martes. 29.11.2022
EN CIERTA CALLE muy céntrica de nuestra ciudad, donde antaño se alzó un colegio de frailes agustinos, un señor pedía limosna hace pocos días. Vestía un raído jersey de esos que ya eran viejos a comienzos de los ochenta, un pantalón gastado, zapatillas de andar por casa, calcetines de dudoso color, gafas graduadas décadas atrás y se apoyaba en una vieja bolsa de cuadros que servía a manera de maleta y en una silla de ruedas plegada. Toda una vida se resumía en el cartel que portaba: «Tengo 79 años», «una ayuda para el abuelo». Sus manos hablaban por él: gastadas por largos años de trabajo duro, de ése que deja huella en los huesos, en la piel, en la carne. Su voz todavía fuerte sonaba tan sólida como la cacha que sostenía en la diestra. La mayoría, al cruzarse con él, no evitaba agachar la cabeza, mirar hacia el otro lado, o, simplemente, le ignoraba. Unos pocos dejaban sus monedas. De forma automática hice lo mismo, entré a una tienda y, cuando salí, me encontré al anciano de pie, enfurecido. Un gilipollas descerebrado, de esos que se crecen pisando a los humildes, le acababa de vejar de la peor de las maneras. Basta decir que los presentes sentimos un nudo en la garganta y cierta comezón en los ojos que se sumaron a un intenso deseo de partirle la crisma a ese chulo de medio pelo. Tal vez fue un episodio fortuito de maltrato a un anciano indefenso y pobre, quizás no. Las cifras reales causan escalofríos, porque según los datos del INE (2006), casi un tercio de los ancianos, mayores de 65 años, viven por debajo del umbral de la pobreza. De ese sector de la población española, alrededor de la mitad de los que viven solos (47, 3%) también se muestran en la misma franja de pobreza, según la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) del mismo organismo nacional. Desde el gobierno se han hecho esfuerzos para mejorar estas espeluznantes cifras. Pero junto a la cuestión económica, subyace la humana: ¿existe maltrato a los ancianos en España? Sí, en especial en estas fechas, cuando les dejamos solos porque llega el verano y molestan; sí, cuando física o psíquicamente dependen de nosotros y les ingresamos en un hospital para disfrutar de la playita sin ellos; sí, cuando lo que ganan después de una vida de trabajo no llega para sus necesidades primarias y se los arrojamos a papá Estado, so excusas tan pueriles que ni nos convencen. Peculiar sociedad la nuestra. Sorprende que seamos tan sensibles para dejar los dineritos lejos, para las ONGs que trabajan con los desfavorecidos de otros países, incluso que con nuestra buena voluntad hacia los males de fuera se financien instituciones como Anesvad, dedicada a extraviar capitales que jamás llegan a destino. ¿Y qué pasa entretanto con nuestros abuelos españoles? ¿Acaso porque no tienen ONG propia hemos de dejarles tirados cuando no puedan moverse, como antaño ciertas tribus indias de América del Norte? Tal vez para aneuronados como el de la calle San Agustín, la culpa la tenga el pobre viejo por no morirse a tiempo. Se me ocurre otra reflexión con ese idiota como protagonista, pero voy a callármela. Quizás desearle que reciba el mismo pago en la ancianidad.

Cuando miramos hacia otro lado
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