jueves. 30.06.2022

Son numerosas las señales que hablan de una fuerte crisis en la Iglesia Católica en España y en general en todos los países occidentales.  Cada día se reduce más el número de vocaciones sacerdotales y de vida consagrada, la asistencia a misa ha caído a niveles alarmantes y los jóvenes simplemente han dejado la Iglesia en masa. En la Memoria anual de actividades de la Iglesia 2020, publicada el 11 de mayo de 2022 por la Conferencia Episcopal Española, aparecen datos de vértigo: solo un 29% de los niños nacidos en ese año fueron bautizados, solo el 14% de las bodas se celebraron por el rito católico y la práctica dominical se situó en el 16,5%. Por el contrario, su actividad social y caritativa ha experimentado un gran incremento, debido a las situaciones de necesidad causadas por la pandemia.

Para intentan explicar este fenómeno, han aparecido tantas teorías como analistas del mismo. Estas teorías se pueden agrupar principalmente en dos: una que culpa a la cultura dominante y la otra que culpa a la misma Iglesia. La que culpa a la cultura está defendida principalmente por la jerarquía eclesiástica y la que culpa a la Iglesia la defienden dos corrientes de pensamiento: los conservadores y los liberales.

La jerarquía católica tiende a culpar a la cultura contemporánea de los problemas de la Iglesia y señala como causas de la crisis el consumismo, el individualismo y el laicismo principalmente. Los medios de comunicación bombardean a la gente con imágenes y mensajes que son contrarios al cristianismo: la felicidad viene del sexo, el dinero y el poder. Las estructuras sociales que sustentaban la religión también se han debilitado. El mundo rural, que en otro tiempo reforzó las comunidades y transmitió los valores religiosos, prácticamente ha desaparecido, y los barrios étnicos de las ciudades, que también colaboraron en la socialización de valores tradicionales, han experimentado un declive a medida que sus residentes se han ido integrando en la ciudad o se han impregnado de cultura urbana.

Hay mucho de verdad en esta explicación cultural de la crisis de la Iglesia, pero culpar a la sociedad y su cultura dominante es como culpar al clima.  Este es el mundo en el que vivimos y la Iglesia tiene que aprender a vivir y lidiar con este mundo.  Aislarse para vivir la fe y crear un gueto católico no es una opción. 

La otra teoría que culpa a la Iglesia de su declive es defendida por una corriente conservadora y otra liberal.  Ambas culpan a la jerarquía por no tratar adecuadamente los problemas que van surgiendo en la actualidad. Los conservadores señalan con el dedo a los sacerdotes y obispos por no estar a la altura de las circunstancias. Dicen que los cambios introducidos por el Vaticano II socavaron la credibilidad de la Iglesia, porque el cambio supuso admitir que la Iglesia se equivocó en el pasado.  En otro tiempo la Iglesia te mandaba al infierno por comer carne los viernes;  ahora te dice que ya no hay infierno. Antes te dijeron que la Misa dominical era obligatoria y siempre sería en latín;  ahora te dicen que tiene que ser en castellano o en cualquier otra lengua vernácula.

Los conservadores también culpan a los teólogos por confundir a la gente al debatir públicamente asuntos morales y doctrinales que la jerarquía dice que son enseñanzas definitivas. También creen que el mensaje de justicia social de la Iglesia la distrae de sus tareas sacramentales y dogmas tradicionales. Algunos argumentan que el diálogo ecuménico e interreligioso ha llevado a la creencia de que todas las religiones son igualmente válidas.  Los conservadores creen que el Papa Francisco va en la dirección equivocada y oran por un regreso a las políticas de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

La versión liberal, por su parte, señala con el dedo a la jerarquía. Los liberales creen que el Vaticano II fue solo el comienzo de las reformas necesarias para la Iglesia. Pero también creen que la jerarquía, especialmente Juan Pablo II, temía el caos en la Iglesia y cerró cualquier reforma adicional. Los documentos del Concilio fueron interpretados a través de una lente conservadora, y los teólogos etiquetados como disidentes fueron silenciados por el Vaticano.

Muchos liberales creen que la jerarquía perdió a los laicos cuando el Papa Pablo VI reafirmó la prohibición de la Iglesia contra el control de la natalidad.  La enseñanza fue rechazada tanto por teólogos moralistas como por los laicos. Negar la comunión a los católicos divorciados vueltos a casar también ha sido problemático para las parejas y sus hijos, que se han sentido apartados de la Iglesia. Los liberales también culpan a la jerarquía por la crisis de vocaciones y argumentan que habría muchos más sacerdotes si se les permitiera casarse, y más vocaciones religiosas si a las mujeres se les concediera más puestos de responsabilidad dentro de la Iglesia. Muchas personas se quedan en la Iglesia aunque no estén de acuerdo con alguna de sus enseñanzas y otras que están fuera siguen creyendo a su manera. Se está dando el fenómenos analizado por los sociólogos de la religión, que hablan de «creyentes sin pertenecer a la Iglesia y de los que pertenecen sin creer». 

Como sociólogo y analista de la religión, creo que los datos apoyan la explicación liberal de la crisis que está viviendo la Iglesia, pero creo que los conservadores tienen también parte de razón. Ciertamente, los cambios posteriores al Concilio Vaticano II no fueron bien explicados ni implementados.  El clero estaba tan confundido como los laicos.  La Iglesia tuvo miedo al cambio y prefirió buscar la seguridad volviendo al pasado. En estos años la Iglesia está perdiendo más feligreses por aburrimiento que por razones teológicas.  Ahora que la gente no cree que irá al infierno por faltar a misa el domingo, no va a venir a la iglesia a menos que lo considere una experiencia enriquecedora. Si la predicación es aburrida, si no se sienten acogidos, si no se les da participación alguna, entonces no van a volver.  Si la Misa es vista como algo que hace el sacerdote, si las Escrituras son dominio del clero, si no hay sentido de comunidad, entonces ¿para qué venir?

Las ideas son importantes, pero el catolicismo también debe ser una experiencia vivida que sea relevante para la vida de los fieles.  La Iglesia anterior al Concilio Vaticano II proporcionó tales experiencias en las devociones populares.  Después del Vaticano II, se suponía que la liturgia proporcionaría esta experiencia, pero con demasiada frecuencia no lo ha hecho. Cuando nos preguntemos por qué la Iglesia está sufriendo una fuerte crisis, escuchemos a las personas que la han abandonado, más que a los teóricos que permanecen dentro.

Crisis en la Iglesia Católica española
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