viernes. 27.01.2023
SEÑOR CUEVAS, he leído con atención su artículo del día 13, «Cuando la demagogia no tiene límites». Me gustaría empezar diciéndole que en mi artículo al definir el Reino de León, escribí siglo XI, y no, siglo XVI como apareció publicado, si tiene dudas puede consultar el original que estará archivado en este Diario. Usted comprenderá los errores de imprenta, ya que en su artículo cita a la Fundación Villamar, cuando supongo que se refiere a la Fundación Villalar. En cualquier caso, me reconocerá que el citado Reino de León comprendía territorios que hoy pertenecen a ocho comunidades autónomas, y a otro país (Portugal). También me gustaría, antes de entrar en el fondo del artículo, aclararle que yo no le he atacado como usted afirma, ya que no le dedico ningún adjetivo a su persona, pero si se refiere a mi afirmación «no consigo parar de reir» cuando leí que Valladolid le roba el agua a León, me reía de la frase, no de usted. En cualquier caso, si lo considera un insulto, le pido disculpas. Pero me gustaría que repase su anterior artículo, en el que usted nos califica de: antidemocráticos, antileoneses, demagogos, que la historia nos produce urticaria, y que jamás un socialista se ha interesado por la historia ¿Es ésto insultar? Me pregunta por qué todas las autonomías quieren gestionar el agua. La respuesta es fácil, ya que cualquier autonomía pretende tener las máximas competencias en todos los terrenos posibles, pero eso no invalida mi afirmación «cualquier empresa mediana de telecomunicaciones (más de 1.000 empleados) genera más riqueza que todo el agua de León», que usted mismo valora en 36 millones de euros (no sé en qué se basa) lo que sí le afirmo es que 36 millones de euros no es mucho para una buena empresa de telecomunicaciones. También fundamenta su afirmación, que hoy en León se vive peor que hace veinticinco años, en que su pensión en el 2004 y 2005 sólo subió un 6,9%. Quiero hacerle varias precisiones: 1. Las pensiones del 2004 se decidieron con gobiernos del PP, en el presupuesto aprobado en diciembre del 2003. 2. Cuando se habla de incrementos de pensiones hablamos de la media. Bajo esa premisa en los tres presupuestos aprobados por este gobierno, la media de las pensiones ha subido tres puntos más que el IPC. 3. Obviamente las más altas sólo han subido el IPC, lo cual me hace suponer que es su caso. 4.- En cualquier caso si sigue pensando que en León, en general, se vive peor que hace veinticinco años, es que no vive en este mundo. También me pregunta por qué sé que el 95% de los habitantes de León, no quieren la autonomía. He de decirle que yo no afirmé eso, lo que dije es que en el 95% del «territorio» de la provincia, los partidos que piden la segregación no tienen apenas representación, y que solamente en León capital y su alfoz tiene cierta representación, aunque eso sí, minoritaria. A mi vez yo le hago a usted una pregunta: ¿cómo sabe que la mayoría de los ciudadanos quiere una autonomía leonesa? Porque cuando llegan las elecciones no votan a partidos que las defienden. Señor Cuevas yo creo que todo esto no es el fondo del problema. Si me permite le sugiero que en su próximo artículo nos ilustre a sus lectores, con respuestas claras a las siguientes preguntas: 1. Cuando pide una autonomía propia, ¿a qué límites geográficos se está refiriendo? No me conteste el Reino de León o la Región Leonesa, porque ambos han ido cambiando sus límites geográficos en diversos momentos de la historia. Defínalo usted claramente. 2. ¿En qué se basa para elegir unos límites y no otros? 3. ¿Cuál sería su capital? ¿Cangas de Onís, Oviedo, León, Valladolid, Oporto? 4. Si en ese supuesto referéndum se estuviese a favor de la autonomía, ¿también tendría derecho a segregarse, si así lo decidiesen sus habitantes, partes más pequeñas como la provincia de Salamanca o El Bierzo? ¿Dónde pondríamos los límites para formar una autonomía? ¿Cada municipio, si lo pide su población, podría constituirse en una Comunidad Autónoma? Para que no me acuse de demagogo, le voy a explicar claramente, por qué hoy en día no se va a producir ningún referéndum de segregación. Porque los ciudadanos tienen que votar opciones políticas globales, aunque es obvio que no están de acuerdo con todo lo que hace el partido al que votan. Hoy por hoy el leonesismo es minoritario, y los partidos que gobiernan a nivel nacional no pueden estar haciendo referéndums, sobre todo tipo de cuestiones, porque hay muchas acciones de gobierno, que puede que no sean populares, pero hay que llevarlas a cabo porque es la única forma de gobernar un país. Señor Cuevas, usted que dice que ha viajado mucho me reconocerá que su discurso es idéntico al de los diversos nacionalismos que existen en España. Pero si piensa con imparcialidad, me reconocerá que León en general, no ha sido perjudicado desde los diversos gobiernos que ha tenido España. Cualquier Gobierno procura invertir, proporcionalmente a los habitantes de una zona, más dinero en las regiones menos ricas. Si tiene interés en comprobarlo, en los presupuestos para el año 2007, cuya referencia puede encontrar en casi todos los periódicos de los últimos días de diciembre pasado, el Estado invierte en Madrid por cada habitante 436 euros, en Cataluña 422 y en Castilla y León 988. Si a esto le añadimos los Fondos Europeos, que van mayoritariamente a las regiones menos desarrolladas comprobará que no salimos mal parados en el reparto. Es cierto que León se ha desarrollado menos que otros lugares de España, pero eso no se debe a que nadie nos robe nada, si no a que la economía leonesa está basada en sectores en decadencia: agricultura, ganadería, minería, mientras que otros sectores que generan más riqueza prefieren instalarse en otros lugares porque lo consideran más rentables. Esto lo sabe usted bien porque ha reconocido que fundó una empresa de veinte trabajadores en el País Vasco, en vez de instalarse en León. Para finalizar como no me importa reconocer que leo sus artículos, le diré que me pareció «encantadora», la definición que hizo en su anterior artículo de la figura del «patriota leonés Bellido Dolfos».

Cuando el «lloriqueo» no tiene límites
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