarias para que nadie, absolutamente nadie, viva enterrado en la pobreza. Es hora de que los políticos, por una vez al menos, hagan lo que tienen que hacer.

No queda mucho ya para el invierno.

Crimen de Estado (los miserables)
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